Reseña- Las intermitencias de la muerte (José Saramago, 1922 – 2010).

 

Con una combinación admirable de ironía, humor y ese aire casi poético que caracteriza su prosa, Saramago construye esta novela cuyo lenguaje claro y directo llega fácilmente al lector, partiendo desde un hecho fantástico: En un país innominado y en pleno fin de año la muerte deja de operar y la población absorta en sus festejos, sin advertirlo, alcanza lo que la humanidad siempre ha anhelado: La inmortalidad. Pero este prodigio viene a interrumpir de manera abrupta la cotidianeidad social, rompiendo absolutamente con la rutina consuetudinaria tanto del ciudadano individualmente considerado, como de su colectividad e incluso atentando contra la aparente estabilidad de las instituciones del estado y los principios incuestionables de las religiones.

Las “vacaciones” de la muerte en principio desatan la euforia colectiva, pues representa la materialización del mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos. El gobierno a través de sus ministros sale a recomendar tranquilidad a los ciudadanos, ya que la desaparición de la muerte como hecho humano, no representa motivo alguno de alarma. Pero los problemas aparecen de inmediato, las declaraciones del jefe de gobierno en las que agradece la voluntad de Dios por haber escogido al pueblo de su país como su instrumento, en cuanto al fenómeno de la vida física eterna, desatan el enojo de la Iglesia Católica, que por intermedio de su Cardenal expresa la total inconformidad con las palabras del premier, porque según esta venerable institución: “Sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay Iglesia”.

Junto a la preocupación moral y metafísica de la Iglesia Católica comienzan a surgir los problemas de índole económico para algunos sectores de la sociedad, en primer lugar, para las empresas de negocios funerarios, que de golpe se quedan, por decirlo así, sin materia prima, sin nadie a quien velar y sepultar cristianamente. Tal es la crisis que estas empresas se ven avocadas a cambiar sustancialmente de objeto, pasando a sepultar queridas y lloradas mascotas, animales domésticos como gatos, perros y canarios. A este sector se suman los hospitales públicos y privados, que nada pueden hacer para desocupar sus salas de cuidados intensivos atestadas de agonizantes perpetuos sin esperanza de mejoría ni de una reunión próxima con el creador. Lo propio ocurre con los hogares donde hay enfermos y ancianos, sin más remedio que resignarse a presenciar la ahora “postración perenne” de sus seres queridos. También los hogares del feliz ocaso, curiosa denominación que Saramago usa para referirse a los ancianatos, llegan a colapsar ante la imposibilidad de deshacerse de sus huéspedes, que ahora se quedarán ahí para siempre, anulando cualquier nueva admisión. Esto además crea para el estado la necesidad de proveer a la sociedad con nuevas edificaciones que servirán como cementerios para vivos, habida cuenta que la ausencia de la muerte no significa la detención de la progresiva vejez humana, problema que empeora con el requerimiento burocrático de contratar más personal dispuesto a trabajar en la dura labor de atender y cuidar personas matusalénicas en hacinamiento.

Aumentando la dosis de ironía, el autor nos presenta a las compañías de seguros en el peor momento de su historia, con sus clientes solicitando la cancelación inmediata de las pólizas de seguro de vida, que devienen inútiles dada la inexistencia de la muerte. Frente a esto se llega formular una solución salomónica: se incluye una nueva cláusula en las pólizas que establece la edad de ochenta años para muerte obligatoria “en sentido figurado o virtual”, límite temporal para que la persona asegurada opte por cobrar su dinero íntegramente o renovar su contrato por otros ochenta años.

Entre las múltiples vicisitudes que narra la novela, llegamos incluso a la aparición de conflictos internacionales del estado con los tres países limítrofes, porque siguiendo el ejemplo de una primera familia de campesinos, la mayoría de la gente opta por cruzar las fronteras con sus enfermos terminales, para que en territorio extranjero donde la muerte si opera, ocurra el fatal desenlace, provocando la invasión de los territorios vecinos con migraciones cada vez mayores. El primer ministro no tiene más remedio que disponer vigilantes permanentes en las fronteras para controlar estos éxodos mortuorios, pero fracasa ante la presión de un grupo de individuos armados que con ánimo de lucro, auspician, ejercen, organizan y controlan el tráfico de pacientes en situación de “muerte parada” hacia  las fronteras, estructura criminal que se identifica como la “maphia”, y con la cual el gobierno no tiene otra alternativa que la de negociar y acordar un pacto de caballeros que le permite obrar en la impunidad en beneficio de los intereses del estado y de sus ciudadanos que son presa de la desesperación ante el problema de los postrados inmortales.

