“Un gran malestar invade a la sociedad francesa”: Eduardo García Aguilar.

Lo conocí en la Casa de Poesía Silva de Bogotá. Es un caballero; charlamos algunas cosas y luego él procedió a la presentación de uno de sus libros: La música del juicio final. Estaban con nosotros, el periodista Antonio Morales, Fernando Denis y muchos otros personajes de la vida cultural; yo, que llegaba de provincia, me sentía fascinado por la atmósfera literaria de la antigua casa donde vivió el gran poeta bogotano Silva. Y, quizá por esa obnubilación de lo nuevo, no me detuve a dialogar con mayor profundidad con Eduardo, un importante escritor e intelectual del país.

Autor de libros como Voltaire, el festín de la inteligencia, Urbes luminosas, Ciudades imaginarias, Animal sin tiempo, Tierra de leones, Bulevar de los héroes y muchos otros, Eduardo García Aguilar está radicado en París. Realizó estudios superiores en la Universidad de Vincennes en Francia, residió en los Estados Unidos y durante más de tres lustros en Ciudad de México. Natural de Manizales lleva en sí la sangre de un nómada de historias y libros y patrias de otras lenguas.

Es un poeta auténtico. Lejos de los ingenuos verseros que abundan en todo lado. Hernán Lavin Cerda dice que pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Un animal en fuga de sus propios gerundios, citando uno de sus versos. A lo lejos la tierra prometida/ despejada de nubes/ clara/ verde y húmeda/ recorre la ribera del río plateado/. Extensos cultivos de café/ y pasto luminoso/ tapizan la tierra negra y fértil/ de mi patria soñada/ la mil veces soñada/ en el destierro.

Es una poesía cargada de imágenes sensoriales, genuina en su ritmo y en su música, que se nutra de cadencias y de asombros. Escribe: Una serpiente cruza la manigua/ y vapores de tarde humedecen las pieles/ de quienes huyen entre el verde follaje/ cargados de alacranes sin ojos y con venas/. Una mulata boga hacia la ciénaga/ donde moran las iguanas de su inútil deseo/: enormes y fugaces reptiles averiados/ que chillan en almohadas.  

Claro que para leer su poesía están sus libros. Yo, como Aurelio Arturo, el de mi tierra, hago sólo paladear un sorbo del exquisito vino e invito al catador a continuar adelante en esta embriaguez de la palabra polisémica. Hay cierta lucidez en las rocas, en las piedras destinadas a vivir una eternidad sin fin, escribe Eduardo.

Le remití mi cuestionario a París y desde allá me contestó para llevar a cabo esta entrevista. “Los libros me acompañan en todos los instantes de la vida”, dice. Y, a pesar de la pandemia o quizá como una forma de sobrellevarle sigue viajando a través de la lectura. “En estas semanas he viajado con Marguerite Yourcenar, Yukio Mishima y Marco Polo, cuyo relato de su viaje a oriente es fascinante”.

Le digo: El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho, como decía Miguel de Cervantes Saavedra. De donde nació su vocación trashumante. ¿Cómo se mira a Colombia desde el exterior?

Desde el comienzo en mi ciudad natal Manizales tenía sueños de viajar por el mundo, no como turista, sino como alguien que entra en inmersión profunda con los países donde viva. Esa vocación surge de la lectura de los libros de mi padre, quien amaba la literatura y las letras y me comunicó esa pasión. En su biblioteca encontré las obras de Oscar Wilde, Federico García Lorca, la poesía de Walt Whitman, y algunas obras de Shakespeare como El mercader de Venecia, Romeo y Julieta y muchos otros libros. Cuando ingresé a los 14 años a la Alianza Francesa de mi ciudad a estudiar francés, esa vocación cobró aún más fuerza. Escuchaba las radios internacionales en esos viejos radios Phillips de la época y sonaba a veces con Europa y espacios cubiertos de nieve. Estuve dos años en la Universidad Nacional de Colombia cursando sociología y ahí empecé a hacer trámites para irme a Europa. El sueño se realizó cuando viajé a estudiar a París. Luego vinieron otros países como Suecia, Estados Unidos, Alemania, España y México, país este último donde viví tres lustros y publiqué casi todos mis libros y de nuevo la capital francesa, donde he vivido la mayor parte de mi vida.

Siempre he guardado mi nacionalidad y la preocupación por los problemas de mi país. Colombia se observa desde el exterior como un paraíso infernal, una tierra bellísima, con paisajes de excepción, mucha alegría y música, fiesta, pero a la vez por desgracia un país marcado por el caos, la injusticia y la violencia interminable. Es una zozobra interminable que se debe a los demonios que cargamos desde el inicio.

Usted ha publicado novela, relato y poesía. ¿Tiene alguna preferencia por uno de esos géneros? ¿Dónde se siente mejor?

