Cuando tiembla la tierra, no debe temblar la razón

18 visitas

Compartir artículo en:

Pablo Emilio Obando Acosta

Hay momentos en la vida de los pueblos en los que las palabras deberían guardar silencio para que hablen el dolor, la solidaridad y la compasión. Colombia acaba de vivir uno de esos momentos.

Un terremoto de enorme magnitud sacudió buena parte del territorio nacional, provocando muerte, destrucción, miedo, angustia y desamparo. El movimiento telúrico tuvo una magnitud reportada de 7,4 y su epicentro estuvo localizado en el departamento del Chocó. Las autoridades han informado de numerosas víctimas y graves daños materiales, mientras continúan las labores de rescate y atención.

Frente a una tragedia de esta naturaleza uno esperaría humanidad. Esperaría solidaridad. Esperaría brazos extendidos, palabras de consuelo, información responsable y disposición para ayudar.

Pero no. Como si el terremoto no fuera suficientemente doloroso, algunos han decidido convertirlo en instrumento de confrontación política.

Uno de los mensajes que circula en redes sociales dice textualmente:

“EL TERREMOTO, ES CULPA DEL DELINCUENTE ABELARDO. POR HABER ELEGIDO UN ATEO, UN MATADOR DE GATOS, UN NARCO, UN BANDIDO.”

¿Qué puede decirse frente a semejante afirmación? Muy poco, porque el absurdo suele quedarse sin argumentos cuando se encuentra con el dolor humano. Pero sí puede decirse algo: una tragedia no es propiedad de ningún partido político, de ningún presidente, de ninguna ideología y mucho menos de una religión.

La tierra no vota. Las placas tectónicas no pertenecen a la izquierda ni a la derecha. La falla geológica no conoce presidentes. El subsuelo no lee encuestas, no participa en elecciones y no castiga a los pueblos por sus preferencias políticas. Un terremoto es un fenómeno natural producido por procesos geológicos que ocurren independientemente de nuestras pasiones, nuestras creencias y nuestras disputas electorales. Y esto, aunque parezca elemental, conviene recordarlo.

Lo verdaderamente preocupante es que este tipo de explicaciones no constituye una novedad. La historia demuestra que cada vez que el conocimiento ha retrocedido frente al fanatismo, las tragedias naturales han sido utilizadas para manipular a los pueblos.

Las páginas de un libro que tengo frente a mí recuerdan lo ocurrido en Venezuela durante la guerra de Independencia: En 1812, Venezuela fue golpeada por violentos terremotos. El texto señala que el primero ocurrió el 26 de marzo de 1812 y que otro se produjo posteriormente, en medio de la guerra que enfrentaba a los patriotas con las fuerzas realistas. El desastre ocasionó una enorme cantidad de víctimas y agravó todavía más la situación política y militar de la naciente República.

Pero ocurrió algo todavía más grave. La tragedia fue convertida en propaganda. Sectores partidarios de la monarquía española y miembros de la jerarquía religiosa de entonces interpretaron el terremoto como un castigo divino contra quienes habían decidido desafiar la autoridad del rey. No era simplemente una explicación religiosa de un fenómeno natural. Era una herramienta de poder.

El terremoto fue presentado como una especie de sentencia celestial contra los independentistas. El arzobispo de Caracas, Narciso Coll y Prat, llegó a interpretar el desastre como una manifestación de la Providencia contra los revolucionarios. Fuentes históricas coinciden en señalar que sectores realistas utilizaron la catástrofe para desacreditar la causa republicana.

Era, en esencia, el viejo argumento: “Dios está con nosotros porque la desgracia cayó sobre ustedes.” Y detrás de esa frase había algo mucho más peligroso que una equivocación científica: había una estrategia para conservar el poder. La tragedia se transformaba en obediencia. El miedo se convertía en instrumento político. La ignorancia se convertía en mecanismo de dominación.

