¿Estamos preparados para afrontar una calamidad?

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Un terremoto no pide permiso para entrar a una escuela. No toca el timbre. No espera el recreo. No consulta el horario de clases. No pregunta si el rector está en reunión, si el profesor está pasando lista o si los estudiantes están presentando un examen. Simplemente ocurre.

Y cuando ocurre, una institución educativa deja de ser por unos minutos el lugar donde se enseñan matemáticas, ciencias sociales o literatura y se convierte en algo mucho más importante: un espacio donde debe protegerse la vida.

Por eso el reciente sismo que estremeció a Colombia debería servirnos para algo más que para compartir videos, memes, cadenas de WhatsApp y pronósticos de dudosa procedencia.

Debería servirnos para mirar nuestras instituciones educativas y hacernos una pregunta elemental: ¿Estamos preparados?

Porque un colegio preparado no es aquel que tiene un hermoso manual de convivencia, una bandera impecablemente doblada y un botiquín guardado bajo llave.

Un colegio preparado es aquel donde cada estudiante sabe qué hacer, cada maestro sabe qué hacer, cada directivo sabe qué hacer y cada familia sabe qué hacer.

En materia de terremotos no podemos improvisar. No podemos esperar a que comience el movimiento para decidir quién conduce la emergencia, quién atiende a los heridos, quién acompaña a los niños más pequeños, quién comunica con las familias o quién verifica que todos estén a salvo. Eso debe estar decidido antes.

Y aquí aparece una palabra que en Colombia utilizamos mucho y practicamos poco: prevención.

Necesitamos que los simulacros de evacuación dejen de ser una actividad rutinaria para cumplir una obligación administrativa. Un simulacro no debería consistir en hacer sonar una alarma, sacar a los estudiantes al patio, tomar una fotografía y regresar al salón. Un simulacro debe enseñar a salvar vidas.

Hay que conocer las rutas de evacuación. Identificar zonas seguras. Señalizar correctamente. Revisar estructuras, escaleras, techos, ventanas, laboratorios y elementos que puedan caer. Tener protocolos para estudiantes con discapacidad. Establecer responsables. Preparar brigadas. Capacitar docentes. Organizar la comunicación con las familias.

Y, sobre todo, educar emocionalmente. Porque frente a un terremoto también tiembla la mente. Un niño aterrorizado puede correr en cualquier dirección. Un adolescente puede regresar por su teléfono celular. Un adulto puede quedar paralizado. Y en una emergencia, unos pocos segundos pueden marcar una diferencia enorme.

La escuela tiene entonces una responsabilidad que va mucho más allá de enseñar. Debe enseñar a sobrevivir sin perder la humanidad.

¿Y quién responde? Aquí comienza la parte incómoda. La responsabilidad no puede terminar en el profesor que estaba frente a un grupo de cuarenta estudiantes cuando comenzó a moverse el piso.

Tampoco puede recaer exclusivamente sobre el rector que, muchas veces, debe enfrentar una emergencia con los recursos que tiene a la mano.

Las Secretarías de Educación Municipal tienen responsabilidades concretas. La gestión del riesgo no puede aparecer solamente después de la tragedia. La Ley 1523 establece que las autoridades deben desarrollar acciones de conocimiento del riesgo, reducción del riesgo y manejo de desastres. También exige instrumentos de planificación con acciones, responsables y recursos.

Por eso, lo ocurrido en Pasto merece una revisión seria, pública y sin maquillajes. Si durante el sismo hubo improvisación, desinformación, ausencia de protocolos, instrucciones contradictorias, falta de coordinación o exposición innecesaria de estudiantes y docentes, no basta con decir que “todo salió bien”.

Que no haya ocurrido una tragedia mayor no convierte la improvisación en protocolo. Que ningún niño haya perdido la vida no significa que todo haya funcionado correctamente. A veces la diferencia entre una tragedia y un milagro es solamente cuestión de segundos. Y los niños no pueden depender de los milagros. Deben depender de instituciones preparadas.

Por eso sería saludable que la Secretaría de Educación de Pasto explicara públicamente qué protocolos estaban establecidos, qué instituciones los habían actualizado, cuándo se habían realizado los últimos simulacros, quiénes tenían responsabilidades asignadas y cómo funcionó la cadena de comunicación durante y después del sismo.

No se trata de buscar culpables. Se trata de encontrar responsables. Hay una diferencia enorme. El culpable mira hacia atrás. El responsable mira hacia adelante.

Y Colombia necesita responsables capaces de decir: esto funcionó, esto falló y esto tenemos que corregirlo inmediatamente.

También debemos entender que la responsabilidad no corresponde exclusivamente a los rectores o a los maestros. Es una tarea de las secretarías de educación, alcaldías, gobernaciones, organismos de socorro, ingenieros, padres de familia y, naturalmente, del Estado.

El Ministerio de Educación reconoce precisamente la importancia de la gestión del riesgo escolar para proteger la vida y mantener espacios seguros de aprendizaje, y plantea el acompañamiento técnico a las secretarías de educación.

Porque no basta con decirles a los profesores que evacúen ordenadamente si no conocemos las condiciones de seguridad de las edificaciones. No basta con pedir tranquilidad a los estudiantes si nunca hemos construido una verdadera cultura de prevención. No basta con rezar. Hay que prepararse. La fe puede acompañarnos, pero no reemplaza la ingeniería. La oración puede darnos serenidad, pero no sustituye un plan. Y ningún meme, por ingenioso que parezca, puede reemplazar una capacitación.

Los terremotos no son castigos divinos, ni premios políticos, ni mensajes electorales. Son fenómenos naturales frente a los cuales debemos prepararnos. Y quizá esta sea una de las grandes lecciones que deberíamos llevar nuevamente a las aulas: la prevención también se enseña.

Un niño que aprende cómo protegerse durante un sismo, cómo mantener la calma, cómo seguir instrucciones y cómo ayudar a un compañero está recibiendo una clase que puede salvarle la vida mañana.

Por eso formulamos algo sencillo, pero urgente: que cada institución educativa de Colombia convierta la prevención sísmica en una verdadera asignatura de ciudadanía. Que nuestros estudiantes aprendan que frente a la tragedia no se corre sin rumbo: se piensa, se protege, se organiza y se ayuda. Porque cuando la tierra tiembla, la escuela no puede quedarse quieta. Debe saber moverse.

Y, sobre todo, debe saber cómo cuidar la vida.

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