¿Independencia o libertad?

Por: Carlos Bastidas Padilla

Después del Descubrimiento de América, estos pueblos, que ahora son repúblicas supuestamente democráticas y soberanas, vinieron a dar en virreinatos y capitanías en donde se ejercía el poder soberano de un rey lejano que gobernaba desde allá, pero que desde acá mandaban. Quienes acá tenían la vara del mandón eran peninsulares de férrea raigambre tradicionalista, por ende, monarquistas y papistas; por eso mismo, interesados en mantener el espíritu y las formas medievales de vida y de gobierno en América. Estos hijos de españoles, pero nacidos en América: hacendados, mineros, esclavistas, comerciantes, miembros de la administración virreinal, lanzados a la revolución contra el rey, conformaron juntas de gobierno depositarias de la soberanía nacional (a la manera española, cuando Fernando VII estaba en poder de Napoleón), firmaron las “Actas” y organizaron gobiernos autónomos embelesados en la soberanía regional que devino en guerras civiles y en cambios constitucionales al día de los intereses partidistas y de los caudillos regionales que, cuando la inestabilidad constitucional cesó, se convirtieron en gamonales, que si bien no movilizaban sus huestes a los azares de  la guerra, las arrastraban a las urnas electorales para perpetuar su poder fincado en la supremacía de la casta y en el dominio económico siempre insatisfecho, expansionista y falsamente paternalista. Se había logrado la independencia de la metrópoli; pero no la libertad, si seguía el “pueblo soberano” huérfano de poder y víctima ahora de un gobierno central que antes se llamaba virrey y ahora presidente; del hacendado, antes llamado encomendero, y de la Iglesia que siguió siendo la misma, acomodándose a  las circunstancias, como el murciélago entre los pájaros y los ratones.

“Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”, dijo el Libertador al clausurar el Congreso Admirable (1830). Conmemoramos ahora el bicentenario de nuestra mayor gesta; pero la independencia, en sí, no es suficiente cuando se trata de construir un país que sea una patria para todos. No basta con la independencia: la libertad debe ser el máximo logro, el más elevado, el más perfecto. Nuestros próceres de hace más de doscientos años nos empujaron a los campos de la guerra para conseguir la independencia de España, y nos engolosinaron con la prédica de la  libertad ideal; pero nada dijeron de la libertad real, con tierra, con vivienda, salud, trabajo, educación y alternativas de acción y vida. La independencia la logramos; la libertad la estamos buscando todavía, porque con ella se quedaron los detentadores del gobierno a puerta cerrada, los que se apropiaron y se quedaron con la tierra, con los medios de producción, con el negro, con el indio, con el obrero, con la mano de obra barata, con las arcas del presupuesto estatal, con el cuño de hacer monedas, con el ejército libertador, y hasta con la bendición de Dios (de la Introducción de “Boyacá, senderos de gloria”. Bogotá: NC producciones, 2019, 220 págs.)

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