Don Quijote, presidenciable

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Ricardo Palma en “Mis últimas tradiciones peruanas y Cachivachería” (1906), relata en “La última frase de Bolívar”, cómo poco antes de morir, le confesó al médico que lo atendía, Alejandro Próspero Reverend, que sentía que había edificado sobre arena movediza y arado en el mar, inquiriéndolo sobre si sospechaba quiénes habían sido los tres más insignes majaderos del mundo, respondiendo él mismo al oído del galeno francés: “Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y…yo.” Quizá de ahí viene esa manía de compararse con el célebre personaje cervantino, caracterizado no solamente por su locura, sino por emprender actividades idealistas, casi que imposibles de alcanzar, no en vano el adjetivo quijotesco que determina a ciertos sujetos.

José Hilario López, presidente de Colombia entre 1849 y 1853, ingresó desde los 14 años a la causa patriota, célebre por haberse librado en más de una ocasión de ser fusilado, bien por ser quintado o por haberse conmutado la pena por otros oficios, hizo amistad con Policarpa Salavarrieta y asistió a ésta y a sus compañeros de celda la noche anterior a ser fusilados. Santanderista consumado, se unió a José María Obando contra el Libertador, estando en el Ecuador, encontraba amigos y detractores por los caminos y poblados, en viaje de Alausí a Cañar, debió enfrentar a toros bravíos en desfiladeros, arrojado por su caballo y perdido en el páramo del Azuay, enfrentando a los nativos que lo encontraron en tal estado, creyéndolo con seguridad un vagabundo, él mismo anota: “No quiero describir en sus pormenores esas aventuras algo quijotescas (aunque no guste de hacer el papel del caballero de Cervantes) por no distraerme demasiado de mi primordial objeto, y por temor de convertir en risible la historia más que sería de mi vida pública: por la misma consideración he evitado y evitaré la declaración circunstanciada de infinidad de sucesos de esa naturaleza que vendrían bien en otro lugar para provocar la risa de los que leyeran esa parte romántica de mi vida”, donde lo quijotesco vuelve al contexto inicial de su lectura, dado que esos primeros lectores encontraban divertidos los insucesos que padecieron don Quijote y su fiel escudero Sancho.

Guillermo Valencia en su poema “A Popayán”, después de recordar que en la ciudad blanca reposa el cuerpo del Caballero de la Triste Figura, exalta las estampas quijotescas de dos payaneses: Julio Arboleda y Tomás Cipriano de Mosquera: el primero presidente de la Confederación granadina sin lograr posesionarse; el segundo, 4 veces presidente del país, caracterizado por su “demencia exquisita” al decir de Víctor Paz Otero,

Y vives de imposibles. Al óptimo, audaz Caballero,

Señor de la Mancha, de escuálida, triste figura,

sepulcro le diste bajo un roble de añosa virtud.

¡Patético hidalgo! de prez tus armas brillan:

dos veces tus pares probaron al orbe su temple:

en trágico golfo, tu yelmo; tu lanza, en ¡Cuaspud!

Marco Fidel Suárez, presidente de 1918 a 1921, ampliamente conocido por tener un humilde origen, su madre era lavandera y fabricaba galletas que su hijo vendía para poder sobrevivir, alcanzando gracias a su inteligencia y a su perseverancia no solamente altas dignidades políticas, sino ingresar a la cerrada élite bogotana. En carta a Luis Martínez Silva le confiesa que había conocido a una mujer de largos cabellos y dulce mirada que le había robado el corazón, cursaba entonces el año de 1884, así le escribe: “La morena más hermosa y recatada, cuyo nombre es el secreto de mi vida, la mujer más atractiva que ha pasado ante mi vista, me tiene hecho un jumento al mismo tiempo que un energúmeno, un tenorio y un Quijote”, de tal manera que el quijotismo pasa aquí a la imposibilidad del manchego por alcanzar a su idealizada Dulcinea del Toboso.

