Personajes típicos tumaqueños

Los personajes típicos hacen parte de aquellas facetas culturales que identifican a un conglomerado humano. Integran el patrimonio cultural de cada pueblo. Lo que cuenta la historia de Tumaco del antaño, es que hasta el año 1970 era un puerto diferente, no había tanta gente, y entre todos se conocían de una forma tan íntima, tan personal, que todo el mundo sabía cómo era que alguien actuaba dentro y fuera de su casa, y cada quien tenía su propio apodo afectivo. Además de conocer qué hacía el otro paisano, cuánto ganaba, qué comía, y demás aspectos de la vida íntima que eran de dominio público.

He tratado de evocar algunos personajes típicos ayudado por mi memoria, por los recuerdos de mis amigos mayores, y por algunos libros que dejaron registrados el accionar de estos personajes ya fallecidos, que a continuación describo:

Arturo Beltrán “Matasiete”

Entró a trabajar al cementerio municipal de Tumaco ostentando el grado militar de sargento, y con el cargo por nómina de vicerotomista, en reemplazo de Juanito, el viejo sepulturero, de quien aprendió a abrir cadáveres. Como no tenía la experticia para hacer laparotomía a los cadáveres, todos los difuntos pasaban por el descuartizamiento, acción que no servía de prueba forense para buscar la causal de un posible homicidio, y, por ende, se archivaban lo procesos judiciales. Su apodo de “Matasiete” se lo ganó por haber tomado en una ocasión “charuco”, licor clandestino que esa noche mató a siete de sus amigos con quienes departía, y de la cual salió bien librado. Sin embargo, Arturo Beltrán decía que su apodo se debía a que cuando prestó el servicio militar había matado a siete en una sola refriega. También se volvió un aprendiz de odontólogo, porque con un alicate extraía a los cadáveres los colmillos y dientes de oro, que vendía en las joyerías locales. Su historia se volvió leyenda,

Narra el medico Gabriel Humberto Manzi Benítez en su relato “El cementerio de mi pueblo” que, estando él trabajando en Tumaco le contaron que: “En una ocasión, un colega del hospital local iba a practicar una autopsia y llegó acompañado del juez, quien en un principio no entró al cementerio, sino que esperó desde lejos que “Matasiete” terminara la misma. El médico, que también, como “Matasiete” se había calibrado sus buenos tragos, le dio la borrachera por acercarse y mirar la profundidad del hueco donde se metería más adelante el cadáver despedazado, con tan mala suerte que su enorme cuerpo se resbaló y se fue con todo al fondo, y ante el miedo de la oscuridad que llegaba, despavorido grito: “sáquenme de aquí, que yo no soy el muerto”. Como pudo, el medico salió de la fosa y agarrado de las manos con el juez corrieron del cementerio para no volver jamás a hacer una autopsia.

“Matasiete” tiene una infinidad de historias como sepulturero. Cuentan que una ocasión le tocó desenterrar un cadáver que hacia once meses estaba bajo el lodo del cementerio. La madre del muerto estaba presente en esta diligencia forense de obligada realización. “Matasiete” en esa ocasión estaba sin su ayudante Jonás, además, borracho como de costumbre, y trató de sacar el cadáver del fondo del hueco, con tan mala fortuna que, al jalarlo de la cabeza, se quedó con ella entre las manos, y el resto del cuerpo siguió en el hueco. Cuando se oyó el grito despavorido de la madre; ¡Ay…le arrancó la cabeza ¡¿Y ahora, como va a seguir viviendo con su cabeza suelta? El silencio fue total. Del resto de esta diligencia nadie recuerda más”.

Arturo Beltrán antes de morir dejo su propio epitafio: << Le manifiesto a los que me van mañana a reemplazar que, si no encuentran una bóveda para esconderme o un hueco sin tantos huesos, que me entierren escondido en el terreno de la comadre Clelia que todavía tiene espacio, y que me pongan una cruz bien disimulada que diga “Matasiete” >>.

Hoy, Arturo Beltrán y su ayudante Jonás no están vivos, y vienen siendo reemplazados periódicamente de acuerdo a la cuota burocrática de los que detentan el poder municipal, por otros sepultureros que les han seguido algunas de sus rutinas, más las que se han tenido que inventar para defenderse de los vivos como de los muertos”.

Diomedes Torres “El doctor sin letra”

Era un hombre alto, vestía generalmente de blanco, hablaba con voz fuerte, y se acompañaba de un maletín en donde guardaba los documentos de expedientes judiciales. Andaba siempre al lado del abogado Teófilo Rosero “El sordo”, quien era el verdadero jurista titulado. Con este abogado se emborrachaba después de recibir sus honorarios de los litigios, acción etílica que llegaba a durar hasta tres días consecutivos.

