Si vamos a querernos… Hagámoslo en vida

Por: Manolo Villota Benítez-periodista.

Juan Rulfo escribió uno de los libros más importantes y bellos que existen en español: Pedro Páramo. El mexicano, cuya obra (compuesta solo por dicha novela y una serie de cuentos) influenció a autores como García Márquez y aún deleita a personas en todo el mundo, dio una entrevista que puede leerse completa en la página de  The New York Times donde, entre otros temas, habló sobre la relación que los latinos tenemos con la muerte:

“Los latinoamericanos están pensando todo el día en la muerte, hasta para despedirse en la noche dicen ‘Dios mediante’ o ‘si Dios nos da vida’, dicen ‘Hasta mañana si Dios nos da vida’. Porque siempre conviven con la muerte”,  dijo entonces.

Más allá de qué tan ciertas sean estas palabras, la mortalidad es uno de los grandes temas que nos atraviesa como humanidad. Resaltamos su equidad, pues todos nos iremos algún día; su inevitabilidad nos infunde respeto; rogamos porque no llegue “anticipadamente”; hay quienes la reciben con resignación, mientras otros la anhelan o la reclaman como derecho.

Sin embargo, en algún momento, todos hemos sentido temor frente a ella. Ser conscientes de existir, también admite preguntar si nuestra naturaleza nos hace especiales, lo suficiente para trascender la muerte. Todavía no hay una respuesta que ponga de acuerdo al mundo.

No obstante, ese es el punto de referencia que en buena medida ha guiado a la vida por miles de años. Creamos o no en la posibilidad de acceder a otro plano, hay un deseo por dejar huella, por prolongarnos en el tiempo. Esfuerzos válidos, pero, a largo plazo y en cualquier escala, condenados a desaparecer.

Los faraones mandaron construir las pirámides para ser recordados por siempre. Hoy, son sus majestuosas tumbas, como atractivo turístico que el tiempo sigue devorando, las reconocidas y no ellos en sí mismos. Lo mismo pasa con mausoleos, obras escritas, audiovisuales, pinturas, estatuas, gobiernos y edificios. Durarán unos años, tal vez siglos, pero todo, en algún punto será olvidado y el olvido, también es la nada (esta película tiene un monólogo fantástico sobre este tema).

A un nivel menor, el nuestro, el de la gente “común”, la muerte llega como un golpe violento. Perder a un ser querido es difícil. El dolor nos embarga y las memorias regresan sin avisar. Es un acontecimiento que interesa a todos nuestros cercanos y allegados. Nos pone por un instante en el centro de las miradas, nos vuelve objeto de solidaridad, incluso de pesar.

También, como avalancha, irrumpen amigos perdidos de otras épocas, parientes lejanos, los hijos y nietos, el conocido del conocido, entre otros varios. Llegan para mostrar sus respetos haciendo presencia, llamando o con un mensaje por redes sociales.

Lo paradójico de este suceso es que permite aflorar todo lo bueno que alguien sembró en los otros, pero lo hace cuando la persona no está. En otras palabras, fallecer se convierte en la excusa o razón, para humanizar y dejar de exigir al otro que encaje en estándares de perfección que todos demandamos, pero nadie cumple. Probablemente porque se rompe la ilusión de que todo lo que somos y tenemos va a durar siempre.

Estar vivos parece que implica un constante recordatorio, de frente o a nuestras espaldas, de lo que hacemos mal. De nuestras afrentas, nuestros errores, las carencias, de los puntos negros, de lo que nos hace indignos de ser aceptados en ciertos grupos. Por el contrario, y aunque excepciones habrá como en todo, las cosas que hacemos bien, por alguna razón, no se reconocen o sobresalen al mismo nivel.

Alguien muere, corren las lágrimas y detrás de ellas, sale todo lo no dicho. En ocasiones surgen los arrepentimientos, en otras las absoluciones. Aparecen las serenatas que tal vez nunca se cantaron en vida, los poemas mal compuestos, los discursos flojos en el atril de la iglesia. Todos los escuchan o los leen, menos el interesado.

¿Por qué alguien debe irse para entenderlo como lo que también somos?, seres frágiles que no piden nacer y que luchan a diario por mantenerse a flote en una vida dura, en un mundo injusto. “De todo hay en la viña del señor”, dice un refrán tan gastado como real, y aunque sobre la tierra ha caminado gente mala y perversa, la gran mayoría, tan solo son  mujeres y hombres  que sienten, gozan y sufren igual que uno, que, como uno, se pueden equivocar y que, al igual que uno, son capaces de corregirse y hacer las cosas bien. Aquí no hay absolutos.

 Es una obviedad que irónicamente siempre omitimos: solo tenemos el presente. Por eso, los homenajes, las gratitudes, el amor, el perdón, los regalos y las visitas, funcionan mejor si se dan en vida. Abracémoslos mientras se pueda, hablemos con sinceridad cuando sean capaces de respondernos. El perdón, tanto pedirlo como darlo, tampoco es una mala opción. No juzguemos tan severamente, acaso, ¿quién nació con un manual de instrucciones para vivir? Aplica para amigos, conocidos, familia. No siempre se puede, pero intentarlo es en sí muy valioso.

Hace poco, según este artículo, salió el resultado de otro intento por determinar la edad del universo en la medida de nuestro tiempo, que de por sí es bastante limitada, pues, como dijo aquí Borges, ni siquiera estamos seguros de lo que este es. La cifra quedó para esta ocasión en 13.770 millones años. La edad de la tierra se estima en más de 4.500 millones de años, el hombre y la mujer han caminado alrededor de 140.000 años, y un ser humano, con suerte, vive un poco más de 80 años. Muy pocos días. La vida es impredecible, autoritaria y caprichosa. También es finita. No lo olvidemos.

*En memoria de Jorge  Guerrero Coral, hombre valiente y decidido, quien falleció en la mañana del 9 de enero de 2021 luego de una vida dedicada a trabajar por los suyos. De luces y sombras, como todos, supo el valor del esfuerzo y la satisfacción que brinda salir adelante a pesar de la dificultad. Su andar seguro, su sonrisa plena y el amor por su gente quedarán en mí mientras esté en este mundo. Gracias por todo, tío.

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