La osadía de desafiar la tradición injusta…

Por: Cristina Checa.

¿Cómo pasar de la imagen de mujer retraída y callada a la de mujer que provoca fuertes cambios en la mentalidad y en las estructuras sociales y políticas?

En un marco de desigualdad y explotación inhumana, la ruptura y desarticulación con la obediencia obstinada, la búsqueda de un mejor destino y el salto hacia sentimientos políticos más intensos y profundos, solo se hace visible desde la perspectiva de la historia de las mujeres. Esta historia que ha hecho correr bastante tinta, contrario a lo que suele pensarse, reclama un análisis detallado y profundo.

La construcción de la que fuera la historia de la emancipación de las mujeres,  tiene su origen en el establecimiento “absoluto” de la superioridad de hombres sobre mujeres. Sometidas a perpetuidad, las condiciones de esclavitud, sumisión, desigualdad e inferioridad, encontraron una contestación por parte de aquellas que tenían que convivir con el problema que carecía de todo sentido de justicia e igualdad. Efectivamente, fueron mujeres las que escucharon las voces de las y los suyos y procedieron a desatar así la protesta colectiva. Los hitos históricos son muchos, unos aún desconocidos y otros tantos aún no registrados por los que hasta ese momento creían ser los dueños de la historia. Contrariando las trampas que el olvido impone, en estas líneas nos ocuparemos de uno en particular que fija como referencia esta fecha como el Día Internacional de la Mujer.

La génesis y la dimensión histórica de este día, olvidada en medio de la comercialización, reclama un posicionamiento importante, no únicamente para no olvidarnos de por qué hoy conmemoramos este día como el Día de la Mujer sino para tener presente que las mujeres podemos construir y contar historia.  Que lo que pasó hace muchos años, hoy se sigue repitiendo con nuevos contextos y con diferencias sociales e históricas pero, aún se siguen reclamando y luchando muchos derechos.

8 de marzo de 1857, al margen de la revolución industrial y sobre las calles de Nueva York, miles de trabajadoras textiles levantaban su voz de protesta en contra de las miserables condiciones laborales y el fin del trabajo infantil. Sobre la vida de las mujeres, a quienes la revolución industrial les había permitido acceder al trabajo productor, se cernía las más amenazantes condiciones de desigualdad y desventaja. En condiciones inhumanas y con bajos salarios fueron condenadas a la atrocidad del nuevo tiempo. El reclamo justo de sus derechos que poco a poco se iría configurando, en medio de tensiones y anhelos, inspiró a distintos movimientos, sucesos y movilizaciones que se dieron en adelante y se convirtió más tarde, en la voz de uno de los orígenes de la conmemoración que hoy nos asiste.

Esos seres “menores de edad”, que según la ley eran incapaces y que siempre debían permanecer bajo tutela paternal o marital, se atrevieron a desbordar los patrones convencionales de una época y tomar la decisión, a cuenta del libre albedrio, de pensar y afiliarse a una causa política determinada. Su papel político, como un dictamen histórico, desbordó el marco limitado del hogar y dispuso a las mujeres a lucha por la emancipación social.

La lucha por los derechos de la mujer ha estado cargada de cruentos sucesos de violencia, muerte, incendios, prohibiciones, violaciones y exclusión. Sin embargo, en medio de estructuras cerradas, clasistas y patriarcales y pese a las negativas y prohibiciones, la injusticia y la imposición, la esclavitud y la violencia, se había despertado en el corazón de las mujeres, el fenómeno más asombroso que ha existido sobre la historia de la humanidad, la revolución. A su alrededor se derrumbaba el universo doloroso que habían tenido que soportar y sobre sus vidas se empezaba a construir el porvenir poblado de luces que reclamaban igualdad.

Estas mujeres, las que hasta hoy tienen por bandera la igualdad, son las vencedoras de las resistencias patriarcales más férreas, son las que se han visto irritadas por las normas de la decadencia, son las que no se han visto esclavizadas por el cuidado de la casa, ni detenidas en todos sus impulsos. A ellas, las dueñas de la trascendencia, que el fuego abrigador de la revolución sea su faro en este día y siempre.

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