¿Hasta cuándo me persigues?

La tercera edición en tapa blanda (Paperbook) de 100 páginas ISBN-13: 979-8576616039, de la novela “¿Hasta cuándo me persigues?” de Oscar Seidel, fue editada en Amazon USA, el 05 de diciembre de 2020.

TEXTO INTRODUCTORIO

No conocía personalmente a Oscar Seidel, nuestra amistad deviene de nuestro interés común por el Pacífico; él, desde sus entrañas, ya que por cuna y sangre viene de ancestros tumaqueños, lo cual se avizora con sus sentidos escritos a través de las redes sociales y con sus libros; por mi parte, mi experiencia por casi dos años viviendo en el Pacífico nariñense, recorriendo los 12 municipios que lo conforman, me indujeron a escribir una serie de relatos y unas notas tratando de visibilizar lo oculto y de contextualizar lo que los parcializados medios de comunicación muestran al común de los colombianos. El Pacifico nos une, e hijos de nuestro tiempo, las redes sociales nos han acercado para forjar una amistad desde la palabra y el sentimiento social por un territorio ancestralmente olvidado.

Oscar nació en Tumaco en 1952. Terminó sus estudios de Ingeniero Industrial en la Universidad Tecnológica de Pereira. Se graduó de Especialista en Finanzas en la Universidad EAFIT de Medellín. Se inició como columnista de El País y Occidente de Cali, El Puerto y La Batalla de Buenaventura. Ha sido colaborador de El Magazín El Espectador de Bogotá, de la Tarde y el Diario del Otún de Pereira, y del periódico virtual de Nariño Página10.com.

Novela ¿Hasta cuándo me persigues?: La economía es una de las virtudes de Oscar Seidel, esto recuerda la sentencia de la para fraseología popular: lo bueno, si breve, dos veces bueno, ya que el autor desarrolla 44 capítulos en 100 páginas, de tal manera que esa brevedad atrapa al lector de manera inmediata, queriendo seguir la lectura hasta encontrar el desenlace. La novela nos transporta a una ciudad y una región, a un lugar y a unos hechos que no nos son indiferentes: Cali y el Valle del Cauca en tiempos del Cartel. La trama transcurre en un hospital, con un médico que debe enfrentar las infiltraciones de la mafia a su sitio de trabajo, lo cual repercute

Por: J. Mauricio Chaves Bustos

Periodista y Escritor

CAPITULO   1

La Sultana, diez años después.

¿Qué hago aquí mirando por la ventana de este sitio en el que no me puedo ubicar bien?

Siento en mi interior que tuve días muy agitados. Veo un diario personal en mi mesa de noche. Lo abro y empiezo a leer:

“Yo, Marcelo Marangoni, escribo estas páginas desde el hospital psiquiátrico de La Sultana, donde estoy internado. Me tienen con camisa de fuerza, pentotal y electroshock”.

— ¿Por qué enloquecí? —

No todas las personas que estamos internadas en un hospital psiquiátrico hemos perdido la razón; en ciertas circunstancias nuestra propia familia nos encierra al ver que no estamos lo suficientemente maduros para vivir en este mundo cruel. En otras son locuras hereditarias; otras te las regala la vida y no sabes cómo luchar para sacártelas de encima; entonces sobreviene esta locura que no podemos resolver por nuestros propios medios, y es ahí cuando perdemos el equilibrio, ese equilibrio que nos lleva a una cornisa peligrosa y nos hace perder la realidad. Yo creo que todos tenemos un poco de locura, nos contagiamos. Es una época donde todos queremos tener razón sin medir las consecuencias. También a alguien que sabe mucho le dicen que está loco, porque se suele admirar todo aquello que se sale de lo normal. Los largos pasillos del hospital psiquiátrico se han convertido en el hogar de muchos individuos que llegamos al hospital a través del servicio de urgencias, sin nadie que nos acompañe, y desorientados sobre nuestra procedencia, y de otros pacientes que ingresan a la institución para tratar sus quebrantos de salud mental, pero que a lo largo de su tratamiento son abandonados por sus familiares y allegados.

El papel de la familia es vital. Los trastornos mentales de un paciente surgen de sus relaciones con su familia y su comunidad. En la medida en que una familia se apropie del problema, participe en el tratamiento y ayude a solucionarlo son mayores para un paciente sus posibilidades de recuperarse. Ya sea total o parcial, el abandono genera dolor y sufrimiento, afirmó el psiquiatra.

 Los pacientes como el médico Marangoni son conscientes de la negligencia de sus allegados, lo cual afecta en gran medida su recuperación y posibilidad de reintegrarse en la sociedad. En estos diez años solo ha sido visitado por su mamá. Al papá no lo conocemos, afirmó el director

CAPÍTULO 2

Han pasado unas semanas desde que abrí mi diario personal. Parece que hay buenas noticias: he sido llamado a la oficina del director del hospital, quien me muestra mi historia clínica y me explica que he estado con una patología mental desde hace diez años.

—Su abandono por parte de la familia se debió en mayor medida a los estigmas sociales de ellos frente a los trastornos psiquiátricos suyos— dijo el director.

—No ponga eso en mi historia clínica porque después no podré conseguir trabajo,

ahora que están a punto de darme de alta— le supliqué.

—No se preocupe. Por ahora no está en capacidad de trabajar como médico.

—Señor director, ¿Qué va a decir la gente cuando me vean llegar a la Clínica Sagrado Corazón después de tanto tiempo ausente?

—Esa clínica desapareció hace algunos años, respondió el director.