Así podría citarse muchos presidentes más, quienes han alardeado de parecerse un poco a Don Quijote, no en vano al fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, no solamente se le adjudica el ser figura real para inspirar a Cervantes, sino que incluso se especula el parentesco cercano de éste con la esposa del propio alcalaíno.

Pero todos lo han hecho desde la comodidad de su palco, de tal manera que el discurso del presidente Gustavo Petro Urrego en España, desde el propio Palacio de las Cortes en Madrid, que alberga al Congreso de los Diputados, va mucho más allá de lo que muchos podrían considerar un mero accidente, además porque ninguno como él ha recordado el entramado social que está inmerso en la novela cervantina.

“De niño conocí España, sin venir aquí. En el Quijote, como casi todo latinoamericano. El Quijote me enseñó el individuo que podía caminar, que podía andar los caminos encima de un caballo, deshaciendo entuertos. De alguna manera, ahí aprendimos que alguna función que teníamos era el caminar para construir justicias. Un caminar eterno que acompañaba la vida de manera permanente. Nos decían locos a veces, muchos epítetos hemos recibido simplemente por cabalgar tratando de encontrar la justicia, el amor. No se puede desligar la búsqueda de la justicia con la búsqueda del amor. Lo racional del pensamiento político está ligado al sentimiento; no se puede desligar un sentimiento que le inculca la pasión a la justicia. En el Quijote se encuentra, a veces soñaba con un ejército de Quijotes buscando la justicia del mundo. Miles y miles de Quijotes era lo que en la mente de un adolescente se empezaba a construir y marcó mi existencia, porque de alguna manera me convertí en un Quijote. No cabalgaba. Colombia es difícil de cabalgar. Hay zonas para ello. Los llaneros de Bolívar eran grandes jinetes que buscaban libertad. Nosotros realmente caminábamos arriba, abajo, en las altas montañas, tratando también de encontrar la justicia, de encontrar el amor, de cambiar el mundo. Los Quijotes nos enseñaron esa manera de hacer la política. Está escrita ahí en la historia del mundo. Es un legado Latinoamericano en el pasado reciente, en un mundo ya contemporáneo que se puede entender o no se puede entender, se entiende más y se percibe como la búsqueda eterna del amor y de la libertad que está en cualquier ser humano.”

El 3 de mayo de 2023, el presidente Petro mencionó que conoció a España a través del Quijote, como casi todos los latinoamericanos, cuyas aventuras le permitieron entrever que era posible caminar deshaciendo entuertos. Aparece entonces esa función social, idealizada en el personaje, que busca la justicia y el amor, razón por la cual, junto con otros jóvenes fueron tildados de locos, reconociendo que en Colombia no se puede cabalgar libremente, como lo hacía Don Quijote y Sancho por los campos de Montiel.

Y recuerda a Simón Bolívar, uno de los grandes majaderos, quién junto con su ejército buscó la libertad y la justicia, esos guerreros que atravesaron los Andes a lomo de bestias para buscar, como el Quijote, la libertad y el amor, “que está en cualquier ser humano”, anota el presidente Petro, así como el ilustre manchego que no distinguía entre nobles y plebeyos para realizar sus cometidos. Y también como don Quijote, quien derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, se lamenta por la dificultad de emprender cambios en una de las sociedades más inequitativas del planeta.

En Colombia, sin duda alguna, hace falta tener algo de locura para emprender cambios en una estructura que, desde la construcción de la nación, ha dejado a muchos por fuera; hace falta tener cojones, como don Quijote, para buscar que a esas minorías se les garantice mucho más allá del papel el cumplimiento de sus derechos.

Prudencia, sencillez, mesura, así pueden resumirse los consejos que da el manchego a Sancho para que bien gobierne la ínsula Barataria, consejos que, por demás, bien le vendrían a toda la casta política de nuestro país de la hermosura.

  1. Mauricio Chaves-Bustos

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