Santa Catalina y Old Providencia. II Parte

Por Walter Benavides Antia
Napoleón con el secuestro de Carlos III y de Fernando VII y el nombramiento de su hermano mayor como José I, Rey de España en 1808, modificó el panorama político de España, América y Europa. Hacia 1809, aparecen vientos emancipadores, no solo en España, sino en América frente a los invasores franceses. Las ideas de los derechos humanos y la independencia de los Estados Unidos (1776) convulsionaron la tranquilidad colonial. Surgen levantamientos armados en el sur España al gobierno afrancesado, y los gobiernos criollos de América se rebelan a partir de 1809, nombrando juntas patrióticas a nombre del depuesto Fernando VII. Pero a la par de tropas republicanas que luchan por tierra contra José I, hay otras tropas que luchan por el mar. Entre los corsarios que encontraremos al servicio de la causa, están, en 1813, Pierre Labant, los hermanos Lafitte (Jean y Pierre), Luis Aury y Pedro Charriol, Pierre Yolet, Pierre Marie, Garriscan, Philips, Soket, Levi; en 1814, Luis Brion, Francisco Tomás, Mitchell, Jacques Cyran, Jean Gara; en 1815, Nicholas Rose, John Detruie, Bellegarde, y otros tantos corsarios, que pusieron sus flotas de goletas y sus tripulaciones al servicio de gobiernos independientes como lo fue, desde el 11 de noviembre de 1811, el Estado Libre de Cartagena de Indias, fracturando a partir de ese momento, el comercio español, asaltando y robando sus buques, con seguridad, al principio, con el propósito del pillaje y enriquecimiento, que se cambia con el tiempo, por el móvil del patriotismo en algunos de ellos, como en Aury, Brion, Perú de Lacroix y Codazzi.
Curiosamente, no eran los barcos mercantes españoles sus objetivos más apetecidos. Eran los territorios (puertos), pues en los asaltos costeros de Portobello (1819, Panamá), Riohacha (1819, Nueva Granada), Omoa y Trujillo (1820, Guatemala), Isla Mujeres (1821, México), se encontraba el producto más apetecido de la época: jóvenes hombres y mujeres, que capturados eran vendidos como esclavos, al mejor postor en los puertos de Barataria (Lousiana), Matagorda (Texas), Baltimore, la Habana o Haití (Los Cayos).
El intenso tráfico en el Mar Caribe, lo convirtió en una zona ideal para sus operaciones corsarias a partir de bases que ubicaron en sus costas e islas. Las condiciones naturales de Barataria, Galveston (EE UU.), Puerto Príncipe, Los Cayos y la Isla Tortuga (Haití), Amelia (la Florida), Santa Catalina y Old Providencia, islas despobladas con numerosas entradas de poca profundidad, y la existencia de barreras coralinas, espesos manglares y pequeñas islas, facilitaron el acondicionamiento de refugios y campamentos para piratas, corsarios y contrabandistas, haciendo imposible su persecución y captura. Fue así, como desde 1804 en los puertos de Haití, se instalaron los llamados “tribunales de presas”, (que proliferarán durante toda esa década), instancias para la legalización y comercialización de los botines, con patentes de corso de países reales o ficticios, que sus conciencias y la necesidad legalizaban como tal. Por otra parte, las bases corsarias se encontraban en estrecho contacto con puertos de los Estados Unidos, abasteciendo contrabandistas, que encontraban un mercado abierto para las mercancías capturadas, además de ofrecer reparaciones a sus barcos y tripulantes, sobre todo en Nueva Orleáns y Baltimore.
El mayor número de corsarios que llegan a América son franceses. Algunos de ellos se habían iniciado en esa jugosa actividad, después de la pérdida de Haití (1802 a 1804); otros tras la coronación de Napoleón como Emperador (1804), pues iba en contra del espíritu de la Revolución Francesa; otros después de la derrota de Napoleón en Trafalgar (1805), y los más, después de la expulsión de su hermano José I de España (1808). Los años la guerra inglesa americana (1812-1815) propició también que ciudadanos norteamericanos (armadores, capitanes, y marineros desempleados) se involucraran en actividades corsarias, sumado a la formación de gobiernos independientes (Estado Libre de Cartagena de Indias y el Gobierno de Buenos Aires), dando estatus formal al corsario, a través de las patentes otorgadas.
CONTINUARA. Luis Aury.
antia53@gmail.com. Fuente: libro “Guerrilleros del mar, en la independencia de Colombia”. 2022. En edición.

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