Dignidad y euforia.

Los últimos sucesos que se dieron a lo largo y ancho del país son una cosa que no estaba en el libreto de nadie. Es una cuestión inédita. Millones de colombianos salieron a las calles a hacer valer su dignidad: desde 1948 no se había vuelto  a ver un sentimiento de unidad tan grande. En aquel año fue la indignación por el asesinato de su líder a manos de la oligarquía corrupta y criminal.

Hoy, el sentimiento de unidad es otro, el mal gobierno y su pésima gestión llevó a que indígenas y estudiantes caminaran juntos sosteniendo las pancartas con el mismo mensaje: ¡Basta ya! Marcharon los maestros junto con camioneros y taxistas; los empleados estatales de todo orden cesaron sus actividades; salieron los obreros, las amas de casa, los desempleados… el sentimiento de indignación fue creciendo al paso de las marchas.

Poco a poco fueron llegando a los puntos de concentración personas desde los barrios más alejados de las ciudades: a pie, en bicicleta, en el escaso transporte público. Pero lo importante era cumplir con una cita histórica. Mucho temor había porque estábamos en pleno ascenso al tercer pico de una pandemia que será bien recordada cuando se cumpla su primer centenario.

Los que se encontraban delicados de salud o con riesgo de contagio se quedaron en casa pero desde su ventana agitarían la bandera de Colombia o pegarían un cartelito en el vidrio que diga “estamos en contra de la reforma tributaria”. El sentimiento era general porque la gente se enteró de esta gran convocatoria a través de las redes sociales, pero sobre todo se enteró por la angustia de las madres que no tienen un mendrugo de pan para alimentar a sus hijos.

La indignación fue más contagiosa que el más letal de los virus que puede dispersarse por el mundo. Bien dicen en todos los espacios, y hasta en las consignas cuando saltan los universitarios, que lo que pretende hacer este Presidente con su reforma tributaria es más peligroso que cualquier virus.

El entusiasmo fue creciendo de tal manera que al observar las plazas llenas, sin distanciamiento social, como así lo dictan las normas sanitarias, se convirtió en euforia. Ver cómo los manifestantes parecían embriagados de Patria, envueltos en banderas tricolores, con diversas manifestaciones artísticas; los tambores retumbaban y hombres de cabello largo como crines de un alocado potro, marchaban con movimientos laterales cual mar embravecido.

Tanta euforia exacerbada que cada grupo, conformado por ríos humanos, se volvió incontenible para los más avezados grupos antimotines. El Presidente sentía pánico y lloraba bajo las enaguas de la mamá, pedía consejos a su esposa; caminaba comiéndose las uñas, sentía que su gobierno era un fracaso. Se comunicó con su ministro de hacienda, Alberto Carrasquilla, para decirle que tenía ganas de dimitir de su cargo. El ministro le respondió que sentía un ‘mea culpa’ por el embrollo en que lo había metido: “mejor renuncio yo, para calmar al populacho”.

El presidente de facto, o verdadero presidente, al ver la Nación hecha un caos con la institucionalidad más caída que estatua de Sebastián de Belalcázar, con los partidos de gobierno y los de la oposición manifestando total desacuerdo con la reforma tributaria, manifestó al presidente títere su acostumbrada manera de llamar la atención si no le obedecen: “Cuando lo vea le voy a dar en la cara, marica”.

El alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, un hombre despierto, era asediado por los medios de comunicación para preguntarle sobre la situación de la ciudad sitiada por todos los flancos, con daños a la infraestructura del transporte público, vidrios rotos de los bancos y peajes incinerados. En una de sus declaraciones a la prensa le implora al Presidente que retire la reforma tributaria porque la turba enardecida está incontrolable en la capital del Valle. En otro reportaje revela que el manifestante que falleció por un disparo era su primo.

En el sur, los indígenas pastos de Muellamues, Cumbal y Guachucal, emulando lo que hicieron los miembros de la comunidad Misak en Cali que derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar, intentaban tumbar la estatua ecuestre de Simón Bolívar erigida en la plaza principal de Guachucal. Halaron una guasca por horas sin que el libertador montado en su blanco corcel se inmutara. Luego le dieron garrote sin que pudieran romper el rígido acero del riel de tren que une la cola y las patas traseras del equino a su pedestal. Al no lograr su cometido le prendieron fuego, pero Bolívar se mantuvo incólume.

En similares escenarios tumbaron los bustos de Gilberto Alzate Avendaño, político conservador, en Manizales. En Neiva los de Misael pastrana Borrero, expresidente; Diego de Ospina y Medinilla, fundador de la ciudad y Rodrigo Lara Bonilla, exministro de Justicia, asesinado en 1984. Y para completar, fanáticos revoltosos le hicieron dar un cabezazo contra el suelo al traductor de los Derechos del Hombre y el Ciudadano en la plaza de Nariño en Pasto.

En medio de este ambiente eufórico, el Presidente dio la orden de militarizar las ciudades colombianas ante la incapacidad de gobernar mediante el diálogo y la democracia el otrora país del Sagrado Corazón de Jesús. Tanques de guerra patrullan las ciudades intimidando con su apariencia bélica. Por un momento parecía que estábamos habitando Afganistán o Siria. Muchos nos imaginamos la cantidad de muertos que iba a haber ante la bravura del pueblo colombiano dispuesto a lo que venga.

Y así lo hicieron. Después de haber lesionado a cientos de personas con garrote al mejor estilo cavernícola, de sacarle los ojos varios jóvenes, policías golpeados sin compasión por sus propios hermanos de clase social; de unos vidrios rotos, daños a locales, muñecos de bronce rodando por los suelos y 17 muertos, el pueblo colombiano se siente altivo porque su dignidad está herida.

Tanta euforia despertada, tanto entusiasmo, tanta hermandad dentro de la diferencia para después volver a ser los mismos que desconocemos la historia, para convertirnos en serviles de los mismos que nos oprimen. Eso es sembrar el trigo en los pedregales y no en la tierra fértil. Reconocemos que hay marcha de multitudes, pero no hemos avanzado en la construcción de un movimiento social de transformación como el de la Ilustración en la Revolución Francesa que dio al traste con una clase social despótica como la aristocracia en alianza con el clero. Lo demás pasará como vuela la hojarasca arrastrada por el viento.

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