Cuento- Antivampiros

Fotografía: Andrés Arbelaez

Por: Nicolás Pulido Torres

 

Charlaba con alguien como ciertas personas tienen la capacidad de absorber energía. Departir con ellas genera agotamiento, mal humor, desánimo, todo inexplicablemente, como si se tratara de imanes de esencia humana o una cosa así. < ¡Vampiros de energía! > dijo vehemente, < Es lo que son>. Camino a casa me fui pensando en lo acertado de su apunte, traté de contar a los vampiros de energía con quienes había topado recientemente.

Poco después percaté la existencia de la antítesis de los seres recientemente descubiertos: antivampiros. Funcionan al revés: inyectan ardor, dan vitalidad. Dibujan una sonrisa y siembran una sensación agradable en el pecho, es algo así como cuando se cierran los ojos en la ducha sin pensar en nada dejando que el agua pegue en la crisma, el mundo se queda sin arbolitos y volcanes, está solo uno con la risa de bobo que no va más allá de las encías y los chorritos tibios que se despedazan entre el cabello.

 

Un día pésimo en que la jefe tenía mal aliento y debía sonreír a niños inquietos: “Sí, esto es un museo… no, eso no lo puedes tocar… sí, tienes que hacer el dibujo con este colorcito”. El broche de oro fue el dolor de oído y un bus lleno donde todos van malhumorados. Todo parece peor cuando se sabe que no esperaba tras la puerta un “¡Hola!” o siquiera el ronroneo de un gato sino luces apagadas y loza sucia.

 

Lo peor –ahora pienso que lo mejor– fue que el hambre atacó inmisericorde. Pensé en los toldos verdes donde comen los de los bicitaxis. Encontré cocadas, papas saladas con ají… ¡y un antivampiro!.  Pedí una porción de papas saladas. El ají estaba excelente: abundante cebolla. Allí una señora como de cuarenta años que con medio machete con cacha forrada en caucho pelaba un coco mientras alegremente le decía a su hijo < Juanchito, mañana nos tenemos que levantar a las cinco porque toca ir a reunión… Juanchito, páreme bolas, porque es reunión para que el otro año ya vaya y estudie… ¡Juanchito!, ya le va a tocar hacer tareas, le va a tocar estudiar… Juanchito, tiene que ser muy juicioso para hacer las tareas, porque le toca solito papito… >, Juanchito la miraba y reía, su hermanito menor se abrazaba a la espalda de su mamá, sentada en un pequeño tronco. Yo miraba atento mientras bañaba las papas en ají.

 

Ella cantaba: “Me gusta amanecer pensando que me quieres, soñarte se hizo ya el mayor de mis placeres…”, < Joan Sebastián >, dije. Rió, se puso de pie, metió la mano en la vitrina y sacó dos papas que puso en mi canasto. Se sentó asegurándose que el pequeño la volviera a abrazar por la espalda, volvió a reír y siguió cantando. Dijo que Joan Sebastián tenía cáncer, razón por la que ya no cantaba. Luego me contó que ella era feliz cantando todo el día, <Yo acá con mis chinitos, la pasamos cantando todo el día>. Indicó luego, siempre sonriendo, que Celia Cruz había muerto de cáncer en la cabeza y sin embargo teniendo “sabor” hasta el final, < Así soy yo, uno con esta negrura es siempre con su sabrosura… ¡así no sepa hacer ají! >.

 

Dizque allá en su Tuluá hubo un concierto de Celia y le pagaron doscientos millones por cantar una hora,  < ¿Se imagina cuánto se demora uno en ganarse toda es plata vendiendo acá?… pero no importa, yo acá con que tenga mis canciones y mis negritos acompañándome, no le pido más a la vida… ¡y hasta regalo papas! >, < Y como que quiere darme otras dos >, soltó una carcajada. Pagué con monedas. Partí con una sonrisa enorme hacia la casa. Esa señora contenta con sus niños me vitalizó. Alegría gigante, tuve que andar despacio: era pesada. Peso feliz. Lavé los platos con entusiasmo. Se creería inicialmente que puede ser una total mierda vivir en esa rutina de vender papas saladas en un toldo de endeble plástico –aunque ciertamente lo es–, pero viendo esta señora, concebí la posibilidad de vivir de otra manera aquel día a día. Una manera sonriente, en todo el sentido. Y lo mejor, es contagioso: ¡una antivampira!.

 

¿Acaso existe una manera más feliz de pelar un coco?

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