Nuestros amados antihéroes

Por: Manolo Villota B

IG: @Librosparavivir

En este o en cualquier tiempo, siempre ha sido fácil perder la esperanza. Sentir la impotencia de sabernos vulnerables frente al mundo que hemos creado. El dolor, la guerra, la pobreza, el desamor, la exclusión siempre rondando. Es ahí cuando nos hemos aferrado a nuestros héroes para que tracen el camino.

Y es que, a pesar de lo que la hiper conexión y el mega marketing pueden dar a entender, los héroes no son una moda. Siempre han existido. Desde el Odiseo de Homero, pasando por el Robin Hood del folclor inglés, el Sherlock Holmes de Conan Doyle, hasta la actual conquista del super héroe estadounidense con Batman y Spiderman a la cabeza, estos seres, han caminado a nuestro lado durante milenios.

Por otro lado, tampoco son solo una ficción hiperbolizada. Están hechos de carne y hueso. Conviven con nosotros. ¿Dónde más se hacen necesarios sino en lugares como Colombia cuyas tragedias parecen eternas? Se vuelven nuestros símbolos. El orgullo de personas cuyas vidas, anónimas y en ocasiones difíciles, hallan en el triunfo de sus paisanos un bálsamo contra el estigma y el desasosiego. Freddy Rincón, quién falleció el 13 de abril de 2022, luego de tres días de agonía en una clínica de Cali, es fiel testimonio de que su historia, como la de otras figuras, nos invitan a no dejar de soñar.

Su relato, el de un niño de piel negra que empezó a patear el balón en Buenaventura, un puerto empobrecido, saqueado y violentado, tiene la fuerza del mito que es al tiempo la de su protagonista. El empuje para salir de su casa, los días largos de entrenamiento bajo sol y lluvia para estar al nivel, repasar la técnica una y otra vez hasta encontrar el punto ideal, son lo que no se vio, lo que quedó en la sombra del triunfo ganado a pulso.

Empezó en un equipo local de la categoría B que hoy ya no existe para luego llegar a la primera división en el Independiente Santa Fe y el América de Cali. Se anotó en  la historia como el primero de este país en jugar para el Real Madrid, al que dejó pronto y donde tuvo que soportar el embate del racismo.

Sobre eso diría en esta entrevista que no le afectó, pues ya bastante de aquello había recibido en su patria, “A mí me discriminaron aquí. Cuando fui al Real Madrid yo ya iba entrenado en eso”. El equipo español le dedicó un video homenaje en razón de su muerte. Contraste total fue su paso por el Corinthians de Brasil escuadra  con la que ganó en el 2000 el mundial de clubes. Hoy, ese país llora a su propia leyenda.

Medía 1.88 de estatura, coloso le dijeron. Fue el menor de ocho hermanos. Pudo construir una casa para su madre, pudo dejar amigos por todo el mundo y llegó a ser padre. Sin embargo, si hubiera que elegir un momento definitivo para inmortalizarlo probablemente sería el que aconteció el 19 de junio de 1990 en Milán, Italia.

Era el tiempo perfecto. Un mundial de fútbol luego de 28 años de ausencia. Una generación de genios irreverentes e indisciplinados. Un rival imbatible: el futuro campeón. La titánica Alemania. Un recuerdo para la memoria colectiva. Como si se tratase del final de una película, justo en el último minuto del partido, Rincón recibe un pase y anota el gol del empate colando el balón entre las piernas del arquero.

Ese instante lo fue todo. Una pelota atravesando la raya de gol se convirtió, para quienes lo atestiguaron, en uno de los recuerdos más importantes de su vida. Podría sonar exagerado, pero teniendo en cuenta las pasiones que suscita el fútbol, no dista de la realidad. Era el triunfo de los marginados, la derrota de Goliat, el “sí se puede”, como algo  más real que un trillado grito de consuelo. Es irónico que el deporte en el que menos destacamos como nación, el que ha dejado más derrotas que victorias, sea el más popular, el que genere las emociones más intensas.

Aquel suceso, fue el triunfo del héroe. La hazaña de la que se habló sin descanso los días siguientes y que siguió resonando, primero  de boca en boca y luego a través del Internet durante los años que vendrían. Los niños jugarían a ser Rincón, el Pibe, Leonel. Miles de paredes serían tapizadas con afiches. Incontables personas a lo largo del territorio empezarían a creer que tal vez, con algo de esfuerzo, con algo de suerte, el destino les podría ser distinto. Que, quizás jugando al fútbol, la vida podría cambiar, se podría dejar atrás la pobreza, se podría ser alguien.

No estuvo exento de polémicas. Desde 2007 y durante los años siguientes debió enfrentar cargos en un proceso por lavado de activos que también involucraba al narcotraficante Pablo Rayo Montaño. Casi 10 años después fue absuelto. También escapó a la muerte de un accidente de tránsito en 2013 que le costó algunos huesos rotos y meses de recuperación.

“Mis héroes están hechos de mi misma sangre, atravesamos las mismas pruebas” escribió en uno de sus libros el neurólogo y psiquiatra francés Boris Cyrulnik. Y es que, el héroe colombiano, nuestros amados ídolos, no son tal cosa. Tal vez, hasta cierto punto, compartan el camino del héroe, pero si quisiéramos ser más precisos, quienes suben al pedestal de nuestra gloria son los antihéroes. Es decir, aquellos como nosotros. Imperfectos, resultados de esta vorágine en la que nacimos donde nada es como lo quisimos, pero hacemos lo que podemos.

El antihéroe, lucha todos los días contra sí mismo, al igual que el ciudadano más común. Tiene los mismos temores y es igual de falible que cualquiera. Llora, ríe, se equivoca, cae y se levanta. Ignora. Antihéroes como el muchacho de Palenque que llegó a campeonar en el boxeo mundial, o el niño cantor que antes de mover multitudes trabajaba como espantapájaros en la costa, o el goleador de ensueño que se dañó una rodilla pateando un bus, son los que nos inspiran y a quienes no pocas veces nos damos el lujo de juzgar, porque, como cosa rara, sentimos que podemos, porque señalar a los demás siempre será más fácil que entenderlos.

Freddy Rincón también era un antihéroe al final de cuentas. Uno que perteneció una generación de oro en un deporte en el que siempre hemos sido mediocres. Precisamente, fue esa chispa tan excepcional como inesperada lo que hizo tan valiosa su época. Luego de su trágico accidente y del morbo que se suscito en medios y redes durante los días de incertidumbre sobre su estado de salud, falleció. La escena de su féretro montado sobre un carro de bomberos recorriendo la ciudad que lo vio nacer en medio del ruido de las motos que lo escoltaban y los vítores de adiós de la gente en los andenes, hacen pensar  que, al fin de cuentas,  el corazón de los demás es el lugar más privilegiado donde podemos descansar.

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