24 de marzo 2020. Como todos los días la había recogido en el trabajo para llevarla hasta su casa. Pero ese martes no era un día como todos, esa media noche empezaba la cuarentena y ese día Ella cumplía años. No habían podido celebrar, nada de mariscos ni de margaritas, sus comidas y bebidas favoritas, nada de regalos (todo estaba cerrado) solo un pequeño rosario que Ella le había pedido para orar, asustada por el aumento en los contagios y por la llegada inminente de la pandemia a Pasto. Celebración aplazada.
Durante el camino hablaron de la critica situación global, como queriendo disimular sus propias preocupaciones, o como evitando tocar el tema de la separación obligada que pronto empezaría. Se llamarían, claro, pendientes mutuamente con mensajes de Whatsapp, una video llamada cada noche, algo inventarían para estar en contacto, así fueran señales de humo. Se amaban.
Se cogieron de la mano, no sin antes haberse embadurnado con el gel antibacterial que ella llevaba en su bolso, no se soltaron durante todo el trayecto, sabían que ese era el único contacto físico que podían permitirse para seguir los protocolos de salubridad y para colmo el último en mucho tiempo.
Al despedirse evitaron mostrarse tristes. Ni un beso, solo un leve abrazo, ni siquiera pudo ver su sonrisa de grandes dientes a causa del tapabocas. Al menos pudo adivinar el beso que Ella le enviaba gracias a la forma inconfundible de sus labios que se dibujaba tras la delgada tela estampada con tiernas imágenes de Hello Kitty de la mascarilla.
– Cuídate. – se dijeron al tiempo.
Nunca celebraron los 38 de Ella.
El Nunca más pudo ver esa hermosa sonrisa de grandes dientes, ni besar esos inconfundibles labios.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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