Esa pulsión de escritura se ha expresado en diversos géneros y cada libro ha sido un reto, una aventura especial. La poesía es un jardín secreto que se expresa en momentos muy especiales de gran intensidad frente a la vida, el misterio de ser en el universo. Desde el comienzo he escrito poesía y a lo largo del tiempo he publicado varias colecciones reunidas en la poesía completa que salió en Bogotá en 2017 en la colección Zenocrate, dirigida por Fernando Denis en Uniediciones. Una edición muy bella y cuidada donde está todo reunido desde 1974 a 2017.

Ahora, la novela requiere un trabajo más físico guiado por la voluntad de construir una historia y llevarla a su término como si se construyera una casa o una catedral. He publicado cinco novelas, la mayoría de las cuales exploran el viaje, la errancia, el regreso, los tiempos de la infancia y la adolescencia o los fantasmas culturales e históricos de nuestro tiempo. El relato, el cuento, siempre han estado presentes desde las primeras exploraciones de la adolescencia. La crónica y el reportaje son géneros viajeros, callejeros, que buscan trasladar la realidad al texto con sus sonidos, olores y colores. En el ensayo literario, género que me encanta como lector, el pensamiento abstracto se expresa a través de la palabra. Estoy reuniendo todos los textos escritos en estas cuatro décadas en una serie de volúmenes que llevan por título general Textos nómadas. Expresarse en diversos géneros es viajar por ríos, aire, mar, cavernas, selvas, galaxias, universos. Escribir para nada y para nadie, ser fiel a esa pulsión de contar, comunicar, construir, han llenado cada uno de mis días porque la vida y la literatura tienen sus vasos comunicantes.

¿Qué concepto tiene de la actual literatura colombiana? ¿Existe una literatura colombiana vigorosa o qué sucede?

La colombiana es una literatura que se inscribe en el gran contexto hispanoamericano. Varias generaciones se han expresado y hay obras magníficas que han dejado su huella en todos los géneros. Hay una serie de libros clásicos que nos han marcado, como María, La Vorágine, Silva, Carrasquilla, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, los piedracielistas, Charry Lara, Álvaro Mutis, Elisa Mujica, Maruja Vieira, Helena Araujo, María Mercedes Carranza. Después de García Márquez y su espectacular éxito, hay varias generaciones excelentes de autores que por desgracia han pasado inadvertidos, pero cuyas obras algún día serán revisadas. Pienso en los nacidos en los 40, que escribieron inicialmente en la revista ECO.

Y en la actualidad están en plena actividad varias generaciones de autores nacidos en los 50, 60, 70 y 80 del siglo XX con una actividad literaria vigorosa y tan variada y múltiple, que es casi imposible seguirlos, pues cada año aparecen cientos de libros de nuevos autores colombianos. Se escribe con pasión para conjurar los demonios del país, abrirse al mundo. Lo más destacable tal vez en este momento es la irrupción de una generación de jóvenes mujeres muy brillantes, escritoras e intelectuales de gran nivel que están renovando la literatura colombiana y diciendo adiós a esa literatura que hasta hace poco era, salvo excepciones, asunto de hombres, machos alfa que controlaban el terreno con mucho celo y miraban a las mujeres como convidadas de piedra. Es el derrumbe del falo de José Arcadio Buendía en la literatura colombiana.

Para el autor de Celebraciones y otros fantasmas: una biografía intelectual de Álvaro Mutis, ¿cuál es la importancia del autor de Summa de Maqroll el gaviero en la poesía iberoamericana?

Mutis es uno de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX y su obra es intemporal. Solo con los poemas de la Summa ya estaba situado en un lugar privilegiado en el marco de la poesía latinoamericana. Su obra es muy original y rompe ya desde los años 50 con la tradición colombiana. Su exilio en México y su contacto permanente con toda América Latina otorgó aún más alas a su vida y a su literatura. Por fortuna emprendió la saga narrativa de Maqroll en los años 80, lo que le proyectó a nivel internacional y al Premio Cervantes, de hecho, el único colombiano que lo ha obtenido. En Francia es un autor de culto entre los franceses que lo adoptaron como uno escritor de los suyos y donde sigue circulando como un clásico. También es muy querido en México, España, Portugal, Italia.

Usted hizo periodismo en Excélsior de México con Edmundo Valadés, ¿cómo lo enriqueció esa experiencia?

Cuando llegué a México en septiembre de 1980 lo primero que hice fue visitar a Edmundo Valadés, quien dirigía la sección cultural de Excélsior, uno de los diarios latinoamericanos más importantes del siglo XX y a la semana siguiente ya era columnista semanal. Colaboré con él estrechamente y me abrió las puertas de México. Era un humanista, un hombre de una caballerosidad, generosidad y elegancia inolvidables, amigo de Rulfo y con muchas relaciones con los narradores del continente. Cuando él se retiró de Excélsior, yo también me fui y pasé a colaborar en Sábado, suplemento de Unomásuno, el más leído del país, y en la sección cultural de ese diario, bajo la dirección de Huberto Batis. Fue una actividad incesante y publiqué centenares de ensayos que, como te dije, conforman uno de los volúmenes de los Textos nómadas. Al mismo tiempo empecé a publicar mis novelas, poemarios y otros libros allí. De hecho, toda mi hemerografía y bibliografía aparece en el magno Diccionario de escritores mexicanos, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México. También allí recopilé la obra periodista secreta de Porfirio Barba Jacob, que apareció bajo el título de Escritos mexicanos en la colección Tierra firme del Fondo de Cultura Económica. Barba Jacob vivió gran parte de su vida en México y trabajó en muchos diarios a lo largo de las décadas. A veces él también se sentía mexicano. García Márquez quiso mucho a México, pues le abrió las puertas cuando llegó y no tenía un peso. Al morir fue despedido como uno de los suyos en el Palacio de Bellas Artes. En los tres lustros que viví en México se encontraban allí García Márquez y Mutis y estaban vivos Rulfo, Paz, Fuentes y varias glorias nacionales mexicanas. Había grandes revistas como Vuelta, dirigida por Octavio Paz, también revistas universitarias excelentes y se experimentaba una actividad cultural inagotable de la que me nutrí. Agradezco y quiero mucho a México.

Amistades literarias, Mario Santiago, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, ¿qué recuerda?

Yo llegué a México en el mejor momento, cuando además de las glorias mexicanas estaban allí todos los exiliados latinoamericanos que huían de las dictaduras. México era una universidad abierta. Grandes autores de Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú y otros países trabajaban y publicaban ahí. Como en México se invierte mucho en la cultura, a todos nos publicaron en diversas editoriales y en las revistas. Y había una vida muy rica de presentaciones de libros, recepciones, cenas, fiestas, ferias del libro y la maravillosa vida de las cantinas y los grandes restaurantes mexicanos y españoles. La vida literaria era riquísima, variada, uno estaba en la literatura siempre. Además, era muy fértil la actividad de las grandes universidades capitalinas y de provincia. En esas ferias del libro, reuniones o recepciones uno se cruzaba con todas esas glorias y con autores de varias generaciones. También había autores de países europeos que llegaron a México huyendo de la guerra. Fue una fortuna estar ahí cuando estaban en plena actividad todos ellos. Una fortuna estar presente allí cuando llegaban y eran recibidos con entusiasmo Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Severo Sarduy, Ledo Ivo, María Zambrano, Enrique Molina, los poetas cubanos de Orígenes y grandes poetas latinoamericanos, centroamericanos como Pablo Antonio Cuadra, peruanos como Emilio Adolfo Westphalen, brasileños, argentinos, chilenos. Era una verdadera fiesta todo eso.

Respecto a tu pregunta precisa, fui muy amigo de Mario Santiago, quien nació en 1953 como yo, pero cuando él era el autor más maldito de México. Me despedí de él antes de que yo regresara a París en 1998. Murió en un accidente y poco después saltó a la fama póstuma con los Infrarrealistas tras el éxito de su amigo Roberto Bolaño con la magnífica novela Los detectives salvajes, donde Santiago aparece como Ulises Lima.

También en esos años mexicanos estaba muy cercano al Instituto Francés de América Latina (IFAL) y la embajada francesa, que era un poco como mi embajada. Y nos reunimos todos con jóvenes franceses amantes de México en los actos del IFAL y con autores de paso como Pierre Michon, Le Clézio, Dominique Fernández, Frederic Yves Jeannet y tantos otros que seguían las huellas literarias de Antonin Artaud y André Breton. También había mucha relación con los artistas plásticos. O sea que esos años fueron como Les années folles de entreguerras en París. Además, yo trabajé la mayor parte de ese tiempo como corresponsal y director adjunto de la oficina de la Agence France Presse (AFP) en México y en esa actividad viajaba todo el tiempo por la región. Conozco a México como la palma de mi mano.

Su vida en París. ¿Tiene contacto con autores o librerías? Hablemos de la vida cultural en la patria de Víctor Hugo.

Estas últimas décadas en París han sido muy ricas en experiencias de todo tipo. Cuando regresé en 1998, Francia estaba en plena efervescencia y entusiasmo por la llegada del euro y el paso al nuevo milenio. Todo eso lo cuento en París express. Crónicas parisinas del siglo XXI, que publiqué en Madrid en la editorial Verbum en 2017. Pero luego vinieron los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York, la crisis financiera mundial de 2008, que nos afectó a todos y los terribles atentados terroristas de los yihadistas en 2015, cuando comandos acribillaron centenares de personas en cafés y bares y en el sitio de conciertos Bataclan, todo eso cerca de la Bastille. Un gran malestar ha invadido a la sociedad francesa, hay auge de la extrema derecha xenófoba y el ambiente empeora con el flujo permanente de migrantes que huyen de las guerras africanas, asiáticas y de Oriente Medio. La pobreza invade las calles, miles de emigrantes se ahogan en el Mediterráneo. El debate público, tanto intelectual como político es muy tenso y de la misma forma la literatura se ha visto afectada.

Aunque aquí hay una poderosa actividad cultural y además la gente lee y compra libros, esos demonios que se sienten en Europa persisten con fuerza, y los años de auge y entusiasmo han quedado atrás, como si la historia quisiera repetirse, como si los fantasmas de la xenofobia, el fascismo y el nazismo despiertan poco a poco y la sociedad se sintiera dividida, temerosa. El debate es muy pobre, violento, nada que ver con el auge del pensamiento de la segunda década del siglo pasado.

Y ahora ha llegado la pandemia y esa vida agitada de los bares, cafés, teatros, festivales, está paralizada, congelada. O sea que, para responder a tu pregunta, se puede decir que la vida cultural francesa de estas dos décadas ha perdido esplendor, fuerza, imaginación. La novela se concentra en el escándalo y la autobiografía. La poesía y el ensayo, la experimentación, la exploración, se ven muy ocultos y secretos. El debate filosófico e ideológico es tan pobre como en el mundo. Es un debate veloz e impulsivo a través de las redes sociales, de la algarabía. No es el mejor momento para la literatura y la vida cultural en Francia.

Su obra literaria. Temáticas. Títulos que más destaca ¿y por qué?

En casi todos mis libros de ficción y poesía se trata el tema del viaje, de la errancia, la ida sin retorno, el regreso imposible, a través de personajes viajeros, solitarios, rebeldes que andan por el mundo como judíos errantes. Casi todos mis libros han sido publicados en México y España y algunos en Colombia. Figuran las novelas Tierra de leones (1983), Bulevar de los héroes (1986), El viaje triunfal (1993), Tequila coxis (2003) y Las rutas de Ifigenia (2019). Está la Poesía completa (1974-2017) publicada en Bogotá en 2017 en la colección Zenocrate de Uniediciones, bajo el título de La música del juicio final, y que reúne varios libros y colecciones, entre ellos Llanto de la espada (1992) y Animal sin tiempo (2006). Sobre México está Delirio de San Cristóbal (1998), publicado en México en 1998 y sobre Francia, París exprés. Crónicas parisinas del siglo XXI, publicado en Verbum en Madrid en 2016. En cuento y relato están Cuaderno de sueños (1982) y Urbes luminosas (1991). Al inglés han sido traducidos y publicados tres novelas, Bulevar de los héroes, El viaje triunfal y Las rutas de Ifigenia y un ensayo, Delirio de San Cristóbal bajo el título de México madness. Al francés un poemario y conversaciones con Mutis. Al bengalí, El viaje triunfal.

Cada libro ha sido una aventura específica, escritos con lentitud, mucha pasión, como necesidades imperiosas y cada uno representa un momento especial de la vida, pues su factura ha tardado años. Suelo dejar los manuscritos descansar mucho tiempo antes de publicarlos.

¿Sigue escribiendo? ¿Cuáles son sus nuevos proyectos literarios?

La escritura siempre está presente, aunque no es permanente, diaria, como si fuese un trabajo burocrático. Me gusta que la vida se atraviese y a veces pasan meses o años en que escribo muy poco. Otras temporadas la escritura se acelera e irrumpe con fuerza. Algunos embriones de libros permanecen por años guardados y de repente vuelven a aparecer y se desbocan o se desvían hacia lo inesperado. Cuando no escribo, siempre pienso en proyectos e ideas, tomo notas, dejo que fluyan. Ahora, por lo regular siempre en toda la vida he escrito cada semana algo, ensayos, crónicas, reportajes, testimonios de viaje que han sido publicados en revistas, suplementos o diarios. Me encanta caminar por las ciudades fraguando proyectos, deambular en busca de libros y sorpresas en las librerías de ocasión. Ahora, como te dije, sigo reuniendo materiales para la serie de los Textos nómadas y acabo de concluir una nueva colección de poemas. Ahora exploro mucho en el campo poético, que me parece el camino más fértil.

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“¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni el mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en la Colombia de sus orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser”, escribe Lavin Cerda. Y de mi parte agrego. En Colombia hay un tipo de escritores lejos de la gran prensa y las portadas de farándula, individuos que se hunden en un proceso de escritura continuo y silencioso, en una creación perpetua cuyos frutos resplandecen como lirios de oro y uno de ellos –sin duda– es el caldense Eduardo García Aguilar.

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