A los 239 años del nacimiento de Agustín Agualongo.

 

Hace 239 años, nacía en Pasto, el caudillo Agustín Agualongo Sisneros, quien de simple miliciano cuando se inscribe en 1811 para defender a su ciudad de las agresiones que va a ser objeto por parte de los ejércitos que tanto del norte como del sur pretenden destruir, fue adquiriendo sus títulos militares hasta alcanzar el de Brigadier General de los Ejércitos del Rey. Analizaremos cuales son los conceptos que varios importantes historiadores de Colombia y Ecuador emitieron a favor de nuestro valor y orgullo de un pueblo como hemos considerado a Agustín Agualongo.

Los siguientes son apartes del libro “Agualongo Valor y Orgullo de un Pueblo” de autoría de Enrique Herrera Enríquez hablando del nacimiento del prócer pastuso: “Fuertes vientos impregnados de frío que presurosos bajan desde las colindantes montañas vecinas al valle de Atríz, caracterizan en general la temporada de agosto en el plácido recinto de la histórica San Juan de Pasto que se extrémese y convulsiona en los albores de la década de 1780, no solo con el habitual periodo ambiental de la época, sino frente a la nueva tributación que se augura implantar por parte del gobierno español ante la guerra que libraba contra Inglaterra que para aquel entonces cumplía algo más de un año.

En Ullaguanga, bucólico lugar poblacional de la ciudad, cercano al sector denominado río Blanco en predios del caudal cristalino del Pasto, la familia Fundación Agualongo Sisneros, está presta a recibir un nuevo hijo que tanto Manuel como Gregoria al igual que toda la familia en general y los vecinos más cercanos esperan ansiosamente para acogerlo con gran beneplácito esperando darle un nombre acorde con el calendario católico cristiano según disposición y costumbre de las gentes de aquel ayer que poco a poco se ha ido diluyendo para dar paso a nuevas identidades de la modernidad actual.

En altas horas de la madrugada del 25 de agosto de 1780, los dolores de parto de Gregoria Sisneros Almeida se hacen más dramáticos como preámbulo del nacimiento de nuevo hijo de Manuel Agualongo quien preocupado por el estado de su esposa ha salido en búsqueda de la partera para que atienda el nacimiento de su vástago. Las horas pasan y la angustia es cada vez más impaciente, el penetrante frío acompañado de fuertes vientos que traspasa umbrales, puertas y ventanas de la soñolienta ciudad, cala los huesos, hace estremecer el cuerpo provocando tomar una taza de café o un tinto con aguardiente que alivie en algo la expectativa del momento.

En medio de la angustia, la impaciencia y los vientos fríos de aquel agosto, se escucha el llanto de la nueva criatura que retumba cual si fuese trueno del relámpago destellante en el volcán tutelar de la ciudad cuando éste se encuentra en plena reactividad y ahora presenta un magnífico espectáculo con su cima cubierta de temprana nieve, resplandeciente ante la luz estelar de la mañana. ¡Es un varón! ¡Es un varón! Alguien grita. Si, en efecto, los Agualongo Sisneros cuentan con un varón que sin lugar a dudad da gran alegría en general a la familia, particularmente a Manuel, que como hombre siente complacer la continuidad de su estirpe con su particular apellido.

Tres días después, el 28 de agosto, cumpliendo con el ritual de los católicos cristianos del ayer, el recién nacido fue llevado y presentado ante el altar de la Iglesia o Templo Matriz de San Juan Bautista de Pasto para que sea bautizado por el padre Miguel Ribera, quien seguramente como era costumbre de la época propuso el nombre de AGUSTIN haciendo honor al santo patrono que se festeja en este día. A la madrina de bautizo de Agustín Agualongo Sisneros, doña Catalina Pérez se le advirtió el parentesco que contraía al igual que las obligaciones que adquiría para con el ahijado…”

El nombre de Agustín Agualongo despierta controversia entre quienes sin conocer su historia lo atacan, le indilgan las vicisitudes del pueblo de Pasto, insultan y denigran por la valerosa actitud que tuvo frente a las milicias pastusas en las confrontaciones con Simón Bolívar y sus generales, cuando se pretendía acabar con Pasto y su gente; en tanto, quienes hemos profundizado en el conocimiento de la historia de la vida militar del Coronel de Brigada Agustín Agualongo, lo defendemos y respetamos el valor y orgullo de pastuso que siempre enarboló cuando nuestra ciudad y en general la región fue objeto de los execrables crímenes que casi terminan con Pasto y su gente, no en vano el general Simón Bolívar decía desde Potosí a Santander el 21 de octubre de 1825: “Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aún cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidaran de nuestros estragos…”

Esta situación nos ha llevado a una investigación de carácter histórico para que conozcamos cual ha sido y es el criterio que ha despertado la vida militar de un guerrero como lo fue Agustín Agualongo.

