El IDEAM ha encendido una nueva alarma climática: la probabilidad de consolidación de un fenómeno de El Niño durante el segundo semestre de 2026 supera ya el 90 %, con posibilidad de alcanzar una intensidad moderada o fuerte.
Aunque algunos sectores hablan ya de un “superfenómeno de El Niño”, el propio IDEAM ha señalado que aún no existe evidencia científica suficiente para catalogarlo oficialmente bajo esa denominación. Sin embargo, sí existe un consenso técnico sobre un escenario altamente riesgoso para Colombia, especialmente para el sector agropecuario.
En regiones como Nariño, donde la agricultura depende en gran medida de la disponibilidad hídrica y de ciclos climáticos relativamente estables, las consecuencias podrían sentirse con especial severidad. Menos lluvias, aumento de temperaturas, estrés hídrico, reducción de caudales y mayor incidencia de incendios forestales conforman una combinación peligrosa para la seguridad alimentaria y la economía rural.
El problema no es solamente climático; es profundamente económico y social.
Cultivos estratégicos para Nariño, como la papa, el maíz, las hortalizas, los frutales, el cacao y los pastos destinados a la ganadería, podrían enfrentar reducciones importantes en su productividad.
Históricamente, en Colombia los fenómenos de El Niño han generado caídas superiores al 12 % en los rendimientos agrícolas y disminuciones similares en la producción lechera.
En el altiplano nariñense, el riesgo es doble: durante el día podrían presentarse temperaturas más altas y déficit de lluvias, mientras que en las noches aumentaría la probabilidad de heladas por cielos despejados. Esa combinación puede afectar severamente los cultivos, especialmente en municipios productores como Túquerres, Ipiales, Pasto, Guachucal, Cumbal y los demás territorios de la exprovincia de Obando.
La ganadería también sufriría impactos considerables. Una menor disponibilidad de agua y pasturas significa reducción en la producción de leche, pérdida de peso animal y mayores costos de suplementación alimenticia.
Durante el fenómeno de El Niño 2023-2024, Colombia registró pérdidas ganaderas millonarias, entre caídas en la producción láctea y mortalidad bovina. Pero quizá el efecto más preocupante sea el aumento del costo de producir alimentos.
Un verano prolongado implica mayor uso de sistemas de riego, incremento en los costos energéticos, menor disponibilidad de agua y encarecimiento de los insumos agrícolas. Si, de manera simultánea, se presentan problemas energéticos nacionales —como advierten varios expertos debido a la reducción en los niveles de los embalses—, los costos de bombeo, refrigeración y transformación agroindustrial también podrían dispararse.
Nariño, además, enfrenta una vulnerabilidad estructural. Gran parte de nuestros pequeños productores carecen de reservorios, distritos de riego tecnificados, seguros agropecuarios y asistencia técnica permanente y pertinente. En otras palabras, nuestro sector sigue dependiendo casi exclusivamente “de lo que manda el cielo”. Allí está, precisamente, el mayor desafío.
La institucionalidad necesita actuar antes de que el fenómeno se consolide plenamente. No basta con reaccionar cuando aparezcan las pérdidas. Se requieren planes inmediatos de almacenamiento de agua, cosecha de aguas lluvias, protección de microcuencas, fortalecimiento de sistemas silvopastoriles y promoción de variedades más resistentes al estrés hídrico.
También será fundamental fortalecer y redireccionar los desacertados y fracasados programas de extensión agropecuaria, para que realmente orienten a los productores sobre fechas de siembra, manejo de coberturas vegetales, nutrición de cultivos y estrategias de adaptación climática. La agricultura moderna ya no puede separarse de la gestión del riesgo climático.
Paradójicamente, mientras el mundo discute sobre inteligencia artificial y agricultura de precisión, miles de productores aún no cuentan siquiera con acceso oportuno a información meteorológica local.
El Niño no solo pone a prueba la resistencia de los cultivos; también pone a prueba la capacidad institucional del país para anticiparse a las crisis.
La pregunta no es si el fenómeno llegará. Todo indica que sí. La verdadera pregunta es si el agro nariñense aprendió algo de las crisis anteriores o si volverá a enfrentar el clima con improvisación y abandono.
Porque cuando el agua falta, no solo se secan los cultivos: también se marchita la economía rural, aumenta el precio de los alimentos y se profundiza la fragilidad del campo colombiano.
Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO




