Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
“Vas a estar en tu casita”.
Pocas palabras pueden contener tanta esperanza.
Las pronunció José Manuel Restrepo frente a una niña que lo había perdido casi todo. No le habló como político, sino como ser humano frente al dolor de otro ser humano. Y en aquella frase cabía Colombia entera.
La niña estaba en un refugio de La Virginia, Risaralda, después de un terremoto que nos estremeció hasta el alma. Detrás de ella estaban su familia, sus miedos, sus pérdidas y una pregunta que no necesita palabras: ¿y ahora qué?
Restrepo respondió con algo que ningún presupuesto puede comprar: esperanza. “Vas a tener una casita”.
Una casita no es solamente cuatro paredes, un techo o una puerta. Es el lugar donde una madre abraza, donde un niño sueña y donde una familia vuelve a sentirse segura. Por eso esta tragedia no puede reducirse a estadísticas, aunque las estadísticas sean aterradoras. Son 115.461 personas afectadas, 294 muertos, 320 desaparecidos y más de 14.000 viviendas destruidas. 448 municipios han sentido las consecuencias de un terremoto que golpeó con particular dureza a departamentos como Risaralda, Valle del Cauca, Chocó y Caldas.
Hay escuelas heridas, hospitales golpeados, carreteras destruidas y familias enteras durmiendo lejos de aquello que llamaban hogar. Y, sin embargo, la magnitud de estas cifras también obliga a algo más que el duelo: exige planificación rigurosa, decisiones estructurales y una hoja de ruta clara para la reconstrucción del país.
Pero hay algo que el terremoto no logró destruir: nuestra capacidad de ayudarnos. El Gobierno de Abelardo de la Espriella ha declarado la emergencia económica y anunciado el Fondo Milagro para la reconstrucción. Esta determinación implica la movilización de recursos extraordinarios del presupuesto nacional, la reorientación de partidas de inversión pública y la articulación de apoyos internacionales y del sector privado para acelerar la recuperación de las zonas afectadas.
También se han planteado subsidios de arrendamiento, alivios tributarios, ayudas para servicios públicos, programas de empleo de emergencia y respaldo directo a familias y comerciantes afectados, con el objetivo de sostener la vida cotidiana mientras se reconstruye la infraestructura.
Estas medidas buscan no solo atender la urgencia inmediata, sino también garantizar que la reconstrucción no sea improvisada, sino planificada con criterios de resiliencia, seguridad y desarrollo territorial. El impacto esperado de estas decisiones es profundo: reactivar economías locales, evitar el colapso social en las zonas más golpeadas, restablecer la conectividad vial y devolver progresivamente la estabilidad a miles de familias que hoy lo han perdido todo. Son decisiones necesarias, pero todavía insuficientes frente al tamaño de la tragedia. Reconstruir Colombia no será solamente levantar edificios: será devolverle dignidad a quienes hoy no tienen dónde regresar.
Y allí adquiere especial significado la actitud de José Manuel Restrepo. Hay momentos en que un funcionario deja de serlo para convertirse simplemente en un hombre frente a otro ser humano que sufre. Eso fue lo que vimos en aquella escena. Su presencia en el refugio, su cercanía, su manera de aproximarse a la niña y su disposición para escucharla tienen un valor que trasciende cualquier protocolo oficial. No llegó solamente a mirar los daños: llegó a mirar el rostro del dolor.
Y cuando un niño pierde su casa, quizá lo primero que necesita no sea una cifra ni un discurso, sino que alguien se acerque, le tienda la mano y le diga: no estás sola, Colombia está contigo. Ese gesto, aparentemente sencillo, tiene una enorme dimensión humana. Porque gobernar también debería significar estar allí donde duele Colombia.
Estar en el refugio, caminar entre los escombros, escuchar a las madres, abrazar a los ancianos, mirar a los niños y comprender que detrás de cada estadística existe una historia, un nombre, una familia, una vida.
Restrepo nos recordó, con un gesto y unas pocas palabras, que la política puede recuperar su rostro humano cuando se acerca al ciudadano y comparte, aunque sea por un instante, su dolor y su esperanza.
Porque en medio de tanta división política decidió hablarnos de algo más importante que las ideologías: la solidaridad. Hoy no debería importar si somos de izquierda, de derecha, de centro o si no creemos en ningún partido. Una tragedia no pregunta por quién votamos. El dolor tampoco tiene color político.
La niña de La Virginia no necesita discursos: necesita una casa, una familia protegida y un mañana posible. Y nosotros debemos responderle con hechos, no solamente con fotografías, promesas o aplausos.
Que cada vivienda reconstruida sea una victoria contra la indiferencia. Que cada escuela abierta vuelva a encender la esperanza de un niño. Que cada familia que regrese a su hogar pueda decir que Colombia no la abandonó.
Quizás esta tragedia nos esté enseñando una lección que durante años hemos olvidado: somos una sola Colombia. Una Colombia cuyo único color político debería ser, por estos días, el azul de la esperanza y el de la fraternidad.
Porque aquella niña tiene derecho a volver a su casita; y nosotros tenemos el deber de ayudarla a regresar




