Elegía de varones ilustres en la provincia de la Villaviciosa de los pastos

CARLOS RESTREPO PIEDRAHITA (1916-2017): CIEN AÑOS DE UNIVERSIDAD

Por Jorge Luis Piedrahita Pazmiño

Primera entrega de cuatro

En plena adolescencia Carlos Restrepo Piedrahita (en adelante CRP) se apareció en Ipiales en apurada pesquisa de su padre, quien le había cursado noticias apremiantes para que viniera a su encuentro. Ese es quizás el momento más doloroso de su vida. No podía evocarlo sin que el espíritu se le conmoviera. Fue aniquilante y triste el viaje hasta El Diviso, a donde llegaba el tren de Tumaco y donde su padre los  aguardaba con seis mulas, para trepar y cruzar el volcán nevado del Cumbal y llegar a Ipiales. “Es un recuerdo trágico, porque a mamá no le alcanzaba el dinero para pagar las mulas y tuvimos que hacer el viaje a pie, que duró cuatro días, con los pies ensangrentados dentro de las alpargatas, durmiendo a la intemperie en los nidos de los perros sin nada qué comer. Éramos cuatro hermanos, dos mujeres y el mayor era yo».

El mayor de seis hermanos, tuvo su infancia en el campo, donde su padre, un obrero de mina, con trabajo, logró tener dos haciendas, ganado, una casa propia y cuatro más de dos pisos. Pero la crisis económica de los años 30 llegó hasta la provincia grecoquimbaya  y Carlos, de 12 años, sufrió   la miseria. Huyéndole, su padre también desapareció. Repentinamente llegó una carta desde Ipiales donde el papá pedía que fueran a buscarlo.

«Qué hacía en Ipiales su papá?» «Era peluquero, de tres centavos corte de pelo y de cinco centavos, pelo y barba. Aguantábamos hambre. La miseria que pasamos fue una cosa atroz, terrible. A veces no había con qué almorzar porque no llegaban clientes”.

«Qué recuerdos le quedan de esa época?» «Me sucedieron cosas importantes, como por ejemplo mi formación religiosa, de rosario diario, con la enseñanza laica en un colegio mixto. El haber ganado mención de honor en un concurso de poesía sobre Quito, con motivo del IV Centenario de su fundación, durante la primera presidencia de Velasco Ibarra. Recibí de premio los cinco volúmenes de la «Historia del Ecuador» del arzobispo González Suárez y 200 sucres que me regaló el embajador de Colombia. Yo vivía con cuarenta sucres mensuales y estaba indocumentado

«Imagínese la celebración con aguardiente. En Quito me vuelvo parrandero y ateo. Terminé el bachillerato en 1935 y regresé a Ipiales  en donde mi padre trabajaba como gendarme de aduanas –trasladada a Ipiales desde Carlosama en 1881-,  un cargo que desempeñé reemplazándolo en las vacaciones del 33 y el 34. A medianoche perseguíamos y emboscábamos a los contrabandistas». De aquella permanencia surgieron sus amigos ipialeños y nariñenses: los Vela Angulo, Manuel María Montenegro, Carlos Córdoba Ordoñez, Raúl Ortega Coral, Alfredo Montenegro, René Córdoba,  Ismael Coral, Luis Piedrahita, Sixto y Nelson Enríquez De los Ríos, …a quienes recordaba con afecto y a quienes sirvió cuanto pudo siempre en homenaje y recuerdo de ellos y de los antiguos externadistas nariñenses: José Antonio Llorente, Aurelio Arturo, Galo Burbano, Francisco Ortiz Cabrera, Guillermo Dávila, Rodrigo Bastidas Urresty, Gilberto Guerrero Gómez, Carlos Cabezas Villacrés, Darío Pantoja, los Vela Orbegozo, Jairo Piedrahita, Jorge León Vera, Alfredo Montenegro Figueroa, Servio Tulio Caicedo

Carlos jamás aprendió a cortar un solo pelo. Estaba empeñado en terminar sus estudios y algo del talento de su padre que a veces escribía versos y se refugiaba en su pequeña biblioteca de 40 libros, empezaba a colarse en su caletre

La escuela de Ipiales solo tenía hasta cuarto año de bachillerato. “Yo debía escoger si irme a Pasto a un colegio de la comunidad de los jesuitas o a Quito, donde mi padre sabía que había un colegio muy bueno. Preferí Ecuador”, pequeño cielo lo llamaba.  Y se matriculó, a finales del 32, en el ya famoso Colegio Mejía el mismo que había regentado –a comienzos de siglo- el sabio ateo y tuquerreño Rosendo Mora, convocado por Eloy Alfaro.

