Minicuentos del pacífico sur

Hablando con el mar      

La palafítica casona, donde la mujer vivía desde hace treinta años, causaba terror a los vecinos del barrio El Pindo. El mar Pacífico era su único confidente. En la casa se escuchaba algarabía en pleamar, y todo era silencio cuando bajaba la marea. Extrañado por la situación, el Personero envió a averiguar por el asunto. Una tarde, la mujer recibió la visita de un policía y, ella que nunca había tenido un hombre entre sus brazos, quedó atrapada por él en su lecho. Celoso, el Pacífico tumbó la casa y los arrastró entre su corriente mar afuera.

La última recalada       

El dueño del cabaret tenía amores enfermizos por el capitán del buque mercante, quien cada dos meses atracaba en el terminal marítimo de Tumaco. Se alteraba con su visita al cabaret “Las Delicias”, dado que el marino prefería a Dalila. Una noche, cuando celebraba su quinta recalada, ebrio, no soportó más y le propinó un tiro en el corazón. El capitán no pudo contener los celos, porque Dalila le prestaba sus servicios a un marinero de otro barco anclado en la bahía. Del capitán y del dueño del cabaret “Las Delicias” no se volvió a saber nada, desde aquella vez que los vieron huir juntos. Fue su última recalada.

 Lágrimas negras       

El día que la amada se fue en el navío “Rio Iscuandé”, el enamorado comenzó a llorar lágrimas negras y la cara se le tiznó. Con el tiempo, su casa se llenó de oscuridad. La tinta que brotó de sus ojos sirvió para escribirle una carta pidiéndole que regresara. La misiva no tuvo respuesta. En la madrugada, el puerto de Tumaco amaneció inundado por una marejada negra que salió de la casa del desdichado.

Allí      

Los amantes que se reunían en el viejo muelle de pescadores, convirtieron el lugar en el aliado de sus citas clandestinas. Aquella tarde del miércoles 22 de agosto de 1906, un fuerte terremoto sacudió a El Charco, y desde entonces no pudieron volver a verse. El posterior maremoto apodado “La Visita” había destruido el sitio donde se acariciaban con pasión desenfrenada, y nunca volvió a construirse.

Azul de Metileno  

El sufrimiento porque su amante lo había dejado por un marinero sueco, hizo que el godo Sectario enmudeciera para siempre. Se adelgazó, y su piel se convirtió en un pizarrón, en donde se podían leer las ofensivas frases que escribían sus venas azules contra los radicales. El 10 de mayo de 1957, día en que cayó el Dictador, el tumulto rojo, enardecido se dirigió a una casa en el puerto de Buenaventura. Al ejecutarlo, vieron cómo de su piel se desprendían las letras más groseras que Sectario no alcanzó a pronunciar.

La ola justiciera  

Cuenta la oralidad que, hace muchos años hubo gran discordia entre un pescador y un tiburón tigre, porque ninguno quería doblegarse al otro, ni compartir el amplio territorio del mar de la isla Gorgona. El Pacífico que era el soberano, miraba con asombro como estos dos seres estaban enfrascados en un lío que no tenía solución. Fue entonces, cuando decidió acabar con la soberbia de ambos, ahogándolos con una gran ola que los arrastró hasta el confín de la tierra.

Por encima de todo           

Aquella mañana que los ladrones atracaron el banco agrario, no esperaban reacción inmediata de los uniformados. Al estar acorralados, sin más escapatoria, huyeron hacia el malecón y se lanzaron con el botín al rio. Sin embargo, no pudieron ser capturados. Por falta de recursos económicos, y con el ánimo de controlar gastos, el comandante de la policía local había impartido orden a sus subalternos de mantener bien limpios y secos los uniformes y armas de dotación. Los habitantes de Guapi, quedaron consternados y furiosos con la disciplina de los policías, por acatar al dedillo la orden del superior.

¿Dónde está la orden?            

Al buque de vapor “Tumaquito” lo atrapó una fuerte mareta en “El Rompido” cerca a Bocagrande. El agua empezó a entrar por el casco averiado de la nave. El Capitán dio la orden de desalojar. Todos cogieron sus chalecos salvavidas y se embarcaron en los botes auxiliares. Preguntó el Capitán al asistente si toda la tripulación y los pasajeros abandonaron la embarcación. El asistente corrió presuroso a chequear si no había nadie más en cubierta. Para su asombro, encontró a un abogado legalista. Regresó donde el Capitán, y le informó que el jurista no saltaría al bote, hasta que la orden de desalojo no llegara por escrito.

Con señas 

Sus padres la entregaron al jefe del aserrío de Saija, con el fin de salvarla de la peste de tuberculosis que diezmaba a la población infantil en la selva. Con el tiempo, los árboles se agotaron, y la empresa maderera trasladó sus equipos a otro lugar muy distante. Nadie supo cuándo ni a dónde llevaron a la niña.

Hablaba lenguaje ininteligible y sólo se hacía entender con señas. Comenzó para la jovencita el periplo de conocer un mundo raro y costumbres diferentes. De su memoria se borraron las imágenes de la familia y del sitio que la habían sacado. Nunca preguntó nada. El hogar adoptivo se acabó al morir los padres, y cada hijo tomó su camino. Solitaria en la vida, se trasladó a Buenaventura, y amasó cierta fortuna vendiendo pescado en la galería.

El día que llegó la ibabura a vender sus productos al puerto, desembarcó un anciano. La observó, y el corazón le dijo algo. De regreso a Saija, en la ibabura viajó alguien en búsqueda del tiempo perdido.

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