José María Obando, antiguo compañero de lucha y quien capturó al caudillo popular pastuso, dice: “Agualongo había sido demasiado grande en su teatro, tanto por su valor y constancia, como por la humanidad que había desplegado en competencia de tantas atrocidades ejercidas contra ellos. Yo pude haber manchado mis manos con la sangre de aquellos desgraciados en un tiempo en que era mayor el lucimiento cuanto era mayor la matanza; pero no quise igualarme a los barbaros que hasta hoy se jactan de haber bebido el hombre rendido”

“Agualongo no debe estudiarse ni analizarse solamente desde su faceta como realista-dice el Presidente de la Academia de Historia del Cauca, Edgar Penagos Casas- Fue el signo de una región olvidada, de una raza bravía y valerosa, de un pueblo dominado y engañado a través de los siglos y que otrora fuese dueño absoluto de todo un continente…Cabría preguntarse si Agualongo no fue acaso un visionario al pensar que la verdadera liberación de un pueblo estaba muy lejos de realizarse con nuestra gesta emancipadora. Tal vez hoy nuestro indio esté hoy más sometido y más esclavizado y más cercano a desaparecer de la América que por muchos siglos estuvo bajo su señorío…Para los historiógrafos modernos, el tema del análisis sociológico del fenómeno Agualongo es apasionante. Ese hombre pequeño, rudo y de gran inteligencia llego a constituirse en el símbolo de la resistencia y de la lealtad de una raza que secularmente ha sido objeto del engaño y las promesas del dominante de turno….”

Para el connotado escritor ecuatoriano Juan Montalvo: “Agustín Agualongo era un famoso caudillo, griego por la astucia, romano por la fuerza de carácter”.

El destacado hombre público pastuso don Franco Jesús Apraez, manifiesta: “Blanco o mestizo, indio o español, hijodalgo o gañan- muy poco nos importa- El General Agualongo encausó y dignificó hasta el heroísmo en épocas amargas, el honor pisoteado del pueblo pastuso. Fiel a su raza y leal a sus ideas, Agustín Agualongo, cumplió la misión sagrada de lavar con sangre las afrentas de un pueblo subyugado”.

El historiador Sergio Elías Ortiz dice respecto de Agualongo y el pastuso de ayer: “En este momento decisivo en la historia de la ciudad, se revelo el alma antigua que dormía en cada pastuso. Reaccionó la sangre del Cid, pura o mezclada con la de primitivo indígena, y produjo ese tipo combativo, tenaz, sufrido, astuto, valiente hasta la temeridad, que como combatiente fue la desesperación de sus contrarios; un pueblo de soldados donde hasta las mujeres y los niños combatían con heroicidad nunca vista…”

El historiador ecuatoriano Roberto Morales Almeida, dice: “Agualongo supera la miseria mortal conduciendo a su pueblo a vencer o morir por lo que creía deber único y sagrado”

El Maestro Ignacio Rodríguez Guerrero, afirma: “En Agualongo se cristaliza por modo magnifico las más raras virtudes humanas, la lealtad sin vacilaciones, en todas las circunstancias, la hidalguía y generosidad con el adversario vencido. Prefirió la muerte a vivir con deshonra. Murió sin vendas de frente al sol: “Firme como su tierra y su estirpe”.

Agustín Agualongo, el miliciano, el coronel, el General de Brigada, titulo este que concediera de manera póstuma el gobierno español a nuestro caudillo, ha sido estudiado y seguirá siéndolo para nuestro orgullo de pastusos, encontrando que cada vez que se investiga el trajinar militar del líder pastuso en defensa de su pueblo, frente a las agresiones de que fuimos objeto desde 1809 hasta su muerte en 1824, siempre fue el brazo de Agustín Agualongo el que evitó que desaparecieran a Pasto y su gente, como se analizara en su oportunidad.

