Por Tirso Benavides Benavides
La política colombiana parece haber abandonado la sobriedad del foro público para instalarse definitivamente bajo la carpa de un circo, de un espectáculo de alto presupuesto. Lo que estamos presenciando en la campaña de Abelardo de la Espriella no es un ejercicio democrático de confrontación de ideas, sino una función de variedades donde el contenido ha sido reemplazado por el estruendo de los parlantes que repiten sus pegajosos jingles, las luces de los fuegos artificiales y el brillo de las lentejuelas. Los actos públicos del penalista no son mítines, son óperas de egolatría diseñadas siguiendo el algoritmo de las redes sociales, donde el “Tigre” difunde estas puestas en escena que no se traducen en planes de gobierno.
En este circo electoral, De la Espriella oficia de maestro de ceremonias, cantante y atracción principal a la vez. Lo que más importa es la imagen, lo icónico, dejando de lado las ideas.
Así, evento tras evento, el candidato de extrema derecha aparece con una gran bandera tricolor que le sirve de telón de fondo, mientras una versión sinfónica del himno nacional retumba con su propia voz para alimentar su leyenda de tenor de la justicia. No faltan los volcanes de pólvora y los juegos pirotécnicos que solo dejan tras de sí una espesa cortina de humo con la que pretenden esconder la falta de ideas. El aspirante a la presidencia, que se autodenomina El Tigre, como un símil con una fiera salvaje que promete devorar a sus enemigos, emite su discurso de odio en el que expresa su intención de “hacer trizas a la izquierda”, hecho que agita fantasmas del pasado, reviviendo narrativas que han llevado a capítulos tan siniestros como el exterminio de la UP. Sin embargo, tras el rugido pregrabado y sus sombreros ridículos pero siempre impecables, queda la sensación de un espectáculo fatuo.
En su caso la pinta no es lo de menos. Luce camisas de seda y relojes que cuestan millones, viaja en su avioneta propia y usa solo ropa de marca, muestras de ostentación que son como trofeos de su éxito económico, una excentricidad que termina asemejándolo a su némesis, Gustavo Petro, ambos, a pesar de mostrarse como opuestos, parecen creer que el poder se muestra con outfits de varios salarios mínimos mientras el público, desde la tribuna, debe estirar su presupuesto para sobrellevar el día a día. Un indicio más de que los extremos se parecen.
Este modelo encaja en la preocupante tendencia global de la política como entretenimiento, siguiendo la estela de Donald Trump, Nayib Bukele o Javier Milei. Al igual que ellos, De la Espriella entiende que en la “carpa” de la opinión pública, el show y el escándalo venden más que la estadística. En sus presentaciones ha impuesto incluso una coreografía corporal: un saludo típicamente marcial sumado a un golpe en el pecho, un ademán de innegable estética fascista, mientras repite su lema de “Firmes con la Patria”.
Es el pan y circo de estos días.
Uno de los puntos sobre el que surgen preguntas de esta campaña es la fuente de financiación de un despliegue tan costoso. De la Espriella asegura con arrogancia que paga todo de su bolsillo, pero en una democracia donde el cumplimiento de los topes en gastos electorales es una asignatura pendiente, este derroche de recursos debe mirarse con lupa.
En este montaje, hasta lo sagrado hace parte del libreto. Resulta cínica la conveniente conversión de quien antes se declaraba ateo y ahora lanza sermones clericales invocando la “voluntad divina” que según él le será favorable. Claramente esta mutación no es una epifanía espiritual, es un cálculo político para seducir el voto disciplinado de iglesias cristianas, asegurando una base electoral cautiva mediante un giro oportunismo hacia el mesianismo religioso.
En esa misma línea de valores tradicionales recuperados solo para la foto, utiliza la imagen de su familia, la de sus hijos y sobre todo la de su esposa, Ana Lucía Pineda, a quien exhibe como una cara bonita, una mujer de su hogar, buena madre, caritativa, intentando encajar en la figura que muchos tienen de una ideal primera dama, una figura obsoleta que ya no debería tener cabida en nuestro ordenamiento.
Como abogado, a De la Espriella no se le puede cuestionar por defender a quien sea, toda persona tiene derecho a una defensa y esa es la misión de esta profesión, pero como candidato es imperativo advertirle que el Estado no se maneja con la misma pirotecnia de su show. Resulta irónico que el “Tigre” sepa tanto de pañuelos de bolsillo, de marcas de lujo y tan poco de políticas públicas serias. No tiene ninguna experiencia en el manejo de lo oficial. Esta forma de hacer política vacía de contenido el debate público y atenta contra el derecho ciudadano al voto informado.
Al final, cuando se recojan las carpas, se apaguen las luces y los payasos se quiten el maquillaje, nos quedará la dura realidad de una nación que no se soluciona con coros de ópera ni con el narcisismo de un personaje que confunde la carrera hacia la primera magistratura con una función vespertina o de matiné. Mucho espectáculo para tan pocas ideas. En cuestiones programáticas, los rugidos de este Tigre, no llegan ni a maullidos de minino.