El Instituto Nacional Mejía, en Quito, fue el colegio elegido  para culminar su bachillerato y el lugar que identifica, con una evidente emoción, como el origen de su amor por la literatura y de su pensamiento liberal, asaz revolucionario para su época. El nombre del instituto vino a ser su inspiración, premonición y  provocación.  Vino a ser su nuncio y su mellizo en la biografía comparada y asombrosa de entrambos. José Mejía Lequerica, el titular del nombre, no sólo fue el primer botánico, investigador de la flora ecuatoriana y verdadero naturalista sino que tuvo protagónica e insospechada figuración en las Cortes de Cádiz. Vino a ostentar allá, por casualidad, la representación de la Nueva Granada.

Su jugosa novela la enhebra Germán Arciniegas. Había nacido en Quito, de un abogado de la Real Audiencia -José Mejía del Valle- y una distinguida señora, doña Joaquina Lequerica… que no era precisamente su mujer. El niño fue abriéndose paso en las escuelas por su genio deslumbrante y travieso. A los veintiún años ganaba por concurso la cátedra de latín. Dos años después, algo más sustancioso: la mano de quien fue su esposa, doña Manuela Santa Cruz y Espejo. La fortuna de esta mujer no contaba en dinero sino en algo mejor: hermana del precursor de la independencia ecuatoriana -el famoso Eugenio Espejo- conservaba toda su biblioteca. A los 25 años Mejía Lequerica disputaba por oposición la cátedra de filosofía en el Colegio Seminario de San Luis. El puesto clave. Su antecesor había iniciado a la juventud en Copérnico, Kepler, Galileo. Con Manuel Antonio Rodríguez, en efecto, había comenzado en Quito a girar la tierra alrededor del sol. Siguiendo estas huellas, Mejía Lequerica aplicó el método de Descartes. Lo que había hecho años antes, en España, don Pablo de Olavide. Los frailes dominicanos se pronunciaron contra estas herejías, e impidieron al atrevido catedrático cursar teología, alegando que había contraído matrimonio. Sin voto de castidad nada de teología… Fue removido de la cátedra. Cinco años más tarde se le negó el derecho a recibirse como abogado. Se desenterró una antigua ordenanza según la cual los hijos ilegítimos quedaban excluidos. Lo que sigue en la vida del quiteño queda explicado por estos antecedentes. Quito era para él un infierno. Había que tentar fortuna en España. Cuando llegó a Madrid, España se derrumbaba. Unido al pueblo, luchó en el levantamiento de mayo. Con la derrota, hubo de huir. Quemó cuarenta y cinco días de Madrid a Cádiz, pedáneamente, disfrazado de carbonero. Eso sí, llegó a punto: se preparaba la reunión de las Cortes.

Mejía Lequerica entró a ellas por milagro. Del otro lado del Atlántico no llegaban a tiempo las delegaciones escogidas y se las reemplazó por americanos que eventualmente se encontraban en Cádiz. Mejía Lequerica entró como suplente del principal de la Nueva Granada. En el infeliz carbonero llegado de Madrid, se descubrió al profesor rebelde y perseguido de la Universidad de Quito.

El hombre se convierte, de entrada, en el caudillo de los americanos. En el ídolo del pueblo. “La representación para América no correspondía a la igualdad básica que debería ser el fundamento de unas cortes democráticas. Si la Península tenía 75 diputados ¿por qué todo América sólo 30?” Se comenzaba dando un paso en falso cuando por primera vez se hablaba de igualdad. Mejía Lequerica anuncia la independencia de América si los peninsulares se obstinan en mantener esta desproporción. Ya en la América del Norte había ocurrido algo… Cuando la gran asamblea estaba para clausurarse, Mejía Lequerica murió inesperadamente. Don Joaquín Olmedo, otro ecuatoriano, le rindió el último tributo. En las mismas Cortes de Cádiz los treinta americanos pesaron más de lo que suele imaginarse, y no dejó de ser elocuente que entre esos americanos los hubiera hasta de sangre muy indígena, como el inca Yupanqui, quien «en medio de sus históricos opresores hizo escuchar las quejas y anhelos de sus hermanos indios». De 37 presidentes que tuvieron las Cortes, 27 fueron españoles y 10 americanos.