Han pasado más de dos siglos y todavía no aprendemos. Uno podría pensar que aquello pertenece a otra época. Que después de doscientos años, después de Copérnico, Galileo, Newton, Darwin, la geología moderna, la sismología, los satélites, los observatorios y las universidades, ningún ser humano volvería a atribuir un terremoto a la conducta electoral de un pueblo.

Pero basta abrir las redes sociales para comprobar que no es así. Hoy algunos dicen que el terremoto es culpa del presidente. Otros aseguran que es consecuencia de haber elegido determinado gobernante. Otros convierten al mandatario en demonio, le colocan cachos y lo presentan como responsable de las desgracias nacionales. Y otros, desde el extremo contrario, intentan convertir cualquier desastre en una oportunidad para atacar al nuevo Gobierno.

Hemos cambiado las sotanas por las redes sociales, pero seguimos utilizando el miedo como instrumento de manipulación. Antes se decía: “Dios está castigando a los independentistas.” Ahora se dice: “Esto ocurrió porque Colombia eligió a determinado presidente.” El lenguaje cambia. La ignorancia permanece.

Conviene recordar algo elemental. La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Los seres humanos modernos, los Homo sapiens, aparecimos apenas en una fracción minúscula de esa historia. Los terremotos, en cambio, son muchísimo más antiguos que nuestra especie.
Han ocurrido cuando no existían ciudades. Cuando no existían gobiernos. Cuando no existían religiones organizadas. Cuando no existían presidentes, reyes, congresos ni elecciones.

La corteza terrestre está en permanente transformación. Las placas tectónicas se desplazan, chocan, se separan y se deslizan unas respecto de otras. La energía acumulada en las fallas puede liberarse súbitamente y producir ondas sísmicas.

La Tierra no empezó a temblar cuando apareció el hombre. Y tampoco dejará de hacerlo cuando desaparezcamos. Esa debería ser una de las primeras lecciones de humildad que nos proporciona un terremoto. No somos dueños de la naturaleza. Somos habitantes de un planeta dinámico.

Y nuestra obligación no es culpar a la naturaleza por existir, sino aprender a convivir con ella y prepararnos para sus manifestaciones.

Decir que un terremoto es culpa de un presidente es una estupidez. Pero decir que el Estado no tiene responsabilidades frente a los terremotos también sería una estupidez. Son cosas completamente diferentes. El Estado no puede impedir que ocurra un terremoto. Pero sí puede trabajar para que un terremoto no se convierta en una catástrofe mayor.

Ahí sí existe una responsabilidad política. Hay que hablar de normas de construcción. De planificación urbana. De estudios de amenaza y riesgo. De sistemas de alerta. De educación ciudadana. De preparación de hospitales, bomberos, Defensa Civil y organismos de socorro. De vías de evacuación. De comunicaciones de emergencia. De fortalecimiento de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. De continuidad institucional. De prevención. De recursos.

Y, por supuesto, de los procesos de empalme entre administraciones cuando cambia un gobierno. Todo eso puede y debe ser discutido políticamente. Pero después de rescatar a las víctimas, después de atender a los heridos, después de acompañar a las familias y después de garantizar que quienes necesitan ayuda la reciban. No mientras todavía hay personas buscando a sus familiares debajo de los escombros. No mientras hay ciudadanos durmiendo en las calles por temor a regresar a sus viviendas. No mientras hay familias llorando a sus muertos.

La tragedia no necesita más odio Colombia necesita serenidad. Necesita ciencia. Necesita información. Necesita solidaridad. Necesita periodistas responsables y ciudadanos responsables. Necesita dejar de convertir cada tragedia en una batalla electoral.

Porque detrás de cada cifra hay una persona. Detrás de cada vivienda destruida hay una familia. Detrás de cada muerto hay una historia. Y detrás de cada sobreviviente hay una herida que no podemos profundizar con nuestra irresponsabilidad.

