Cuento polifónico “La máquina del tiempo”

Por: Oscar Seidel y Daniel Ghisani

Romilda y Santiago, se conocieron a los quince años en un festejo del carnaval de su pueblo, y desde allí no se separaron más. El tiempo les dio cuatro hermosos hijos, tres mujeres y un varón, que de grandes buscaron su porvenir lejos de la tierra que los había visto nacer.

 Llegó la edad del retiro para ambos, y de alguna forma, sin quererlo comenzaron a vivir de recuerdos. Sin embargo, ni el tiempo podía con el amor y compañerismo que se tenían. Cada noche, como si fuera un rito, se besaban antes de desearse un sueño tranquilo. Pero al darse vuelta cada uno para su lado, íntimamente extrañaban la pasión indomable que los había alimentado en el pasado, y que sin aviso un día los había abandonado. Sería por la rotunda barriga de Santiago, o la piel caída de Romilda, o sería por las arrugas que los vestían a ambos. El asunto era que el sueño se había quedado sin preámbulo.

         Un domingo, ambos decidieron ordenar un baúl lleno de cosas inútiles, resabios al fin de un pasado común: allí se encontraban cuadernos del colegio de Aurora, juguetes rotos de Agustín, colchonetas de camping de Angélica, y muebles cubiertos de polvo que habían pertenecido a los abuelos de ambos. Cosas que tocaban lugares sensibles, pero ellos eran personas solidarias y mantenían firme la decisión de sacarlas a la calle para que allí fueran encontradas por personas que de verdad las necesitaran. A media tarde, cuando estaban cerca de terminar, Romilda, encontró el espejo. Tenía una forma oval y su contorno de bronce. Tallados en ambos lados se hallaban unos símbolos tan extraños cómo indescifrables, y por más que hicieron memoria, ninguno de los dos pudo recordar su origen. Santiago, quiso sacarlo a la calle, pero Romilda se opuso: puede servirnos en el dormitorio, le dijo, tenemos una pared vacía desde que eliminamos el armario. Finalmente, la opinión de la mujer prevaleció y antes de cenar, y merced a un oportuno clavo, el bendito espejo lució a un costado de la cama.                                                                                               Esa noche, antes de acostarse en un impulso ambos dirigieron sus miradas al espejo, y allí algo cambió: de alguna forma Romilda descubrió a su esposo más delgado, su pelo parecía haber crecido y tomado un color castaño; y Santiago vio a Romilda lozana, y hasta su contorno parecía haberse afinado. De pronto, la excitación los volvió a envolver y, luego de muchos años, hicieron el amor.

A la mañana siguiente, se encontraron que sus siluetas habían vuelto a la normalidad y quizás por vergüenza, ninguno de los dos hizo comentarios sobre lo ocurrido. Pero esa noche al acostarse, el espejo les devolvió una imagen aún más joven de ambos, que de inmediato los transportó y les recordó al día en que engendraron a su primer hijo. Entonces, la pasión creció con tanta intensidad que recién a la madrugada, sus cuerpos se dieron por vencidos. Como había ocurrido antes, a la mañana ninguno de los dos emitió palabra sobre el asunto.

  El sortilegio se repetía una y otra vez. Y por las mañanas, aunque volvían a ser los mismos, los invadía una felicidad incomparable. El sábado, se encontraron tan juveniles cómo la noche de bodas. El domingo, gozaron cómo la primera vez que intimaron en un bosque el día de la primavera. Pero, el lunes, cuando se buscaron en el espejo, se descubrieron como dos niños pequeños que no sabían ni como demostrarse amor.

Un día después, la felicidad se trocó en nostalgia. Sin mediar palabra alguna, Santiago descolgó el espejo para llevarlo a la calle, donde rato después un pordiosero se lo llevó. Antes de cargarlo sobre su espalda, por un instante, al hombre le pareció ver su rostro reflejado cuando era un recién nacido, pero, apurado por deshacerse de su máquina del tiempo, no le dio mayor importancia.

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