Los años maravillosos de una generación

Por: Manolo Villota B

Si el futuro es amable con los que sobrevivan al presente, ciertamente, habrá cosas que contar. Los más jóvenes, curiosos, seguro preguntarán cómo eran aquellos días pasados. Acudiendo a los rezagos de una memoria imperfecta, los viejos de entonces les dirán que nacimos en un país que a su vez eran muchos y que estos se unían frágilmente no por una identidad nacional sino por los hilos del Estado y su burocracia.

Hablaremos de nuestra historia.  Los choques entre bandos, los asesinatos selectivos, las masacres, las bombas y la corrupción. El deterioro de un país lleno de gente tan violenta como resiliente.  Renegarán de nuestra tendencia, constante, más no absoluta, hacia la trampa y la adulación al jefe para avanzar en la vida. Explicarán que todos nos creíamos buenos, honrados, devotos y responsables; eso sí, cuando había ojos mirando, de las puertas de la casa para afuera.

 Los ancianos recordarán lo mediocres e ignorantes que fuimos. A veces por voluntad, otras, debido a las circunstancias. Que, ciegamente, perseguimos dogmas y partidos políticos al punto de no medir palabras ni  actos. Pasarán horas explicando que nuestros padres y abuelos la tuvieron más difícil, pero irónicamente, tendían a obtener una recompensa mayor si lograban salir adelante.

Luego llegarán a ese punto de la historia donde empezamos a ver un futuro tan abstracto como incierto. Dirán que el mundo giraba más rápido, era más cómodo,  pero no dejaba de ser bárbaro e injusto. Leerán en voz alta algunos periódicos roídos por el tiempo y revelarán lo pobres que éramos, lo devaluada que estaba la moneda, el desplome del petróleo, la baja tasa de alfabetización, la mala distribución de la riqueza. Los bosques talados, las especies extintas, los cielos contaminados, el mar y el río envenenados.

Reirán al recordar lo ingenuos que nos vimos cuando descubrimos que nadie nacía igual al otro, que las oportunidades no eran las mismas, ni que nuestros sueños se cumplirían como lo imaginábamos. Por el contrario, explicarán cómo  reducíamos esas aspiraciones a la medida de lo posible y a la sobrevivencia del día a día. Por supuesto, alzarán la voz con orgullo diciendo que en esos tiempos abogamos por más equidad, por aceptar la diversidad, por ser más amables con la fauna y la flora. Que, algunos, de verdad quisimos  salvar el planeta.

 Mientras aquellos jóvenes escuchan absortos, tratarán de entender, cómo un día estalló la rabia y miles salieron a reclamar  pero a la mañana siguiente apareció una enfermedad que puso al mundo de  rodillas. Les explicarán que entonces, era igual de fácil morir por una tos que por una bala.  Escupirán  anécdotas como ráfaga: los empleos perdidos, la llegada de la  ansiedad y el insomnio, los planes que se fueron al traste,  el dominio de la virtualidad.  El miedo. El llanto por los que murieron y tanto amamos.

Ellos, aún rebosantes de ánimos preguntarán qué nos empujaba. Los viejos dirán, las ganas de vivir. El amor. La emoción de creer que, cada noche al cerrar los ojos, saberse aún de pie en este país, en este mundo, se sentía una victoria y que así, de poco en poco, nos convencíamos de que tal vez, un día, todo sería diferente. Por eso también contarán que, en ocasiones, fuimos capaces de darnos la mano unos a los otros, no solo por solidaridad, también porque sabernos parte de la misma contracorriente, hacía que el dolor del vecino, de alguna forma fuese nuestro dolor. La felicidad que queríamos para nosotros, también la queríamos para los demás.

Ahí, explicarán  que a viva voz o en silencio, nuestro descontento  era contra aquellos, los de siempre, los insaciables, los peligrosos, los que siempre aspiraron, fallidamente, a ser parte de otros lugares más lindos, exóticos o desarrollados. Los que usaron el privilegio con el que nacieron para hacernos daño. Los que, irónicamente, recibieron la mejor educación pero no dudaron en robarnos cuando tuvieron el chance. Los que nos hablaban lindo y se tomaban fotos con nosotros hasta que, por elección popular, volvían a ocupar sus oficinas, a sentarse en sus tronos.

Además, esos ancianos harán una anotación extra: en aquel antiguo país, existían también los que usaban pistola. Pero dejarán la historia para otro día porque ya será tiempo de dormir.  Al final, ellos, nuestros nietos, o los nietos de alguien más, habrán escuchado cada detalle, cada frase con los ojos brillantes y con una sonrisa amplía dirán: “¡qué buenos tiempos vivieron!”.

 Luego, andrajosos, buscarán entre los escombros de las ruinas que antes eran ciudad, un agujero donde meterse. Usarán harapos para cubrirse del frío o se juntarán unos con otros, mientras lentamente descienden al sueño y escapan de una realidad donde beber agua a diario será un lujo de pocos y poder comer un golpe de suerte. Donde probablemente mueran antes de envejecer y donde la felicidad solo estará reservada para el instante en que las ensoñaciones los transportan al pasado, a aquellos tiempos tan alegres, donde las cosas buenas aún podían pasar.

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