El departamento vuelve a perfilarse como un territorio favorable al petrismo, mientras la campaña de Abelardo De la Espriella parece capitalizar parte del electorado que no logró consolidar Paloma Valencia.
En Nariño, el posible buen desempeño de Iván Cepeda no sería una sorpresa electoral. El departamento ha demostrado en los últimos años una inclinación clara hacia el proyecto político del petrismo, como ocurrió en las elecciones presidenciales de hace cuatro años y en las más recientes contiendas legislativas. Por eso, un resultado favorable para Cepeda en esta región respondería más a una continuidad política que a un giro inesperado.
La verdadera novedad podría estar del otro lado del tablero: Abelardo De la Espriella. Su candidatura ha logrado insertarse en una campaña marcada por la confrontación directa entre dos visiones opuestas de país, en la que el centro político parece haber perdido espacio y capacidad de convocatoria.
La dinámica electoral ha empujado a buena parte de los votantes hacia posiciones más definidas. En ese escenario, la moderación quedó reducida y los discursos de contraste ganaron protagonismo. La campaña se movió menos por matices y más por identidades políticas fuertes: continuidad o ruptura, petrismo o antipetrismo, cambio social o mano dura institucional.
En ese ambiente, Paloma Valencia no habría logrado cautivar con la fuerza esperada al elector de derecha en Nariño. Su campaña, aunque reconocida nacionalmente, parece haber encontrado dificultades para conectar emocional y territorialmente con sectores que hoy estarían buscando una opción más frontal, más confrontativa y más identificada con el rechazo al actual Gobierno.
Ahí es donde aparece Abelardo De la Espriella como beneficiario político. Los puntos que pierde Paloma podrían estar migrando hacia su candidatura, especialmente entre electores que quieren una postura más dura frente al petrismo y frente a temas como seguridad, orden público, frontera, justicia y modelo económico.
Nariño, sin embargo, tiene una particularidad: no vota únicamente desde la ideología nacional. También vota desde sus brechas territoriales. La crisis de la vía Panamericana, la inseguridad en la costa Pacífica, el abandono rural, la sustitución de cultivos, la frontera con Ecuador, el desempleo y la deuda histórica con el campo pesan en la decisión ciudadana.
Por eso, aunque Cepeda parte con una base política fuerte en el departamento, el crecimiento de Abelardo no debe leerse como un fenómeno menor. Puede convertirse en la expresión de un voto inconforme, de derecha, antipetrista y de sectores que sienten que el país necesita un giro radical en materia de autoridad y seguridad.
La reducción del centro también deja una señal importante: el elector nariñense, como ocurre en buena parte del país, estaría siendo arrastrado hacia una elección de contrastes. Las opciones intermedias pierden visibilidad cuando la campaña se convierte en una disputa entre proyectos antagónicos.
En ese contexto, Cepeda no sorprendería si gana o logra una alta votación en Nariño. Su respaldo estaría explicado por una tendencia regional que ya venía marcada. Pero Abelardo sí podría convertirse en la sorpresa si logra absorber el voto que Paloma no consolidó y si transforma el descontento de ciertos sectores en una fuerza electoral visible.
La pregunta de fondo no es solo quién gana en Nariño, sino qué tipo de mensaje enviará el departamento al país: si reafirma su condición de bastión progresista o si empieza a mostrar una recomposición del voto de derecha alrededor de una candidatura más radical y confrontativa.
Lo que parece claro es que, en esta elección, el centro quedó debilitado y la disputa se trasladó a los extremos del debate político. En Nariño, esa tensión también se sentirá en las urnas.