Manuel José Castrillón, testigo presencial del fusilamiento de Agualongo se refiere así al acontecimiento: “el caudillo pastuso murió como un valiente y que explicó muy bien a cuantos lo visitaron en la cárcel, que él no se consideraba criminal porque había hecho la guerra sosteniendo la causa de sus convicciones; llenando una labor de conciencia; que él no era un traidor al gobierno republicano porque no lo había reconocido, ni lo había jurado y que como prisionero, debía gozar de las garantías que habían regularizado la guerra. No obstantes estas razones, que eran justas y que debían haberse apreciado en su justo valor, fue fusilado …Tal vez este hombre, hubiera sido útil a la patria, si se lo hubiera iniciado en las doctrinas de la democracia, porque manifestó hasta su muerte que era digno de consideración, con un dignidad heroica que no era compatible con su educación. La patria nada ganó con la muerte de un hombre que, alejado del foco de sus opiniones, más tarde hubiera sido de provecho para la causa pública. La patria se libró de un enemigo astuto, entusiasta en su partido y valiente, cuyo prestigio impedía el sosiego público y el afianzamiento del orden legal, pero el medio de que se la ha hecho mérito para deshacerse de él, fue indigno, principalmente para la causa de la libertad y de la filosofía. Parece que Pasto estaba condenado a que se ejecutaran actos vandálicos, los más execrables que ocurrieron en aquella época, dirigidos por funcionarios públicos que debieran acatar las garantías sociales, dar valor moral a nuestras instituciones y buena fe de los representantes del gobierno. Se fusiló al valiente Agualongo y a tres de sus compañeros, creyendo falsamente que poner fuera del dominio a unos hombres fanáticos por sus convicciones, se destruiría el mal. Error funesto! Sangre no produce otro efecto que crear nuevos prosélitos y el patíbulo nunca sirve para corregir delitos y mucho menos para terminar cuestiones políticas. Más bien es lección objetiva que se da al pueblo, para aprender a matar, porque las ejecuciones se traducen en asesinatos judiciales. Las victimas que se sacrifican en los patíbulos se consideran mártires de sus doctrinas y atraen más bien la conmiseración de los espectadores que su antema y la maldición. Los patíbulos desmoralizan más bien que corrigen los delitos. Y en efecto, la pena moral no la sufren los que mueren, sino los que observan. Maldición eterna a los patíbulos…”

Alberto Miramón, hace la siguiente comparación: “Ricaurte y Juan Agustin Agualongo Chapal Pueden darse imágenes más violentamente opuestas, y, al propio tiempo, más estrechamente unidas en la decisión heroica de servir a sus respectivos pendones, que la del joven santafareño que en un colina venezolana, hace volar el parque, cuya custodia le había sido confiada y se inmola a su causa, con la del intrépido pastuso (Agualongo), que rompe la promesa del indulto para no mancillar su fe jurada, aunque ya estaba definitivamente perdida la suerte de ella…¿Conservar la existencia a trueque de cambiar de bandera y entra al servicio de sus enemigos de la víspera?” Agualongo no sabe de esas jugadas cobardes e indignado rechazó semejante propuesta. El no era tránsfuga, uno de esos seres acomodaticios a quienes vivir es lo que más importa. Casi pide la muerte, porque lejos de los suyos, vencido, inerme, comprende que sólo ya ella puede liberarlo. Nunca como entonces se presentó aquel hombre cual autentico arquetipo de la tierra, es esa provincia turbulenta y sufrida a la que ni la clemencia podía vencer, ni el rigor intimidar, al decir de Daniel Florencio O´Leary.

Los agentes de la república no podían ofrecer más, ni debían seguir dilatándose en el cumplimiento de la sentencia: comprendían que sus reflexiones eran inútiles, que sus halagos se romperían contra la fortaleza de aquel corazón, como la vana hermosura de la ola contra el arrecife, y fue preciso ordenar su fusilamiento.

El historiador payanes A.J. Lemos Guzmán, se hace esta pregunta: ¿Debió fusilarse a Agualongo?, y responde:

“Militarmente quizás sí; pero esa vida algo valía, era respetable, el hombre tenía dimensiones heroicas, simbolizaba una viva raíz de nuestra estirpe y no era el traidor, sino simplemente un rebelde convencido, con el revoltillo, en la mente inculta, de ideas políticas atrabiliarias y exasperados sentimientos religiosos, don Juan Montalvo lo exalta, y su nombre aún vive, tal vez se merecía la clemencia, y más que todo porque no fue sanguinario, Obando rehusó mancharse con esa linfa altiva, pero no fue oído; Agualongo, en todo caso fue grande, y es también un prócer colombiano, si no de la libertad, si de la rebeldía”.

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