Verdes Sueños, de Cecilia Caicedo Jurado. Autores Nariñenses

En Pasto la historia de la “Navidad Nefanda” corre como el viento que desciende gélido desde el Galeras, o Volcán de Pasto como otrora se llamara, alimentando odios y rencores, muchas veces fundados en meros chismes de corrillos o perdida la originalidad con el paso del tiempo en las voces que muchas veces ha recogido parcialmente esa misma historia.

Por eso no nos asombra que la novela Verde Sueños recoja esa tradición manejada de forma novelada. He leído la primera edición de 2011 con prólogo de Enrique Santos Molano que, contrario a lo que él dice respecto a que es la novela de una ciudad, considero, después de leerla y releerla pausadamente, es más bien la historia de una añoranza, manifiesta en la metáfora de las hostias que terminan por ser consumidas por los gusanos, una clara alegoría a un sentimiento que aún pervive en algunos pastusos; la añoranza no hecha una saudade, sino como un anhelo enmarcado en blasones y cruces, no sin razón la protagonista es la hija de un hijodalgo, quien debe ingresar al convento de las Concepcionistas no por voluntad propia, sino cumpliendo una tradición ancestral para que las familias tuvieran quien pidiera por sus pecados, obligando a sus hijas a tomar la vida monacal.

La novela, escrita de manera amena, va desentrañando los hechos que se sucedieron aquel 24 de diciembre de 1822, muestra un poco el sentir hijodalgo, en presencia de Hercilia, la priora de las Concepcionistas, y de Agualongo, quien no logra en ningún momento representar el sentir popular, si esa era la pretensión, personaje que va cobrando cierta importancia, pero sin llegar a descollar realmente dentro del imaginario novelístico aquí recreado.

La autora logra crear ciertas tensiones, manifiestas tanto en el aspecto histórico frente a una ciudad colonial que se debate entre las invasiones de quienes buscaban atraerlos inicialmente a la causa de desconocimiento de la Junta de Regencia española, quiteños y caleños, en donde las mujeres tienen un papel preponderante, especialmente de Hercilia, donde el aspecto personal aparece cuando se debate permanentemente entre sus ideales, casi que patriota o de admiración enamoradiza frente a Bolívar, soterradamente manifiesto en el texto, o el cumplimiento a su religión, a su rey y a su familia.

Verdes Sueños es una novela histórica, sin duda alguna, en razón no solamente a que el recurso principal es un hecho real, como fue la retoma de la ciudad de Pasto por parte del ejército patriota dirigido por el mariscal Sucre, sino también porque aparecen ahí personajes reales, como Agualongo, que pese a la ficción se asientan en un teatro de acontecimientos que realmente sucedieron. Es por ello por lo que no desconocemos el poder de la ficción dentro de la misma, ya que opera como algo mágico para que el relato oficial o el parte militar dejen de ser lo que son para recrear hechos y circunstancias artísticamente, no sobra recordar que desde las tradiciones griega, hebrea y china, por nombrar las más antiguas, los cantos y poemas recogían artísticamente la tradición histórica oral, no otra cosa es La Ilíada o la misma Biblia.

Es célebre la historia de Gabo cuando escribía El general en su laberinto, que narra el último viaje de Bolívar a Santa Marta, y en donde en un paraje tropical lo ponía a comer mango, hasta que le asaltó la duda de si el mango era común para entonces; llamó a algunos de los especialistas que lo asesoraban y encontraron que, efectivamente, el mango fue introducido al país muchos años después, en 1860, según testimonio del presidente Belisario Betancur (Virviescas, 2007). “En el texto de toda novela histórica hay indicios de historicidad”, dice Grützmacher (2006, p. 145), esto nos sirve como argumento para anotar en esta reseña las imprecisiones históricas que hemos encontrado en la novela Verdes Sueños, no lo hacemos con el ánimo de un falso intelectualismo, ni mucho menos para desmeritar el trabajo de Cecilia Caicedo, más bien el interés es ubicar al lector ajeno al territorio o a la historia vernácula respecto a uno de los episodios que sigue siendo frágil como un cristal de murano ante una manada de elefantes.

Partenón por Panteón (p. 21), como le decían nuestros viejos al cementerio, un arcaísmo que aún pervive en muchos rincones americanos, especialmente en Nariño, siendo lo más probable que el cementerio colonial de Pasto se conociera como Panteón y no como Partenón. La RAE define panteón como: “1. m. Monumento funerario destinado a enterramiento de varias personas. 2. m. Conjunto de las divinidades de una religión o de un pueblo. El panteón griego. 3. m. And. y Am. cementerio (‖ terreno destinado a enterrar cadáveres)” (2020). Por su parte, la palabra Partenón (Παρθενών) significa: “Habitación de las doncellas; templo de las vírgenes, Partenón (Vox, 1967, p. 460).

