El inolvidable hotel Pacífico

Por: Rosa Isabel Zarama Rincón

El Hotel Pacífico se inauguró en la ciudad de Pasto a principios de los cuarenta y lo cerraron alrededor de 1979; debido al prestigio que alcanzó en esos lustros, se conserva como uno de los principales referentes de hospedaje que hubo en Nariño. Lo fundaron los hermanos Kahn de origen judío alemán que llegaron a Colombia procedentes de Alemania. El primero en arribar fue Walter Daniel Kahn, en 1933, cuando Adolfo Hitler subió al poder trajo a sus hermanos: Cilly, Ida y Benno, quienes junto con sus familias se establecieron en Pasto antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), al mismo tiempo, los hijos de Walter estudiaron en el colegio Javeriano. La emprendedora familia en su época hizo valiosos aportes a la industria turística, maderera y al comercio de Nariño.

Benno tenía una carnicería en la Calle 20 de Pasto, donde hoy se encuentra el almacén El Vaticano (frente a Casa Mettler). Walter Daniel era dueño de Waldaka, una famosa fábrica de muebles elaborados en pino, que suministraba los enseres requeridos por el Hotel y para la exportación. Además. los parientes fueron propietarios de una finca en Catambuco de donde procedían productos destinados para su negocio turístico como para el comercio, entre ellos se encuentran: lácteos, carnes, verduras y tubérculos.

Sin embargo, el emprendimiento más reconocido de la familia Kahn fue el Hotel Pacífico: las hermanas Cilly e Ida establecieron y trabajaron en él hasta su cierre. El establecimiento de tres pisos estaba ubicado en la carrera 23 entre calles 18 y 17, en donde actualmente funciona el almacén Panamá Plaza. Desde el punto de vista arquitectónico, la construcción era sencilla como se observa en la siguiente fotografía.

En el primer piso, entrando por el zaguán a mano derecha se encontraba el salón Pacífico de mediano tamaño, a diferencia de otros restaurantes de la ciudad de esa época, ese era un recinto cerrado porque la puerta del negocio no daba a la calle, con una reducida luz natural, los bombillos estaban aprendidos todo el tiempo, las mesas eran de madera de cuatro puestos y en un extremo había un contrabajo y un piano. Doña Ida, la administradora del salón, permanecía atendiendo junto al mostrador donde se exhibía la panadería y la repostería. Yo la conocí a comienzos de los años setenta, tenía alrededor de los 70 años, era una mujer gruesa, de pelo corto y gris, aunque era seria, tenía un encanto especial para acercarse al alma de los pequeños. Cuando los niños asistían con sus familiares al Salón, les obsequiaba un mazapán, un chocolate u otra golosina que se preparaban en el lugar, a lo que agregaba palabras amables. En Europa, en esa época, se acostumbró a tener esos detalles con los infantes, estrategia que pretendía crear a mediano plazo nexos afectivos y comerciales con esos potenciales clientes. Considero que la amabilidad de la señora Ida era genuina, varias personas de diversas condiciones económicas recuerdan esos gestos con aprecio.

Otro de los encantos del Hotel Pacífico era su comida: las hermanas lograron una acertada combinación de recetas locales con recetas europeas, gracias a la colaboración del personal de la cocina oriundo de la ciudad y del departamento. Los alimentos que servían eran exquisitos, en la memoria de los antiguos comensales están arraigados: las empanadas pastusas de harina, las fresas con crema, el helado de fresas, el jugo de naranjilla y fresas, el sánduche de pollo o el tradicional plato alemán de salchichas y ensalada de papas agrias. Sirvieron cerveza, licores nacionales y extranjeros, todo bajo la supervisión de doña Ida. Franco Montúfar Figueroa en su libro Recordar es vivir, afirma que cuando la propietaria notaba que algunos de sus clientes estaban “contentos”, ordenaba que no les sirvieran más bebidas alcohólicas.