Cuando la situación social, política, económica, religiosa y de seguridad ha dado un cambio tan drástico de manera que este país ilusorio lentamente se va sumiendo en el caos y en la costumbre de la inmortalidad y sus consecuencias, la muerte decide mediante un comunicado público, anunciar el reinicio de su temida actividad, pero con una variante, dando un aviso previo y concediendo el plazo de una semana a todo aquél que deba fallecer para que ponga en orden lo que todavía le resta de vida. Las cosas parecen volver a la normalidad, las funerarias tienen que afrontar el sepelio de más de setenta mil cuerpos, los hospitales públicos y privados y los hogares del feliz ocaso olvidan sus problemas de congestión, las aseguradoras optan por dejar inserta en sus pólizas la cláusula de muerte virtual a los ochenta años por conveniencias actuariales, la “maphia” redirige sus actividades a la venta de protección armada para los gerentes y dueños de funerarias, y la Iglesia Católica recupera como por arte magia los fundamentos de su dogma.

Las intenciones de la muerte con este sistema de notificación y plazo ejecutorio, son bien simples, evitar la crueldad de una muerte a traición y darle la oportunidad al individuo de dejar armónicamente la vida, pero fracasan de forma garrafal, las misivas color violeta siembran la desesperación y el desorden, y son el origen de fuertes críticas mediáticas en contra la pobre parca.

El oficio postal de la muerte para anunciarse a sus víctimas, es el principio de lo que puede identificarse como la segunda parte de la novela, donde se dejan a un lado los inconvenientes sociales y morales causados por la muerte y se narra una bizarra historia romántica.

Un violonchelista, que desde su nacimiento estaba destinado a morir joven, con apenas cuarenta y nueve primaveras, acabó por cumplir descaradamente los cincuenta, desacreditando así al destino, la fatalidad, la suerte, el horóscopo, el hado y todas las demás potencias que se dedican a contrariar, con todos los medios dignos e indignos, nuestra humanísima voluntad de vivir. Sucede que la carta fúnebre no llega a este músico ensimismado en su arte, volviendo siempre a manos de la remitente, cosa sin precedentes en la dilatada historia de la muerte, quien nunca había conocido un fallo operacional.

Sumamente disgustada la muerte decide visitar a la víctima que por razones inexplicables elude la correspondencia fatal, trata de buscar un antecedente, revisa los reglamentos y directrices, pero el suceso del violonchelista no aparece registrado en sus libros, nadie nunca ha escapado del destino que lo lleva a la tumba. Este examen normativo le permite a la parca concluir que puede obrar como mejor le parezca para poner fin a tan incómoda situación, aplicando incluso medios excepcionales. Así que utilizando su ubicuidad decide seguir los pasos del músico, se convierte literalmente en su sombra, va con él a todas partes, incluso a sus ensayos y le observa tocar con atención. Finalmente encarga del envío de las cartas violeta a su guadaña y disfrazándose de una mujer joven y hermosa decide ir en persona a entregar la misiva al destinatario renuente, y no cesa de seguirlo hasta el punto de pagar un palco exclusivo para verlo tocar con la orquesta sinfónica nacional.

En este concierto el violonchelista toca un solo como nunca antes lo había hecho, con un virtuosismo tal que logra conmover a su incansable perseguidora que lo observa monomaníacamente desde el palco. Luego ella lo busca tras el concierto y a partir de aquí el autor urde entre los dos personajes un romance que surge de manera intempestiva; con el trasfondo magnético de la música el uno queda cautivado por el otro, así que la misión fatal es abandonada y sustituida por la atracción mutua, que como en el mundo cotidiano sucede, acaba con la pareja en la intimidad de una cama.Átropos, vencida por la irrupción del amor, decide quedarse con este hombre, de manera que al día siguiente no muere nadie.

Como dijera el propio Saramago “de dios y la muerte no se han contado nada más que historias y ésta es una más entre tantas”, pero dotada de la mágica fabulación de la realidad en la que destacó siempre este narrador incansable; se trata de una fábula en efecto, cuya moraleja nos dice que nuestro status quo social y moral es un artificio endeble al que se puede sumir en el caos con la simple variación en una de su piezas, nada es la vida sin la muerte que la dota de objeto y sentido, sin ella nadie aspiraría a trascender ni a emprender las luchas que han edificado la civilización, es un hecho inevitable, pero aun así más llevadero con la presencia del amor.

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