Mi encuentro con John Lennon

Este articulo esta dedicado a mis amigos:
Jorge, Freddy, Diego, Adolfo, Bayardo,
Ferney, Fabio, Álvaro, Libardo, John.
Y a nuestra bella e inolvidable
Adolescencia…
El calendario marcaba el día 8 del año 1980. Nada me hacía pensar que mi vida cambiaría para siempre. En la radio anuncian el asesinato de John Lennon y cientos de voces dejan escuchar su repudio. Llanto de hombres y mujeres que recuerdan a su ídolo musical de juventud. Suena una y otra vez la música de The Beatles y el tema Imagine. Lejos estaba nuestra generación de quinceañeros que ese día nuestras vidas se partirían en dos y para siempre. Nuestra imaginación se encendió y en medio de nuestros corazones empezamos a llorar la muerte de ese ex Beatle que hasta ese día no tenia significado alguno en nuestras vidas.
Los disparos de Mark David Chapman fueron el detonante para que una generación descubra un sentido a su vida. Empezamos a hablar de la Paz, del Amor y de la necesidad de trasformar el mundo. Nos hicimos rebeldes de zapatos croydon; nuestro cabello corto empezó a tejer la distancia entre sus raíces y su orquilla; nuestra modesta chaqueta de lana se convirtió en una extraña mezcla de gabardina y nuestros pantalones empezaron una mágica transformación desde la rodilla hasta los talones. La bota tubo y los botines puntiagudos fueron pretexto en más de una ocasión para el sermón de nuestros padres que no entendían cómo nuestras vidas habían presentado un giro de tal naturaleza. El niño había fallecido y daba inicio al nacimiento de ese hombre que, curiosamente, emerge en la muerte de ese extraño y desconocido personaje que era Lennon para nosotros los quinceañeros que no teníamos ídolos ni iconos para defender.
Los acetatos de nuestros hermanos fueron nuestros, se hicieron nuestros. Los Cuatro de Liverpool en sus carátulas viejas y arrugadas empezaron a tomar nuevamente forma en nuestras manos. Recuerdo un viejo L.P. con sus caras perdidas entre las penumbras; el capul de John, George, Paúl y Ringo renacía en nuestras ofendidas cabezas, cansadas de soportar los gustos estéticos de papá y mamá. Ahora teníamos a quien parecernos y una vez apoderados de la música de nuestros hermanos mayores nos sentíamos más a gusto que con los ritmos tropicales que por entonces constituían las tarde-fiestas de mi hasta entonces estulta generación. Nos vimos en un espejo roto al que empezamos a incrustarle sus propios fragmentos para mirarnos mejor.
Juro que nunca nos habíamos sentido como ese día. Nacimos así, espontáneamente, en una noticia de radio que se repetía una y otra vez. Nuestro parto empezó a sentirse cuando nuestras voces se unían para entonar Let it be o Hey Jude. Y arriesgándome a ser catalogado como snob puedo afirmar que nuestro corazón empezó a palpitar de verdad cuando escuchamos Michelle o sentimos la tonalidad de Yesterday. Que tardes aquellas en que armados de un acetato descubrimos el amor en medio de nuestros pantalones entubados y más arriba de nuestras puntiagudas botas.
Y nos hicimos tribu para descorrer el velo de la creación. Nunca antes como en este día nos vimos a los ojos para entender que el vínculo de la amistad se entretejía alrededor de esa música celestial que llevábamos en nuestro walkman atado a la cintura. Nunca antes cómo en este día empezamos a sentir que la vida tenía un sentido.
Sin su asesinato no seríamos lo que somos ni el mundo sería lo que es. Otra sería nuestra vida y otros nuestros pensamientos. En John Lennon y en su mensaje de peace and love nos encontramos aquella generación de adolescentes que en los años ochenta no teníamos ni en quien creer ni a quien seguir. Esa crisálida que éramos se transformó en una nueva voz. Hoy, a los treinta años del asesinato de John Lennon, únicamente podemos decir que ese fragmento del espejo que hacía falta por recomponer lo encontramos en su cabello largo, en sus inolvidables mensajes de paz y en esa siempre extraña forma de entendernos en las tabernas alrededor de alguna de sus canciones. Nadie es extraño si en sus dedos y en su garganta se entona o tararea el ritmo inconfundible de Lennon. Me pregunto qué seria de nosotros si ese 8 de diciembre de 1980 Mark David Chapman hubiese decidido darse una buena siesta. Seguramente nosotros aun no despertaríamos de nuestro sueño existencial.

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