“Vino la festividad  del cuarto centenario de la fundación de la ciudad –recuerda CRP- y en nuestro colegio abrieron un concurso: un poema a Quito. Participé, y el día de la premiación, hubo un acto con presencia del presidente del Ecuador”, recién llegado de Cali donde se había entrevistado con López Pumarejo. Todo listo para anunciar al ganador, Carlos escuchó: “y está también presente el excelentísimo Embajador de la República de Colombia”.

El inmigrante palideció, pues no tenía documentos para permanecer en Ecuador. El recelo se hizo mayor, cuando anunciaron  que él era el ganador. “Pensé que el Embajador podría ser un agente de policía, que me iba a preguntar por el pasaporte y los papeles de identificación”.

Vinieron los aplausos y una enciclopedia de historia del Ecuador en cinco volúmenes como premio. El Embajador, lejos de tomarlo preso, le ofreció su ayuda. Restrepo le dijo que le gustaría tener trabajo, pero era muy difícil. “El embajador sacó una libretita y empezó a escribir y me dijo ‘toma Restrepo’… era un cheque con 200 sucres, eso eran como 200 millones para mí. Ese fue uno de mis mejores momentos en Ecuador”. El embajador también era letrado, autor de unas memorias, “El parlamento en pijama”, lamentablemente adscrito a la derecha liberal que impugnó muchas divisas de la Revolución en Marcha: Pedro Juan Navarro

 Al terminar el bachillerato, con un desempeño superior en matemáticas, Carlos quiso ser ingeniero de ferrocarriles. Aunque no descarta que su experiencia de llegar a Ipiales a pie haya influenciado su decisión, cree que su anhelo venía desde antes, cuando vivía en Manizales. Con el cartón de bachiller, Restrepo regresó al Quindío a buscar trabajo. Una tía le consiguió puesto de maestro en una escuela de Calarcá. El nuevo profesor –  ¡¡¡ manes de Mejía Lequerica y de don Simón Rodríguez ¡¡!- explicó a sus alumnos el origen del hombre, basado en la teoría de la evolución y sin que en su discurso aparecieran ni Adán, ni Eva, ni la Creación. Escandalizados, los demás profesores lo acusaron ante el rector y lo tildaron de comunista. Carlos fue expulsado y se fue a la calle.

En 1941, Restrepo intentó de nuevo en Bogotá y se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Allí conoció y fue alumno del joven catedrático –apenas mayor 3 años- López Michelsen. En segundo año, se cambió a la Universidad Externado de Colombia, su casa por 75 años.

Maestro de escuela en el Quindío, que menciona orgulloso junto a las dignidades de embajador en Alemania e Italia y ante la ONU, el gobierno de Estados Unidos, o en Viena, Austria, Consejero de Estado, senador. El desenfado para contar que fue gerente de un desconocido periódico en El Ecuador –también fue Director de “El Liberal”- es idéntico al utilizado para relacionar los más de treinta libros publicados que acreditan su trayectoria de profesor, investigador e historiador en el ámbito latinoamericano. Es doctor del Externado desde el 47, donde ha estado tres años de Rector, (mientras el titular Fernando Hinestrosa se desempeñaba como Embajador ante Juan Pablo II),Director del Departamento de Derecho Público, Maestro perpetuo, sobraría contar que su cartón de bachiller se lo dieron en Quito, en 1935, a donde regresó exiliado durante la dictadura Ospina-Gómez-Rojas. También fue perseguido y calumniado por lo del 9 de abril cuando constituyen Junta Revolucionaria para vindicar a Gaitán.

Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, de la Academia Colombiana de Historia, de la Comisión Andina de Juristas, de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya. Por insistencia suya más de una veintena de juristas ecuatorianos son miembros de la Academia Colombiana de jurisprudencia.