Fue la época en que en Tumaco y sus alrededores se permitía litigar sin el título respectivo. En su calidad de abogado, el doctor Torres hablaba durísimo como si creyera que todos en la audiencia judicial fueran sordos. Estaba contagiado por la sordera del abogado Rosero, quien era quien le preparaba las defensas jurídicas de sus clientes. Cobraba “el doctor sin letra” sus honorarios según el caso y el “marrano”: Asunto civil pedía dos racimos de plátanos adicionales al dinero; para asunto penal exigía canastos de cangrejos más el dinero respectivo, y si el asunto era laboral no se tocaba porque el que acudía era el “sordo” Teófilo Rosero.

Durante su intervención jurídica tuvo tres defensas muy recordadas todavía en los estrados judiciales de Tumaco, puesto que sacó libres a sus clientes: La violación de una señorita cuyo padre agiotista pidió al victimario que le resarcieran el daño con dinero más interés compuesto; el de un desechable que se puso furioso porque el defensor Torres le llevó la boleta de salida de la cárcel antes del almuerzo, y la de un ecuatoriano que además de ladrón era adivino, y se había robado un miércoles santo la cabeza de un puerco, a la que en el momento de la captura ya le faltaba la trompa y las orejas, y había cometido el infortunio de leer las cartas al alcalde municipal a quien le vaticinó que iría a la cárcel por ladrón., y como era obvio, el burgomaestre local lo mandó a encarcelar.

Vivía cerca del cementerio local sin preocuparse de las andanzas de “Matasiete”, y siempre presumía que iba a morir primero que el sepulturero, premonición que se hizo efectiva. Decía en sus borracheras que “Matasiete” iba a tacar burro con él, porque cuando fuera a buscar oro en sus calzas y colmillos, no encontraría nada, porque todo se lo había bebido y comido, y además que era desmuelado.

Rafael Ortiz Rosero “Caneca”

Padeció en Tumaco la época de la violencia partidista. Tenía una elocuencia inigualable. Era militante del partido liberal y con su discurso cautivaba votos y mayorías. Gustaba del aguardiente y, en sus reuniones etílicas siempre estaba acompañado del guitarrista “Maizuco” a quien lo recompensaba con dinero y trago.

Gracias al jefe político liberal, se desempeñó como Inspector de Policía municipal. En cierta ocasión llegó a su despacho un líder campesino, quien le dijo de manera altanera: “El jefe máximo le ordena señor inspector que efectúe esta orden”. Fue entonces, cuando “Caneca” se ofuscó por la forma de hablarle el campesino, y sin medir consecuencias futuras le respondió: “Qué Beto de mierda, dígale que no joda, que aquí el jefe soy yo”.

Aturdido, el campesino se dirigió a la casa liberal del senador, quien al oír los comentarios de “Caneca”, le dijo al campesino que lo acompañara a la inspección de policía. Al recibir el regaño del jefe liberal por su comentario insolente, el pobre “Caneca” tuvo una respuesta genial: “Vos sí que sos bien pendejo, campesino tenías que ser, habla claro otro día. Yo creí que esa orden la mandaba Beto Del Castillo, el de la Notaria Primera, por la forma que me lo dijiste”.

Se distinguió por pronunciar el discurso en los entierros de un liberal. Con una buena dosis de aguardiente, se le enrojecía su cara de murciélago que le sudaba copiosamente por lo largo del discurso, y por el inclemente sol tumaqueño. Sólo, se descontrolaba cuando el sepulturero “Matasiete” se le bebía el licor. Emocionaba con su oratoria a los copartidarios y ponía recelosos a los conservadores. En alguna ocasión, ante el féretro de un liberal, y bien pasado de copas, “Caneca” pronunció con contundencia y sin miedo: “Hoy te pido amigo mío y copartidario de lucha, que cuando te hayas presentado ante la faz del Señor, le digas que perteneciste al glorioso partido liberal para que tus penas sean conmutadas”.

De manera paradójica, Rafael Ortiz Rosero murió en la ciudad de Pasto, sin que nadie pronunciara una sola palabra el día de su entierro.

Referencias:

-Escrucería Delgado, Gustavo. Libro “Divertimento” 2.010.

-Manzi Benítez, Gabriel Humberto. Relato “El cementerio de mi pueblo”2.006.

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