Quienes aprovechan una tragedia para insultar, señalar, difamar o convertir el dolor en munición política deberían preguntarse si todavía conservan algo de ese antiguo concepto llamado pudor.

Pudor ante la muerte. Pudor ante el sufrimiento.
Pudor ante el dolor de los demás. Pero también ética, humanismo y sentido de humanidad. Porque una sociedad puede tener profundas diferencias políticas y, al mismo tiempo, conservar la capacidad de abrazarse frente a la desgracia.

Hay una lección particularmente hermosa en aquella tragedia venezolana de 1812.

Mientras algunos intentaban convencer al pueblo de que el terremoto era un castigo divino por la Independencia, Bolívar se negó a aceptar que la tragedia significara la derrota de la voluntad humana. La historia ha conservado su célebre respuesta frente a quienes atribuían el desastre a la voluntad de Dios: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.”

Más allá de la discusión histórica sobre la literalidad y el contexto de esa frase, hay en ella una idea poderosa: ante la adversidad no debemos arrodillarnos ante el miedo; debemos levantarnos con conocimiento, organización y solidaridad.

Eso es precisamente lo que Colombia necesita hoy. No necesitamos sacerdotes políticos que nos expliquen quién fue castigado. No necesitamos profetas electorales que anuncien quién tiene la culpa. No necesitamos memes que conviertan el dolor en espectáculo. No necesitamos demonizar al adversario.

Necesitamos médicos. Ingenieros. Geólogos. Bomberos. Rescatistas. Psicólogos. Maestros. Periodistas. Voluntarios. Gobiernos eficaces. Y, sobre todo, ciudadanos capaces de comprender que la solidaridad es mucho más poderosa que el odio.

Quizás esta tragedia debería servirnos para algo más que para contar muertos, reparar edificios y reconstruir carreteras. Debería servirnos para reconstruir también una parte de nuestra cultura ciudadana. Aprender que no todo lo que aparece en Facebook es verdad. Que un meme no reemplaza un conocimiento científico. Que una opinión no se convierte en verdad porque tenga miles de compartidos. Que una tragedia natural no puede utilizarse para justificar una teoría política. Que la fe de cada persona merece respeto, pero que la fe no puede utilizarse como instrumento de manipulación colectiva. Y que la política, cuando pierde la humanidad, termina convirtiéndose en una forma de barbarie.

En Venezuela, hace más de dos siglos, hubo quienes utilizaron un terremoto para defender el poder de un rey.

Hoy hay quienes pretenden utilizar otro terremoto para defender o atacar a un presidente.

La historia cambia de nombres, pero no siempre cambia las lecciones.Colombia tiene ahora una oportunidad. Podemos convertir este terremoto en otra guerra de insultos, memes, acusaciones y fanatismos. O podemos convertirlo en una lección nacional de humanidad.

Que nadie vuelva a decirle a una madre que perdió a su hijo que Dios la castigó. Que nadie vuelva a decirle a una familia que perdió su casa que el terremoto fue culpa de su voto. Que nadie convierta los escombros en tribuna electoral.

Cuando la tierra tiembla, todos somos iguales. Tiembla el rico. Tiembla el pobre. Tiembla el creyente. Tiembla el ateo. Tiembla el que votó por la izquierda. Tiembla el que votó por la derecha. Tiembla quien ganó las elecciones y tiembla quien las perdió.

Porque frente a la naturaleza descubrimos una verdad que la política suele hacernos olvidar: Somos seres humanos antes que militantes, ciudadanos antes que adversarios y hermanos antes que enemigos.

Que Colombia, después de este terremoto, reconstruya sus casas. Pero que reconstruya también algo mucho más importante: la razón, la solidaridad y la dignidad humana.

Porque los edificios se pueden volver a levantar. Lo verdaderamente peligroso sería que, entre los escombros, termináramos enterrando también nuestra humanidad.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES