UN TERREMOTO DE AMOR EN POPAYÁN.

Fotografía: El País- Cali

La amaba, pero le gustaba irse con su amigo Sergio a molestar a las muchachas hermosas de los barrios ricos. A Belén, antes que incomodarla, la divertía. Cuando perdió el trabajo de camionero en Pasto, Alfonso se fue a conducir una camioneta lechera a Popayán. Se fue sin avisarle. Pero Belén descubrió su paradero y un buen día, o mal día, quien sabe, cuando él abrió la puerta de su habitación, la encontró desnuda en su cama.

No pudo enojarse, aunque hizo el esfuerzo. La desnudez de una mujer es superior a cualquier causa. Se amaron sin pausa, hasta el día del terremoto. Estaban en los últimos cataclismos de un orgasmo de madrugada cuando el edificio se hundió, la tierra se salió de su órbita y la ciudad se postró en un espanto de infierno. Se habían fundido tanto que creyeron que lo que estaba pasando era los efectos del orgasmo a gritos.

 

Entendieron que todo estaba ocurriendo dentro de sus cuerpos. Pasado el cataclismo interno, se encontraron frente a frete con la ciudad destruida. Se casaron. Tuvieron tres hijos, pero él, a la hora del amor, siempre sentía que el mundo se hundía por las grietas del corazón. Cuando empezó a sospechar que los gritos de Belén no eran de felicidad sino de espanto, se volvió a marchar, sin avisarle, y esta vez para siempre.

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