Pagar por leer

¿Todas las noticias serán de pago? La pregunta tiene trampa, porque ya existe un mundo digital y ese mundo digital se encamina hacia el control de nuestra vida diaria a través de los sistemas de pago. Hasta hace un tiempo, por ejemplo, cuando querías ver una serie de televisión, acudías a plataformas de servidores múltiples como Megaupload o te descargabas películas con programas como eMule. De pronto apareció Netflix y con un pequeño sistema de pago mensual cambió las reglas del juego.

Hoy todo va camino de ser cobrado; el correo electrónico, por ejemplo. Hotmail ha dado pasos en tal sentido y así sucesivamente. Y Amazon, la empresa líder por excelencia en el comercio digital, ya ha puesto en funcionamiento Amazon Go Grocery, el supermercado en el que tu puedes coger lo que quieras y salir sin pasar por un cajero. El secreto es que esos supermercados tienen cámaras en el techo y sensores en las estanterías que detectan lo que lleva cada persona. Cuando sales por la puerta, la app de tu celular recibe un mensaje avisando del cargo a tu tarjeta.

Desde luego es un primer paso, una especie de experimento difícil de aplicar en un mercado de productos frescos con el pescatero gritando que hay lubinas, doradas y langostinos en oferta. Pero la experiencia de los medios de comunicación con los sistemas de pago también han pasado por experimentos complejos.

En España el primer paso del Wall Pay lo dieron los medios de provincia. Sus secciones de pago fueron una novedad que puso en alerta a los medios nacionales y el diario El Mundo dio el primer paso en Madrid con un contenido exclusivo, tras una serie de intentos fallidos con los iPad y tablets. Sin embargo, no le fue bien. El número de lectores cayó abruptamente, gracias a tres factores:

El primero era que la gente estaba acostumbrada al contenido gratuito. Pagar por leer una noticia resultaba impensable para muchos, sobre todo para quienes consideraban que las versiones digitales de los medios eran una extensión de los mismos en formato físico. El descubrimiento paulatino de Internet como una fuente de recursos para brindar información, fue algo que los lectores de los medios impresos tardaron en descubrir.

El segundo factor fueron las redes sociales. El boom de las redes estuvo determinado por la primicia, la “chiva”, tener una primera foto del hecho o 140 caracteres que te contaba lo que había sucedido antes un medio tradicional. Y no pareció importar más. Bastaba el titular para informarse, afectando con ello no sólo a los medios informativos, sino a todos. Muchas personas creían estar informadas sólo con lo que veían en redes. Si un medio desarrollaba una noticia y luego la compartía en redes, la gente le daba un “me gusta”, pero nunca picaba en el link y profundizaba en la información porque, a lo mejor, allí le cobrarían por leer.

Y el tercer factor fue la rápida fuga del público hacia otros medios. ¿Para qué voy a pagar por informarme si me basta con encender la televisión o poner la radio? Y era verdad. Los sistemas de pago afectaron a la prensa escrita, pero no a los noticieros y boletines informativos. La prensa quiso dar un paso adelante y acabó dando dos pasos hacia atrás. Comprar el diario en papel se veía arcaico y pagar por lo digital, demasiado avanzado.

Pero no todo era a causa de la “fiabilidad”, sino también de decisiones erróneas al interior de los medios. La revista Semana siempre había apostado por la suscripción y sintió que incorporar el modelo a lo digital sería sencillo. Pero al hacerlo se olvidó de sus lectores fuera de Colombia. La pasarela de pago no daba opción de hacerlo en otros países. Era absurdo y lo arreglaron tiempo después, pero en ese tiempo se dieron conflictos internos con sus columnistas estrella, y el rechazo al medio se “aireó” en redes, afectando drásticamente el modelo.

Ahora bien, ¿qué ha pasado en los últimos meses? Que el confinamiento obligó a los medios a esgrimir el Wall Pay como único recurso de supervivencia. Sin venta en la calle, toda la publicidad se trasladó a lo digital, pero a unos precios muy distintos a los que acostumbraban. Recortes de plantilla o expedientes de regulación de empleo (ERES) y expedientes de regulación temporal de empleo (ERTES según el modelo español), se sucedieron sin parar.

Y nuevamente los grandes medios voltearon a mirar a los pequeños para ver como funcionaban y tratar de hacer lo mismo. Así entró en escena otro sistema, tan antiguo como el que más: la donación. Pero la mayoría lo desechó. Les parecía idealista, ¿a qué hijo de vecino se le ocurriría donar dinero a un emporio comercial?

Quien encontró la manera fue Alan Rusbridger, director de The Guardian, que convirtió al diario en una fundación. Sin ánimo de lucro y con el único objetivo de hacer buen periodismo, estableció un modelo dual: suscripciones por un lado y donaciones por el otro. Hoy casi el 15% de sus ingresos proviene de allí.

Es verdad que crecer sólo con estos dos sistemas es muy complicado, porque a las suscripciones y donaciones las mueve la empatía del público con la información que recibe, y muchas veces esa información en un medio generalista es catástrofes, muertes, crimen organizado, corrupción, guerras, epidemias, desempleo, terrorismo y política. Nada atractivo, desde luego. Además, el mundo digital se mueve por el posicionamiento seo en Google, y no hay nada que el seo penalice más que la delincuencia en todas sus manifestaciones.

Por eso vuelvo a la pregunta inicial: ¿todas las noticias serán de pago?

Basados en el principio de la fiabilidad de la información ofrecida, en el análisis y el desarrollo de una noticia, si. Pero para ello un medio impreso también tiene que seguir apostando por el podcast en vídeo o en audio, donde el analista y comentarista especializado se pueda expresar libremente. ¿Un Netflix sólo de información y no de entretenimiento? Pues si, es uno de los caminos que se buscan.

Pero para ello los medios también tendrán que contar con el llamado “internet de las cosas” e involucrar a los aparatos de radio y televisión para que sean parte del sistema de pago, y para eso falta más tiempo.

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