Lo esencial y lo intrascendente de los medios de comunicación

Las dos fuertes tragedias que estremecieron al país y a la región en 2016 fueron el fatal accidente del avión donde se transportaba el equipo de futbol Chapecoense del Brasil, muy cerca de la ciudad de Medellín, y el secuestro, tortura, violación y feminicidio de la niña Yuliana Samboní a manos de Rafael Uribe Noguera, un depravado sexual perteneciente a una acomodada familia bogotana.

 

Estos hechos los recordamos por lo dramáticos y dolorosos. En el caso de la niña asesinada –indudablemente- merecen nuestro repudio y nuestra exigencia porque se aplique la justicia con todo el rigor. Aun así, no debe llevarnos a olvidar que en Colombia se viene adelantado un proceso de paz con las guerrillas, un hecho positivo para el país que también trae beneficios para los países vecinos.

 

Los medios de comunicación tienen alta incidencia en el comportamiento de las personas, todo dependiendo como se presente la noticia; bien es sabido que tragedias similares a las vividas por la familia de la niña Yuliana acontecen con más frecuencia de lo imaginado, pues la Fiscalía registra numerosos casos, pero trascienden a estos cuando en la trama de los hechos resulta involucrado un miembro de una familia rica: recordemos el caso Colmenares.

 

La capacidad de alienación de los medios de comunicación es inusitada, nos hacen pensar lo que ellos quieren y nos hacen votar por los candidatos que ellos necesitan. Les queda fácil poner en ridículo a un líder que no les conviene que llegue al poder, sencillamente lo ridiculizan en los noticieros y hasta en los programas de humor. Luego la gente dice yo pienso tal o cual cosa, pero el grueso de la población no piensa, le impusieron porque no le dieron la opción de escuchar otra alternativa.

 

Por fortuna en la última década han aparecido medios alternativos de comunicación y las redes sociales donde se presentan opiniones y algunas propuestas interesantes para desarrollar un mejor país. Ya la revolución no se hace como antes, formando grupos armados, ahora hay mejores posibilidades para el debate de las ideas, las propuestas y las convocatorias a los encuentros, las protestas, la recolección de firmas, los cacerolazos y los plantones, porque la revolución es tecnológica.

 

Si bien es cierto que es placentero hurgar la vida ajena: que ha viajado, que cumple años, que baila, que come, que se comprometió, que se divorció y un sin número de etcéteras, las redes sociales también deben cumplir su función social para transformar el país en bien. Mientras tanto nos están incrementando los impuestos, robándose el presupuesto de la nación, haciendo normas antipopulares, entregando la riqueza a las trasnacionales, haciendo componendas para ganar de manera fraudulenta los cargos de elección popular.

 

Los medios electrónicos se deben emplear en mayor medida en el debate y la difusión de contenidos críticos frente al acontecer social. No es justo encontrarse con elementos vacuos. Somos respetuosos de las creencias religiosas, pero hasta los seguidores de las diferentes confesiones se dedican a enviar imágenes y oraciones milagrosas, formando cadenas que anuncian que si la rompe le caerá una maldición. El acto de fe debe tener más contenido que meramente difundir fórmulas mágicas.

 

Igual ocurre con el tema social y político de nuestro país. Nos están clavando con más impuestos, están decidiendo por nosotros sin que nos inmutemos. Ellos, los gobernantes y legisladores, están felices con un pueblo distraído en determinar si el gato de la foto está subiendo o bajando las gradas; publicando los memes, las selfies, los comentarios simples, los saludos de cumpleaños.

 

Hagamos de las redes sociales algo más productivo, abandonemos el sensacionalismo que no nos aporta nada. Tenemos que barrer nuestra casa para que quede limpia de tanta inmundicia que nos hace olvidar lo esencial.

Comentarios

Comentarios