El levantamiento contra los hermanos Rodríguez Clavijo se dio inicialmente en el templo de Guaitarilla, el 18 de mayo de 1800, no en la Iglesia Matriz de Túquerres, como erróneamente se dice ahí, al día siguiente la insurrección llega a la cabecera municipal, ya que entonces Guaitarilla formaba parte del cantón de Túquerres. El 20 de mayo son asesinados dos de los hermanos, Francisco y Atanasio, en el templo de Túquerres, menos Martín Rafael, quien logró huir disfrazado de mujer.

En la página 30 dice, respecto a las mujeres que lideraron el levantamiento: “A ella, algunos la llamaban Rosa, otros dicen que su nombre era Dominga o Francisca Aucú, los mas señalan que respondía al de Manuela Cumbal”, no queda claro si es una alusión simbólica a la feminidad que tuvo el coraje de iniciar una revolución comunera en el Sur, ya que los verdaderos nombres de las implicadas están recogidas en los respectivos expedientes, y son: Dominga Flórez, Francisca Aucú, Josefa Bolaños, Juana Rivadeneira, Liberata Murangal, Manuela Cumbal, Paula Flórez, Stella Rosales.

En la página 32 dice que los rebeldes fueron ajusticiados en Túquerres, cuando fue en Pasto el 22 de noviembre, dice así en el expediente: “Los dos principales homicidas Ramón Cucas Remo y Julián Carlosama, reos de lesa majestad humana y divina, que ejecutaron la muerte con la más impía profanación… deben ser arrastrados por las calles a cola de caballos y suspensos en la horca hasta que mueran; y descuartizados sus cuerpos se pondrán sus cabezas en la plaza de Túquerres y las manos en la de Guaitarilla… Estando convicto y confeso Lorenzo Piscal, de haber comenzado la invasión de la real fábrica e inflamado al tumulto dispuesto con el continuo toque de tambor y sus insultantes reclamaciones de guerra: ha incurrido en el crimen de autor de bullicio, digno por tanto de muerte; y debe ser condenado a la horca. Marcelo Ramírez… será condenado a doscientos azotes y presidio por ocho años”. (Archivo General de La Nación).

Cabe destacar que la Revolución de los comuneros del Sur fue un levantamiento contra el maltrato que daban las autoridades a los pobladores, incrementando cada vez más los impuestos, pero jamás fue un intento de independencia de España, de tal manera que lo que se dice en la página 33 “… el primer grito de independencia de los verdes sures colombianos se promulgó en Túquerres, en una iglesia, junto al nicho de las hostias consagradas”, no se ajusta a las realidad, de tal manera que el recurso literario pierde su hondura por el peso de lo acontecido. En la página 99 menciona que este levantamiento fue el primero en el virreinato rechazando los impuestos, cabe recordar que en 1781 se presentó la Revolución de los Comuneros en Socorro, Santander, sin mencionar los que se presentaron en diferentes partes del territorio durante la segunda mitad del siglo XVIII.

En la página 53 se habla de una imprenta, cuando la primera imprenta que llegó a Nariño fue a Barbacoas en 1825, y la imprenta llamada de “Palo” de don Pastor Enríquez no se fabricó sino hasta 1837, “Le cabe a Barbacoas el honor de haber sido la primera entre las ciudades de Nariño en tener un establecimiento de imprenta y la primera también en la iniciación del periodismo” (Ortiz, 1935, p. 211). La imprenta de tipos griegos, la cual también se menciona en la novela, fue propiedad del humanista pastuso Leopoldo López Álvarez, la cual llegó a Pasto en 1937.

No existía obispos del Cauca grande (p. 57), sino de Popayán, cuya diócesis fue creado en 1546 por el papa Pablo III (Arquidiócesis de Popayán, 2021).

La presencia de Manuela Sáenz en la novela es un tanto apresurada, quizá se hace para mostrar a un Bolívar más humano, sin los pedestales que lo adornan, pero parece inverosímil que los pastusos, en plena guerra, se preocuparan más por los amores de Bolívar que por su propia situación. La abadesa dice que algunos patriotas, hablamos de 1822 año en que se conocieron en Quito, la llamaban La Libertadora, cuando fue el propio Bolívar quien empezó a llamarla así después de los hechos de la llamada Noche Septembrina, el 25 de septiembre de 1828 (Rumazo, 1970).

