La lengua de señas

Decíamos la semana anterior en esta columna que la lengua de señas no hace parte de la Ley 1381 que protege las lenguas nativas en Colombia. La pregunta es ¿debería estar allí o debería estar protegida por una ley específica? Ambas cosas, porque esta lengua tiene una dualidad legal única en el mundo: por un lado, pertenece a una minoría lingüística y por otro la protegen los derechos humanos. Así que entra y no entra en según que cosas.

En Colombia hay medio millón de personas con discapacidad auditiva, de las cuales el 10% está en Nariño (10.000 personas solamente en Pasto). Y esta población va en aumento. No se trata de un problema nariñense, sino mundial. Según la Organización Mundial de la Salud, OMS, el crecimiento se debe al aumento de la esperanza de vida (aunque la Covid-19 haya hecho mella) y a la continua exposición al ruido. Eso si, el principal factor de sordera sigue siendo el factor hereditario, pero la meningitis, el consumo de drogas y las enfermedades infecciosas también juegan su papel.

Es lógico pensar entonces en medidas sanitarias: campañas de vacunación infantil, el tratamiento precoz en adultos, disminuir el tiempo de exposición al ruido… Pero también se necesitan legislaciones protectoras. ¿Por qué? Por que esta comunidad no puede estar excluida o relegada en la vida cotidiana, y eso se logra estableciéndola como lengua oficial, regulando los medios de apoyo a la comunicación oral y fomentando el aprendizaje del lenguaje de signos. Como estudiar inglés, como aprender informática.

Es verdad que hay una ley en Colombia, la 982 de 2005 que amplía la 324 de 1996, que hace referencia a las normas que brindan oportunidades a las personas sordas y sordociegas. Pero no es muy específica con respecto a la enseñanza del lenguaje, por lo que este grupo social seguirá estando cerca, pero no como parte del engranaje social.

Ahora recién se han dado dos pasos en tal sentido: servicio de intérpretes para todo el sistema administrativo, porque nada más vital que entender el funcionamiento del Estado, y la aprobación de la ley para unificar el lenguaje de señas de todas las regiones en Colombia. Y con esto viene una cosa interesante.

Cuenta María Agudo, experta española en el tema, que así sea de señas o lengua de signos como en España y Estados Unidos, la idea es que las leyes reconozcan al interprete. En cada región, dice, hay multitud de diferencias y distintos dialectos. De esta manera existe la lengua de signos catalana, la de euskera, gallego, aragonés…, y eso las hace particulares para el entendimiento.

En Colombia está reconocida una oficial y una creole para San Andrés y Providencia, pero las ayudas para que se cumplan las normativas de la Ley 982 son casi inexistentes. Imagínense en el caso de la formación de intérpretes. Cero. Más en estos tiempos de pandemia donde la presencialidad se ha desmoronado.

Hace un tiempo la Universidad El Bosque de Bogotá lanzó un programa profesional en interpretación de Lengua de Señas Colombianas, y durante la presentación hubo un dato escalofriante: 400 intérpretes en toda Colombia. ¡400 para medio millón! O si lo quieren ver de manera ideal, 400 para 50 millones. Edson Rodríguez Uribe, director del programa, dice con toda razón que no es sólo cuestión estadística, sino que recibir una formación profesional permite que el intérprete realice una lectura crítica de la sociedad, de la comunidad sorda, y de los entramados culturales que solo un proceso académico profesional puede brindar.

La idea es que surjan más programas, pero quienes saben del tema, lo ven complicado porque muchas universidades no entienden su importancia. Y si hay muchos idiomas y lenguas que determinan su variedad y complejidad, como argumenta María Agudo, es lógico que sólo una carrera universitaria lo solucione, como sucede en Estados Unidos o Brasil.

El otro asunto es el de la virtualidad. Hace poco surgió SignChat, una app que hace el papel de intérprete. La crearon dos estudiantes de la Universidad de San Buenaventura y consiste en una plataforma móvil con un teclado específico que contiene todo el alfabeto del lenguaje de señas e incluye opciones visuales de accesibilidad. Por ahora es un prototipo hecho en Firebase y MySQL. Pero es de aplaudir ante tanta carencia.

Y es que, en efecto, todo esto es una forma de entender mejor nuestra sociedad y paradójicamente de agudizar nuestros sentidos. Fíjense, por ejemplo, en el teatro de señas, una de las formas de arte dramático más extendidas que hay, pero al mismo tiempo, una de las más discriminadas. Cuando se anuncian sus presentaciones, pensamos que es para sordos y que si vamos a una obra no vamos a entender nada.

Pues todo lo contrario. Hace unos años Hamilton Baena trasladó a la lengua de señas El Atravesado, de Andrés Caicedo, una de las obras cumbres de la literatura colombiana. Nada más complicado, porque el cuento de Caicedo es un no parar de expresiones callejeras de la Cali de los años 70. Y fue un éxito.

Eso nos lleva a pensar que Pasto, tierra que tiene su propia lengua no oficial (forma de hablar, la llaman) debería analizar seriamente la normativa existente y la legislación, y la Universidad de Nariño, pensar en su aplicación. Es una obligación de cara al futuro que se nos viene.

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