La serpiente de dos cabezas

Documentos escritos por cronistas jesuitas afirman que desde 1671 corsarios, piratas y bucaneros intentaron sitiar a Tumaco. Entre ellos el pirata flamenco Edward David que en 1684 llegó a Tumaco, lo saqueó y lo quemó; luego navegó a Salahonda, y finalmente se refugió en el rio Rosario en donde naufragó su galeón con el botín obtenido. Los registros se convirtieron en leyendas, algunas de las cuales señalan que Tumaco siempre fue tierra pirata.

Encuentro en “La Recalada”

Aquellos marineros que en el bar “La Recalada” de Buenaventura se reunían a recordar los tiempos en que estuvieron embarcados surcando los mares del mundo, no dejaban de sufrir del perenne mareo de tierra que les produjo el abandonar su buque una vez cumplida la edad del jubileo.

El italiano Orestes Bornacelli trabajó durante treinta años como operario de máquinas de la línea de vapores “Santa” de la compañía Grace Line. Durante el tiempo que su buque “Giuseppe Verdi” recaló, y mientras hizo tránsito hacia el Atlántico, se enamoró de la apreciada Margarita Solari, hija del cónsul de Italia en el puerto. De igual manera, el gringo Billy Brown, diestro marino del buque tanquero “Knock Sheen”, que traía petróleo desde el Atlántico, renunció a seguir navegando y se quedó a vivir para siempre en el Pacifico Sur. El que siguió surcando los mares, a pesar de tener la edad para pensionarse, fue el tumaqueño Pacho Villaquiràn, capitán del buque de cabotaje “Rio Iscuandè”, quien cambió la ruta del mar por la del rio, y cuya carta de navegación era ahora adentrarse en los ríos Patía, Rosario y Chagüí en la selva del Pacífico.

En el bar “La Recalada”, sus conversaciones giraban sobre historias de puertos, mujeres y trifulcas. ¿De qué más podrían hablar aquellos lobos marinos? Por la noche, el profesor de Historia Hispanoamericana, Alcibíades García, se encontró en el bar con aquellos marineros y les narró la leyenda del galeón hundido y, de la ciudad perdida de Uxmal, primer asentamiento de la cultura Maya en el Pacifico Sur, cuya versión había escuchado de unos indígenas awas en la cabecera del rio Chagüí. Les comentó que los awas aseveraban que todavía existía el tesoro de los Mayas, pero, que no habían podido localizarlo por falta de recursos para desbrozar las tres colinas cubiertas de monte, que tenían sepultado al antiguo asentamiento indígena. Después de un rato, con el efecto del fuerte ron ingerido, Alcibíades convenció a sus amigos para que lo acompañaran en la aventura de encontrar a la legendaria ciudad de Uxmal y al galeón hundido.

Rumbo a la ciudad perdida

Al otro día, con la resaca encima, fueron a la biblioteca del colegio de los jesuitas, y encontraron los documentos que confirmaban la existencia de la ciudad de Uxmal, y que en los archivos de Sevilla. España existían las coordenadas de su localización, porque muchos años después de haber sido tragada por la manigua, Uxmal fue guarida de los navíos españoles que se resguardaron muchas veces ahí huyéndole al bucanero Henry Morgan en 1671; al corsario Edward Wolmen en 1680; a los piratas Warlen y Sharp en 1681, y también existe otro registro de una incursión de seis barcos que lograron cruzar la defensa española, en 1687. Para ese entonces, Panamá y Tumaco servían como bases castellanas que cuidaban de los piratas las minas de oro del puerto fluvial de Barbacoas.

A las pocas semanas, a son de mar, prepararon el buque para salir del puerto, trincando las anclas, botes y demás pertrechos susceptibles de poder moverse, y enfrentar el mal tiempo. Era de noche cuando zarpó el “Rio Iscuandè”, y ante la inclemencia del fuerte viento y maretas, sufrieron el abatimiento, debiendo el timonel desviar el rumbo cuando pasaban al frente de la Isla del Gallo. Entonces, los antiguos marinos, llenos de pavor, ayudaron a achicar el agua que había penetrado en la sentina y obligaba al barco a irse de costado. Enseguida, para evitar ir al garete, solicitaron al capitán Villaquiràn que evitara aproximarse a las playas de Curay, y se metiera de una vez por el río Chagüi, cuya desembocadura quedaba unos kilómetros más abajo. El río estaba lleno de remolinos y saltos que impedían andar con tranquilidad. Sobre sus aguas había caído un aguacero diluvial que hacía difícil la navegación. Acordaron entonces con el capitán Villaquiràn encender el motor a media máquina, para resistir el embate de las empalizadas y no alborotar a los zancudos y jejenes que los picarían en manadas.