La panadería y la repostería eran deliciosas, ésta última decorada con mucha delicadeza. En el Hotel preparaban o adquirían a través de sus proveedores: los ponqués de vainilla, las tortas de manzana o queso, que en esa época no eran comunes en la Pasto, además de los palitroques que muchos padres de familia llevaban para sus familias, entre otros productos. Los fines de semana algunos de sus clientes después de asistir a misa, se reunían con sus amigos para compartir un buen momento o para bailar entre las 4 y 10 p.m. acompañados de la buena música interpretada por la orquesta Alma Nariñense (1944-1984), que a lo largo de su existencia deleitó a miles de personas en varios escenarios.

Tomado del libro de Franco Montúfar Figueroa, Recordar es vivir, 2010, p. 153.

Tomado del libro de Franco Montúfar Figueroa, Recordar es vivir, 2010, p. 152.

En el segundo piso, Cilly Kahn una mujer de mediana estatura y sonriente, administraba el restaurante que usaron como salón de recepciones en donde se celebraron fiestas de primera comunión o matrimonios, al igual que en el salón Pacífico, la comida era exquisita. En ese piso y en el siguiente se encontraban las habitaciones destinadas a los huéspedes; en el descanso entre el primer y el segundo piso la decoración fue hecha con frascos que contenían semillas de aguacate en proceso de germinación. El semillero revela el deseo explícito de los propietarios para que prosperaran árboles que dieran abundantes cosechas y el aprecio que sentían por el exquisito fruto americano.

El Hotel, además de nariñenses, regocijó a los foráneos que usaron sus servicios, entre ellos se encontraban reconocidos funcionarios nacionales, agentes viajeros que hacían negocios en Nariño y Putumayo y extranjeros. Coloquialmente era conocido como el “Hotel Mantequilla” porque a diferencia de otros establecimientos alimenticios, a los clientes no les servían una porción individual de mantequilla, sino que pasaban la mantequillera; era una demostración de la generosidad de los propietarios que los comensales apreciaban.

En 1959 cuando Stella Márquez fue coronada como reina nacional de la belleza, ella junto con su familia se alojaron en la casa de la familia Conto Díaz del Castillo, en el barrio San Ignacio, durante las temporadas que la reina y sus parientes permanecieron en el departamento, el gobernador de la época contrató las comidas con esa empresa; la administración del Hotel la enviaba junto con los meseros. Así se convirtió en uno de los primeros servicios de catering que hubo en la ciudad.

El Pacífico, junto con el Chalet Guamués en La Cocha y la hostería San Antonio localizada en San Francisco en el Alto Putumayo, coordinaban paseos turísticos y diversos eventos para sus huéspedes, de los cuales todos se beneficiaban. Tanto el Chalet Guamués como la hostería San Antonio se caracterizaban por los hermosos entornos naturales en se encontraban ubicados, la agradable decoración y la excelente comida. El Chalet sigue funcionando, en cambio, la hostería fue clausurada hace lustros. Esos circuitos turísticos permitieron fomentar el turismo y la hotelería de los dos departamentos a nivel local, nacional e internacional.

Las hermanas trabajaron en El Pacífico hasta que fue cerrado. Walter Kahn, los hijos de Cilly: Manfred y Heinz Linsker y otros socios fundaron en la capital colombiana el Hotel Bogotá Plaza. En la actualidad, se encuentra en manos de la cadena internacional Clarion, con el nombre de Clarion Hotel Plaza.

Los recuerdos del Pacífico quedaron grabados en las vidas de las personas que disfrutamos de ese espacio: gracias a sus amables propietarias y a su sólido equipo de trabajo, quienes estuvieron comprometidos con un servicio hotelero de excelente calidad.

La autora agradece los valiosos testimonios orales para la elaboración de este escrito de: Luis Zarama, Mariela Rincón de Zarama, Ricardo Figueroa, Francisco Rosero, Juan Carlos Conto, Amparo Conto, Ronald Helfer, Héctor Legarda, María Teresa Barbato, María Isabel Zarama, María Inés Zarama y Manuel Guillermo Zarama.

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