La figura de Agualongo parece mitificada, en contra de las propias descripciones que de él se hace en sus hojas de servicios, en la p. 76 anota: “Agualongo no tenía la piel aceituna, su color era trigueño de canela suave, sus facciones se mezclaban adecuadamente con la genética de España cruzada en las Américas. Pero no era un indio puro como algunos lo describen, más tenía de blanco en la sangre y en los gestos. Altivo y orgulloso de su estirpe, se sabía americano y heredero de los Pasto”, y en la página 79 dice: “Agualongo, alto y corpulento, fue enrolado a los ejércitos de la Corona, allí probó su valentía y su inteligencia”, y en la página 82: “Y Agualongo, que era letrado y era artista, tenía discernimientos serios sobre la guerra argumentando desde la cultura bebida desde niño…”. En la hoja de filiación como miliciano voluntario, se lee: “su estatura cinco pies -1,52 m-; sus señales estas: pelo y cejas negras; ojos pardos; nariz regular; poca barba; algunas cicatrices debajo de los ojos, semejante al carate; cari abultado; color preto bastante abultado el labio superior…” (Ortiz, p. 107).

En la novela aparece como un personaje blando, casi que añorando sus años como criado en casa de la protagonista, de quien pareciera estar enamorado; la escena cuando se esconden debajo del altar mayor de las Concepcionistas parece cursi, resume en gran parte la manera como es tratado este personaje tan contradictorio dentro de la historiografía nacional. La escena del baile donde Agualongo saca a bailar a la protagonista, parece traída de una novela romántica inglesa, donde esas licencias no pueden darse, pero no trasciende en nada más respecto al tema central de la novela. Jairo Gutiérrez Ramos, doctor en historia, al respecto anota en Credencial Historia (2007): “Agustín Agualongo nació en el pueblo de indios de Anganoy, cerca de Pasto, en 1780. Según sus escasos e imaginativos biógrafos, en su infancia y juventud desempeñó diversos oficios propios de su clase y raza, tales como aguatero o pintor de brocha gorda, aunque no falta quien haya intentado “blanquearlo” y mejorar su estatus social: de este modo se ha pretendido metamorfosear al “indio bruto” que describen los generales patriotas, en un gallardo mestizo, dedicado a la pintura artística.” (p. 8), la novelista, según lo antes anotado, no hace sino sumarse a ese blanqueamiento de quien es, sin duda alguna, un personaje importante dentro del contexto del realismo pastuso durante la independencia.  Además, no se ha encontrado nunca el documento por el cual se demuestre que Agustín Agualongo fue ascendido a General de los Ejércitos del Rey, obedece esto quizá a la invención cariñosa de sus biógrafos, ya que mucho de lo dicho de él parece recreado por sus amorosos seguidores.

Siendo tan realistas como dicen que eran los pastusos, parece inverosímil que para elevar sus ánimos se dieran vivas a América (p. 109), más bien si a España y a Fernando VII, hasta vivas a los curas y obispos afectos al rey, pero América era una idea en constructo todavía.

Tomás Cipriano de Mosquera en 1822 no era General (p. 98), había sido nombrado Teniente Coronel por Bolívar a las volandas, para granjearse a su familia: “En 1820 fue capitán de la primera compañía del batallón de reserva, comandante en Popayán y de su guardia cívica. Se incorporó a la dirección del general Pedro León Torres en febrero de 1827. En 1822 lo ascendieron a teniente coronel, a coronel en 1824, a general en 1829 y el Congreso creó para él en 1864 el título de Gran General” (Banco de la República, 2021); Agualongo y él tuvieron un único encuentro en Barbacoas, el 31 de mayo de 1824, en donde derrotaron a la cuadrilla realista al día siguiente.

José María Obando para entonces era también Teniente Coronel, y se incorporó a las filas del Ejército Patriota el 7 de febrero de 1822, “le entregué – a Bolívar – mis despachos que tenía de los españoles, mandó que se me refrendara el de teniente coronel, me colmó de afectos y de obsequios, y me hizo algunas preguntas sobre el estado del ejército español y su sistema de defensa”(Obando, 1972, p. 45), así que para la fecha de los acontecimientos no podía estar reforzando los ejércitos realistas del sur, como se afirma en la página 114.

El virreinato de Quito jamás existió (p. 115), Pasto pertenecía entonces al Virreinato de Nueva Granada, el cual abarcaba los territorios de los actuales Ecuador, Colombia, Panamá, Venezuela y Guayana; y administrativamente quedó conformada por las Audiencias de Santafé, Panamá y de Quito, y la Capitanía General de Venezuela. Se confunde, quizá por que en lo civil Pasto respondía a Popayán y en lo eclesial a Quito. Antes de su creación, 1717-1723, y de su extinción temporal (1724-1738), todo el inmenso territorio formaba parte del Virreinato del Perú, los cuales, junto con los virreinatos de Rio de La Plata y de Nueva España, fueron los 4 que existieron en el continente americano (Ots, 1948).