El buque continuó la marcha, con su proa que al avanzar iba cortando las aguas corrientosas, y con la popa, chata y aplanada como los buques que fabricaban los Culimochos de esa región costera, lograba el equilibrio necesario para una perfecta navegabilidad. El capitán Villaquiràn no conocía muy bien la carta de navegación de aquella zona. Al adentrarse un poco más en la selva, sintieron que estaban en un mundo inhóspito. El oficial de proa indicaba la dirección correcta a seguir, mientras que Villaquiràn orientaba al timonel. Habían transcurrido unas horas, cuando vieron unas chozas de tejados de paja, alumbradas con breas encendidas, dispersas a lado y lado del rio que estaba calmo, y la embarcación se deslizó despacio a contracorriente. Pero, no esperaban que las sorpresas aparecieran tan pronto. De un momento a otro, salió de las aguas una enorme serpiente de dos cabezas que se engulló al proero. Muertos de susto, recalaron en unos bohíos que estaban habitados por los indígenas awas, quienes les contaron la mitología de este espantoso animal: “La anfisbena”. Este reptil se consideraba la más venenosa de todas las serpientes pues podía morder de forma simultánea en dos partes del cuerpo. Era tan agresiva que en muchas ocasiones una cabeza atacaba a la otra, por lo que simbolizaba también el principio y el final de las cosas.                                                                           Sin querer percatarse de nada, y huyéndole a ese espantoso animal, el timonel del buque continuó raudo su marcha en búsqueda de la ciudad perdida. Unas millas más arriba, los tripulantes miraron a cada lado del río y observaron numerosas chozas de tejados de paja sobre las faldas de tres colinas que aparecían superpuestas en terrazas encumbradas en la espesura vegetal. De manera inmediata, imaginaron que se encontraban en la ciudad perdida de Uxmal.

Hallazgo del tesoro

El desmonte duró varios meses, después de que contactaron a una empresa de geólogos e ingenieros para comenzar las excavaciones. Luego, aparecieron pirámides, centros ceremoniales, y figuras antropomorfas, todo ello perdido desde hace siglos en la densa selva del Pacifico. Cerca de cientos de personas podrían haber habitado esta antigua ciudad de la civilización Maya, según el análisis del equipo de investigadores de la Universidad Departamental que también acudió al llamado que le hicieron. Este equipo de ingenieros, arqueólogos, historiadores y antropólogos analizó muchas millas cuadradas de la zona ocupada por los Mayas, una civilización que floreció 300 años antes de que llegara el invasor castellano Francisco Pizarro, y cuyos descendientes, los awas, aún vivían en la región. Los hallazgos revelaron muchas estructuras, incluidos enormes campos agrícolas y canales de irrigación, e hicieron pensar a los investigadores que sirvieron para alimentar a una enorme ciudad precolombina que sobrevivió oculta bajo la jungla después que los Mayas decidieran subir a las tierras altas y frías de los indígenas Pastos.

El historiador que, hacia parte de la expedición, comentó que “el nombre de Uxmal parecía derivar de Oxmal que quiere decir “tres veces edificada” y hace referencia a su antigüedad y las veces que tuvo que reedificarse en Centroamérica y en la región del Pacifico sur. De esta forma concluyeron que era una coincidencia histórica que hacía suponer que era una “ciudad invisible” y que fue construida por las diferentes expediciones que el rey Caneck envió desde Yucatán en busca de alimentos para calmar la hambruna que su pueblo padecía.

Fueron numerosos los tesoros que encontraron de la civilización Maya. Además, el grupo de ingenieros encontró en la bocana del rio Rosario el tesoro que en el tiempo de la Colonia iba destinado a la clase alta castellana, pero que no llegó a su destino porque fue capturado por el pirata Edward David. Bajo las cristalinas y someras aguas que se extienden alrededor de la ensenada, a una profundidad de entre 2 y 5 metros, se vislumbró las primeras piezas del cargamento extraviado del galeón que naufragó en época posterior al florecimiento de la ciudad de Uxmal. El tesoro, formado por muchas piezas de oro y plata, terminó hundiéndose junto con el galeón que lo transportaba, probablemente debido al asedio de los navíos castellanos, a las tormentas tropicales, y/o a las fuertes corrientes que confluyen en el litoral Pacífico, en una zona de arrecifes convertida en un gran cementerio de embarcaciones.

Para guardar el tesoro encontrado y antes que llegaran los medios de comunicación del centro del país y del mundo entero, guardaron todo lo hallado en grandes cajas de madera que una naviera alemana les hizo llegar, y cuyo embalaje se llevaría de manera ilegal al puerto de Hamburgo, desde donde empezarían a negociarlo con traficantes de arte antiguo. Estaba acordado entre los cuatro amigos que solo denunciarían ante el gobierno nacional las ruinas de las construcciones Mayas encontradas.

A los doce meses cumplidos de haber salido de Buenaventura, todo quedó listo para hacer público el hallazgo, y poder embalar las cajas de madera en el buque “Rio Iscuandè” que los transbordaría hasta el buque alemán que los esperaba anclado en la bocana cerca de Tumaco. Aquella noche del 07 de diciembre de 1979, fueron sorprendidos porque de manera inesperada el rio Rosario se secó y el océano Pacifico se recogió kilómetros afuera. A los pocos minutos sintieron que la tierra se estremecía y escucharon el bramido del mar acompañado de olas monumentales que hundió el buque “Rio Iscuandè” y su cargamento de tesoros, y arrastró con todos los bohíos circundantes de Uxmal, que, para desgracia de todos, volvió a hundirse, desapareciendo para siempre de la faz de la de la tierra.

Al final, todos murieron, salvo el timonel y el profesor Alcibíades García, quienes eran nativos de la región y se salvaron aferrados a unos manglares durante tres días seguidos, hasta que los navegantes Culimochos los encontraron. Fue la quinta vez que Uxmal volvía a desaparecer y todavía nadie se le ha medido a encontrarla, porque, además, las serpientes de dos cabezas se multiplicaron en la región, y no dejan entrar a nadie.

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