Increíblemente  no fuimos sus discípulos en el pregrado toda vez que nuestra  camarilla tuvo la no menor fortuna de lucrarse como catedrático al nunca suficientemente lamentado Manuel Gaona Cruz. Restrepo Piedrahita era titular en el segundo paralelo. Desde luego sabíamos de su metastásica presencia. Ese mismo año de 79 viajó a Roma y presentó credenciales ante Sandro Pertini. Yo lo había conocido unos dos años atrás en el Coliseo Cubierto cuando proclamó la candidatura de Turbay Ayala. Me correspondió, igualmente, ser su Monitor, y tuve el honor de asistirlo en las investigaciones que inició sobre las Constituciones de la Primera República Liberal. Concurrí a las Bibliotecas y Archivos del Congreso de la República, del Archivo Nacional, de la Presidencia de la República a exhumar actas, informes, documentos y memorias de aquel periodo tan apreciado por el Maestro; producto de aquel aluvión fueron sus abultados y preciosos tomos que entregó en 1985 sobre las “Constituciones (“Olvidadas”) de la Primera República Liberal”, (1853-1857)  cuya introducción sustanció en “Manizales, vereda “Guacaica”, finca Charrascal y dedicó a  FANNY, “a cuyo amor inefable y excelso espíritu debo la revelación del secreto de la felicidad y el cálido estímulo cotidiano para mi trabajo”.

Pacientes, reiteradas y esperanzadas búsquedas en numerosos archivos, bibliotecas públicas y privadas, colecciones de periódicos, no fueron favorables para el éxito. Acaso investigadores más afortunados logren excavarlas de donde acaso llegarán a descubrirse más textos que excedan el número de las sesenta y una ya identificadas, confiesa el exhausto paleógrafo.(p.11) O sea que CRP recuperó tres más, si se tienen en cuenta las localizadas por José María Samper y Gustavo Arboleda.

Su producción bibliográfica es avasalladora: «Las facultades extraordinarias, pequeña historia de una transfiguración”, vigoroso alegato en contra de la delicuescencia de las instituciones;  “25 años de evolución político constitucional”; “ Tres ideas Constitucionales”; “Constituciones de la Primera República liberal” (Cuatro tomos); “Esquicio para una perspectiva histórica del Congreso de Colombia”;   “El Congreso de la Villa del Rosario de Cúcuta”; “Imagen del Presidencialismo Latinoamericano”, “Constituciones y Constitucionalistas”, “Las primeras constituciones de la Nueva Granada y Venezuela”, prólogo a las Actas del Congreso de Cúcuta, prólogo al tratado de Tulio Enrique Tascón, prólogo a la biografía de Ezequiel Rojas que amasó cariñosamente su paisano Gustavo Humberto Rodríguez.

Muy amigo del constitucionalista Alfonso López Michelsen, por las conocidas afinidades del derecho público, era su invitado a tantas ceremonias que organizaba en Casa. CRP fue su alumno y su profesor, según dijo el mismo López en el prólogo que le escribió a los “25 años de evolución histórico-constitucional” y en otras solemnes ceremonias como los coloquios de derecho constitucional que López  aprovechaba para  echar a andar muchas especulaciones científicas y políticas, había sido su discípulo en la Universidad Nacional, en donde se  inició una amistad y admiración mutua de toda su vida. Lo que le sucedió a Caro con Suárez a quien aquél se abstuvo de calificar porque “no se puede examinar a un alumno que sabe más que su profesor”.

El ex presidente lo comparó con el legendario romanista -nacido danés- y premio Nobel Teodoro Monsem por la vastedad y pericia de las faenas paleográficas que ha emprendido y culminado.

En su  enjundiosa  columna  de “El Tiempo”, de finales de 2003, con la que se cierra, precisamente, el segundo tomo de su “Pensamiento Contemporáneo” que le publicó el Externado, López  refirió que “la proverbial discreción de Carlos Restrepo Piedrahíta, que yo llamaría modestia, le ha permitido guardar silencio sobre un hallazgo jurídico importante. Se trata, nada menos, que de los apuntes del primer curso de Derecho Constitucional que, a comienzos del siglo XIX, se dictó en Colombia.

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