Las milicianas Gabriela Aux, María Chacón y Casimira Flórez no eran quiteñas, sino mujeres ipialeñas que fueron asesinadas por los pastusos en la batalla de la Tarabita de Funes en 1809, ya que estas formaban parte del ejército que acompañaba a los quiteños, y en donde muchos ipialeños y tuquerreños participaron (Muñoz, 2011; Piedrahita, 2010; Guerrero, 1994).

En la Página 153 la autora, hablando del fusilamiento de las mártires pastusas ajusticiadas sin juicio ni proceso en 1812, anota: “Alguien le contó que asistieron con dignidad, altivo el rostro, retadora la mirada, sin implorar perdón alguno, caminando con donaire para llegar al paredón que impúdicamente abrazó los cuerpos de estas mujeres, que al igual que la Aucú en Túquerres, doce años antes, había muerto sin permitir que sus ojos sean vendados y gritando vivas a la libertad de América y muerte a la España visigoda” (p. 153). Llama la atención que la autora novele la causa y el martirio de las tres pastusas, Dominga Burbano, Luisa Góngora y Domitila Sarasty, y deje por fuera a la payanesa Andrea Velasco, dama de compañía de la esposa de Tacón, y quien al parecer jugó un papel preponderante, junto con Ana Polanía García, en el intento para liberar a Caicedo y Cuero y a Macaulay (Muñoz, 2011). Además, anotamos que Francisca Aucú no fue condenada al patíbulo por los hechos de los llamados Comuneros del Sur, sino que fue sometida a garrote y al escarnio público (Archivo General de La Nación).

Esperamos con esto que el novel lector comprenda un poco el escenario de los hechos que acontecen en Verdes Sueños, recreada en Pasto de 1822, pero donde hay una voz de mujer y un diálogo que van mostrando la ciudad a través de los personajes que han marcado su devenir, abogados, bibliófilos y escritores, quienes van recibiendo la herencia de una ciudad que por tanto tiempo permaneció en un endemismo y que poco a poco se va abriendo al mundo alimentada de verdes sueños.

Caicedo Jurado Cecilia (2011). Verdes Sueños. Pasto: Graficolor.

Referencias

Archivo General de la Nación (sf). Expediente Rodríguez Clavijo. Sección Colonia, Anexo,  Justicia  6,  ff.  202-237; Empleados  Públicos. Cauca 4, ff. 914-979; Aguardientes. Cauca 1, ff. 287-329; y Miscelánea 100, ff. 84-89.

Arquidiócesis de Popayán (2021). Historia de la Arquidiócesis de Popayán. Consultada el 22 de enero de 2021, disponible en: http://arquidiocesisdepopayan.org/web/historia/

Banco de la República (2021). Tomás Cipriano de Mosquera. Consultada el 18 de enero de 2021, disponible en: https://enciclopedia.banrepcultural.org/index.php/Tom%C3%A1s_Cipriano_de_Mosquera

Grützmacher, L. (2006). Las trampas del concepto “la nueva novela histórica” y de la retórica de la historia postoficial. Acta Poética, 27 (1), 141-167.

Guerrero, G. (1994). Pasto en la guerra de Independencia. 1809-1824. Bogotá: Tecnimpresores.

Gutiérrez, J. (2007). El fugaz pero fatal encuentro del Indio Agualongo con el Coronel Mosquera. Bogotá: Credencial Historia, 211.

Muñoz, L. (2011). Mujeres del Sur en la Independencia de la Nueva Granada. Pasto: Graficolor.

Obando, J. (1972). Apuntamientos para la historia. Medellín: Bedout.

Ortiz, S. (1935). Noticia sobre la imprenta y las publicaciones del Sur de Colombia durante el siglo XIX. Pasto: Imprenta del Departamento.

Ortiz, S. (1987). Agustín Agualongo y su tiempo. Bogotá: Editorial Elocuencia.

Ots, J. (1948). España en América. Las instituciones coloniales. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Piedrahita, J. (2010). Ipiales en Bolívar y Bolívar en Ipiales, Testimonio de Nariño, (18), 111, 7b.

RAE (2020). Diccionario de la lengua española. Consultado el 20 de enero de 2021, disponible en: https://dle.rae.es/pante%C3%B3n?m=form

Rumazo, A. (1970). Manuela Sáenz. La Libertadora del Libertador. Quito: Clásicos Ariel.

Virviescas, P. (2007). Belisario navega por la obra de Gabo. Bucaramanga: Universidad Autónoma de Bucaramanga. Consultado el 18 de enero de 2021, disponible en: https://unab.edu.co/content/belisario-navega-por-la-obra-de-%C2%BFgabo%C2%BF

Vox (1967). Diccionario manual griego. Madrid: Vox.

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