Ser joven en Colombia es un delito

No tengo en mi memoria un suceso tan grandioso, creativo y contundente. A pesar de la crisis moral y sanitaria ocasionada por la pandemia, de la prohibición del Tribunal de Cundinamarca de salir a marchar, fueron los jóvenes sus protagonistas. A partir del 28 de abril Colombia no es la misma, el pueblo se volcó a las calles con expresiones artísticas, con murales de grafitis, teatreros con la cara pintada, poetas con su inspiración, decenas de músicos que se suman a entonar el himno de la resistencia: El pueblo unido jamás será vencido.

Este suceso colectivo supera creces hechos históricos significativos, como el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo colombiano se levantó indignado por el crimen de Jorge Eliécer Gaitán por parte de la oligarquía colombiana. La diferencia está en que en Colombia no se conocía un paro tan largo, multitudinario, pacífico y creativo, donde el pueblo se unió como nunca se ha conocido. El del 9 de abril, fue una jornada de vandalismo sin que se lograra direccionar la política del país.

Al parecer, los jóvenes han asimilado la lección, lo que no hicieron las generaciones que les antecedieron. Ellos ya no se dejan seducir por cantos de sirena, solo reclaman justicia, oportunidades para ingresar a una universidad pública, tener un empleo digno, una renta básica para los desempleados a raíz de la pandemia, que no se grave con el IVA a la canasta básica, un sistema de salud adecuado. Pero la respuesta del Estado es violenta.

Los jóvenes, en su esencia, son rebeldes y lo manifiestan de múltiples maneras. Reclaman del gobierno lo que legítimamente les pertenece. No quieren nada regalado. Están dispuestos a todo, aún a entregar su propia vida para evitar que las próximas generaciones sean una colectividad de siervos y esclavos.

La respuesta del gobierno de Iván Duque Márquez no ha sido otra que dar la orden de acribillar, así lo publicó en un trino su mentor. Mientras que el dictador se solaza de manera parsimoniosa, diciendo en los medios de comunicación que aquí no pasa nada, negándose a escuchar el clamor de las multitudes. Propio de un reyezuelo.

Ya son más de 50 jóvenes asesinados por las fuerzas estatales, más de 1.000 heridos, más de 500 desaparecidos, múltiples denuncias de mujeres violadas sexualmente, decenas de jóvenes que han perdido sus ojos por los ataques más bestiales. ¿Por qué tantos jóvenes muertos? ¿Por qué tantos heridos? ¿Por qué tantos desaparecidos? El único delito que cometieron es ser jóvenes y reclamar lo que legítimamente les pertenece por haber nacido en este suelo.

A Duque se le acabaron los argumentos, se le acabó su palabrería barata, se le agotaron los mecanismos democráticos y constitucionales, ahora no le queda otra cosa que ser el Videla de Argentina, el Pinochet de Chile, el Fujimori de Perú, el Franco de España, el Mussolini de Italia o el Hitler de la Alemania Nazi.

Mientras que los jóvenes gritan en las calles que marchan de manera pacífica, que no quieren ser objeto de la represión policial, pero tampoco están dispuestos a atacar a la Policía, ni los bienes públicos ni privados, por ello forman cordones humanos para evitar el vandalismo y los ataques a la Policía. No obstante, las marchas son atacadas de la manera más despiadada; aparecen sujetos infiltrados con el propósito de deslegitimar el sentido de la protesta.

La respuesta de los jóvenes ante tal arremetida gubernamental es más música en las calles, más grafitis, más teatro, más poesía. Tambores, vientos, wiphalas, banderas tricolores con el rojo arriba, cacerolas y cucharas de palo. El pueblo colombiano no aguanta más. Nos dijeron que, si no votábamos por el candidato de la oligarquía, nuestro país se volvería como Venezuela, pero ellos lo convirtieron en desastre.

Ya es hora de buscar otra opción. Colombia no conoce una política diferente a la que siempre nos han impuesto desde hace más de 200 años; se pusieron de acuerdo para repartirse el poder sin consultarle al pueblo. Ellos son los mismos, de las mismas familias: lo que hacen es cambiar de rostro.

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