— ¿Con qué cara voy a ver a mi familia? — le pregunté con preocupación.

—Su mamá conoce muy bien su nuevo estado mental, y lo visita con frecuencia—contestó.

La sociedad en general juzga la estancia psiquiátrica y genera exclusión, ignorando la gran responsabilidad que tiene en el surgimiento de enfermedades mentales.

 —Director, creo que mi problema mental se debe en parte a los conflictos que tuve con mi papá—, le dije en ese momento de lucidez que gozaba.

—Tranquilo, doctor Marangoni, eso ya lo hemos constatado a través del test que le hicimos.

— ¿En mi inconsciencia, le comenté en el test las historias de maltrato que él me proporcionó?

 —Sí, doctor Marangoni, hemos concluido que en parte sus alteraciones en la relación parental, la disfunción familiar con su mamá, y el hecho de no haber tenido relaciones sentimentales con una mujer, son el resultado de esa ingrata experiencia.

—Presiento que tuve otro problema más grave para haber adquirido esta patología mental.

—Lastimosamente, usted se trastornó también por haber trabajado hace diez años como gerente de la Clínica Sagrado Corazón de Ciudad Central.

—Y ahora, ¿qué sigue?

—Para su tranquilidad le vamos a dar de alta, pero debe pasar al programa de atención y prevención, puesto que debe permanecer en la institución como paciente de la categoría de Estancia Social. Quiero informarle que su estancia aquí no quiere asumirla ninguna aseguradora de salud. Por lo tanto, el hospital psiquiátrico asume estos costos, puesto que tenemos una función de cuidado que no vamos a abandonar— afirmó el director.

— ¿Quiere decir que no voy a mi casa?

—Todavía no puede salir.

—Pero ya estoy sano y empiezo a recordar todo lo que me sucedió antes de hospitalizarme.

¿qué voy a hacer?

—Dedíquese a escribir sus memorias— concluyó el director.

“En la actualidad no se busca la hospitalización prolongada. La psiquiatría moderna no busca encerrar y aislar al médico Marangoni, sino tratarlo lo más cerca posible a su entorno, porque los lazos y vínculos cercanos ayudan. De manera que vamos a fomentar la autonomía personal del paciente, la integración a la comunidad y se le permitirá convivir en un medio más ajustado a su condición”, fue el dictamen clínico de la junta médica de psiquiatría”.

Pienso que hay muchos momentos en los que el ser humano se enfrenta a la locura, tanto de la de los otros como a sus propios demonios.

CAPÍTULO  43

No había más de otra. Tuve que decirle al mago y al psiquiatra que me acompañaran la noche del martes. Iba a citar todos los espíritus para que de una vez definiéramos la situación. O, ellos seguían con su joda de asustarme todas las noches, o entre los tres les aplicábamos una contra para que descansaran por siempre.

Tres días antes de la cita, solicité a todo el personal de vigilancia nocturna que se protegieran en la sala de Urgencias porque iba a enfrentarme a los demonios. Sugerí que ojalá el personal médico y los conductores de ambulancias no se percataran de lo que pretendía hacer.

—Bien, mis queridos amigos, aquí estoy para que dialoguemos— les dije.

Un silencio profundo imperó en el pasillo; nadie me respondió. Decidí trasladarme a la sala de cirugías en la cual no se habían programado procedimientos.

—Hola, ¿hay alguien por ahí? — pregunté.

Lo único que escuché como respuesta fue el viento frío que a esa hora ventilaba la clínica.

Tomé la decisión final de ir a los almendros que estaban a la entrada de la clínica, y que casualmente fue lo primero que observé con extrañeza, el día que asistí a posesionarme del cargo de gerente de la Clínica Sagrado Corazón. En ese momento recordé que había visto caras de seres humanos en sus hojas.

—No sean hijos de puerca, yo sé que todos ustedes están ahí. Salgan que necesito hablarles para que arreglemos este asunto de una vez por todas.

—Ja, ja, ja, no se ponga bravo, mi doctor Marangoni. Enseguida bajamos, y nos reunimos todos.

CAPÍTULO 44

Aquel martes por la noche, las ánimas, el psiquiatra, el mago y yo, nos reunimos. Fue aterrador volver a encontrarme con Socorro Lozano, Ulises Volverás, Elena Cardona, la mamá y el papá del bebé, el ginecólogo, el anestesista Mosquera, el Pájaro, el chofer de la ambulancia, la gorda de las cirugías estéticas, y muchos más cuya lista sería muy larga de enumerar.

El mago empezó con el ritual de la evocación, trazando el pentagrama mágico que lo protegiera, del que no debía salir hasta que el ánima no hubiese sido despedida, y apoyado con los libros de San Cipriano y el Picatrix para canalizar las energías ocultas de los planetas y las estrellas, y poder llegar a la iluminación. El Picatrix era quizás el más notorio de todos los libros de magia blanca, por la obscenidad de sus recetas.Enseguida llamó a todas las ánimas presentes para que cada una manifestara cuáles eran sus deseos.

Una vez que las ánimas pidieron sus deseos, el mago procedió a la invocación, utilizando un amuleto hecho con la pata de una vaca. Cuando consiguió de cada una de ellas una descripción precisa para conseguir sus objetivos, se despidió. Enseguida el psiquiatra les preguntó a las ánimas si se sentían bien. Todas respondieron que sí, y que no volverían a aparecer, siempre y cuando les cumplieran sus deseos, que solo los tres sabíamos cuáles eran, y que juramos no contárselos a nadie.

Aquella noche del martes fue la primera de las muchas más que pude dormir tranquilo.

                                                              FIN

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