En este puerto algo pasó

Premonición de una tragedia.

El mal olor en invierno se hacía más intenso. Además, no parecía detenerse, en cuatro días, el hedor produjo efectos sorprendentes: cincuenta muertos. Los habitantes, que hasta entonces habían soportado con bromas su malestar, parecían en la calle más abatidos y echados al dolor.

El Jefe de Sanidad Municipal dijo al Ministro de Salud, con quien se había comunicado por teléfono, que las medidas tomadas hasta el momento eran insuficientes. Éste le respondió que tenía las cifras de muertos, y que en efecto eran preocupantes, por lo que iba a pedir autorización al Presidente de la Republica para enviar una brigada de salud, La respuesta no le agradó al Jefe de Sanidad, porque recordó que cada vez que había una emergencia sanitaria en el puerto, siempre programaban lo mismo.

El Jefe de Sanidad tomó para sí la responsabilidad de extremar desde el día siguiente las medidas establecidas. La declaración de emergencia sanitaria decretada por el Alcalde, y el aislamiento, fueron decretados. Las casas de los enfermos debieron ser cerradas y fumigadas, y los familiares sometidos a una cuarentena. Al quinto día, llegaron las ayudas por avión, que no fueron suficientes. El día sexto, el número de muertos alcanzó otra vez a los cincuenta, y el Alcalde se quedó mirando el parte oficial del Ministerio de Salud que el Jefe de Sanidad le alargaba, diciendo: “Están asustados”. El mensaje decía: «Declaren estado grave de emergencia, aíslen a Puerto Perla».

A partir de ese momento, se puede decir que el mal olor fue el único asunto por atender en la alcaldía. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa que habían causado aquellos olores apestosos, los pobladores que no tenían la enfermedad pulmonar habían continuado ejerciendo sus labores. Pero una vez cerradas las entradas al puerto por tierra, mar y aire, se dieron cuenta de que estaban incomunicados del mundo, y empezó el pánico colectivo. Desde las primeras horas del día en que el decreto entró en vigor, la alcaldía fue asaltada por una multitud de demandantes encabezados por Jazmín, solicitando mejores medidas.

La orden del Alcalde fue la de separar a los enfermos de los sanos, no importaba si fuesen marido y mujer, madre e hijos, hermanos y hermanas. Pronto, los que padecían las enfermedades pulmonares comprendieron el peligro en que ponían a los suyos y se resignaron a sufrir la separación familiar. Mientras los habitantes se adaptaban a este imprevisto aislamiento, la pandemia del mal olor obligó a poner vigilantes a las afueras de la isla, para impedir que el tren, los barcos y los aviones entraran a Puerto Perla. En el terminal marítimo, los equipos varados, los fardos de madera acumulados en las bodegas, y las grandes filas de toneles de aluminio con el mercaptano, y la tiocetona, testimoniaban que el comercio también estaba paralizado por el mal olor.

La primera reacción fue criticar la administración municipal. La respuesta del Alcalde ante las querellas fue que la prensa no comunicaba de manera oportuna sus boletines. Hasta aquí, ni los periódicos ni las emisoras habían recibido comunicación oficial de las estadísticas de la enfermedad y de los muertos. El municipio tenía ciento ochenta mil habitantes y se ignoraba si esta proporción de muertes era normal.

Para atacar la pandemia del mal olor, el Gobierno nacional había enviado una brigada aérea de salud, que pretendía fumigar con pesticida todas las casas. Fueron los únicos que pudieron entrar a Puerto Perla. Los brigadistas y los ayudantes de la alcaldía que, contribuyeron con un esfuerzo agotador de fumigar no se imaginaban que les esperaban ejercicios mayores y hasta sobrehumanos. Las enfermedades pulmonares y los muertos se multiplicaron en los cuatro extremos de Puerto Perla, como si el viento prendiese y activase incendios en las narices y bocas de todos.

También se presentaron otros problemas. Hubo motivos de inquietud a causa de las dificultades en el aprovisionamiento de las máscaras antigases para protegerse de la fumigación y del hedor, y de los tapabocas para respirar, que crecían cada vez más. La especulación en las ferreterías locales había empezado a cundir y solo se conseguían a precios escandalosos dichos artículos. Las familias pobres se encontraban en una situación muy penosa, mientras que las familias ricas no carecían de nada.

Los negros, que de tal modo pasaban penurias con el aislamiento, pensaban con más nostalgia todavía en los campos y montes vecinos, donde la vida era libre y llena de aire puro. Clamaban que debían dejarlos emigrar hacia la selva, cumpliendo con la bendita suerte de emprender otra diáspora.

La historia volvía a repetirse en el archipiélago. La primera brigada de la Reconstrucción por el incendio, y la segunda brigada de salud que vino a solucionar la peste del mal olor, no dieron resultados. La desgracia en Puerto Perla continuaba.

Un funcionario borracho.

El Personero no cumplía con lo establecido en sus funciones. Había sido un pésimo alumno cuando estudió Derecho en una universidad nocturna de la capital, de allí su demora en graduarse quince años después de haber iniciado. Fue mal estudiante universitario, aburrido, acomplejado, busca pleitos, desanimado, enfermo, impulsivo, tomador de trago, fumador, barrigón, amante de las cartas, y además de todo esto tenía un aliento insoportable. Cargaba el complejo de no haber sido nombrado Fiscal.

Al Personero, nadie lo rondaba. No rendía cuentas de sus gestiones. Se desconocía el paradero de su familia, siempre se lo vio solitario y borracho. Su familia perdió la casa en ese episodio tan desafortunado, cuando la marea alta se la llevó, y casi al mismo tiempo fallecieron la mamá y la esposa, y él se quedó viviendo en un hotel. De la casa solo quedó un terreno sucio, el cual, con el pasar de los meses, quedó empeñado en la tienda donde le fiaban el licor. Con tantos problemas familiares, el Personero terminó alcoholizado.

Los concejales lo eligieron de Personero para devolver favores al cacique político, pero fue un daño para el archipiélago porque el tipo ya estaba enfermo, y no daba con bolas en su trabajo. La comunidad solo atinaba a murmurar que las tres catástrofes de la historia de Puerto Perla habían sido: los incendios, el tsunami, y el actual Personero.

Los obesos.

Para más problemas, el grupo de obesos del archipiélago había presentado tutela al Personero, porque sus derechos humanos estaban siendo atropellados con el matoneo que les hacían alusivo a que comían demasiado, y además, porque no tenían un medio de movilización digno y práctico para desplazarse en caso de una emergencia. Hasta el momento no les habían respondido.

Las dificultades de vivir con esa obesidad eran muchas. No podían hacer lo que hacían los demás, y estaban obligados a vivir solitarios arrastrando una limitación total. Para ir al médico tenían que llevarlos en la vieja carreta de caballo, que servía también al Raja- muertos para recoger los cadáveres del archipiélago. Sufrían la incomodidad de no poder defecar en los excusados públicos, apostados en sitios estratégicos cercanos al mar, porque sus voluminosos traseros no cabían en los armazones de madera dispuestos para tal fin; tenían que hacer sus necesidades fisiológicas en solares desocupados en donde nadie los viera. Las famosas tartamudas, recogedoras de mierda a domicilio, que utilizaban para tal oficio unas latas desocupadas de manteca, y valoraban su precio con la medida de una regla de madera, evitaban pasar por las casas de los obesos, porque era tanta la mierda que ellos evacuaban que las latas de manteca quedaban rebosantes.

De jóvenes tuvieron tendencia a la obesidad, y con los años empeoraron sus hábitos alimenticios. No podían asistir a los bailes los sábados en la tarde porque ninguna jovencita les aceptaba salir a bailar. Recordaron en ese momento la contrariedad que los hizo pasar el Jefe de Sanidad, cuando se presentó la peste del mal olor en las axilas. Mientras cada persona utilizaba una barra del desodorante Sudora, a los obesos los obligaron a usar dosis triple, porque sudaban copiosamente. Con el tiempo, todo se complicó. Por su estado de ansiedad y depresión se encerraron en sus casas, a leer cuanto libro cayera en sus manos, y solo dejaban la literatura cuando se reunían a comer en abundancia. Esperaban la ayuda del Personero, o, que la muerte los salvara de aquel estado denigrante, que se veía más agravado porque no podían desplazarse como los demás habitantes de Puerto Perla, en caso de que se presentara otro incendio o un tsunami. Estaban resignados a que la candela o la marejada se los llevara, porque ya no aguantaban más la displicencia del Personero, y la ofensa de la gente que les decían que comían más que «la llaga de Merejo, al que la propia llaga se le comió una pata de palo».

Entre los obesos decían que, Dios no quiera, pero que ojalá Merejo infectara todo este pueblo, por burlarse de él y de nosotros. En vano reclamaron, pues el Personero no presentó la demanda al Juez. Ellos eran compadres, y habían hecho un pacto de no agresión con las demandas. El Juez no tenía problemas para resolver los asuntos de la sana convivencia en Puerto Perla, debido a que el Personero no había presentado queja alguna. También el Fiscal casi nunca elevó denuncia contra la mala administración municipal. Con las pocas demandas que prosperaron alguna vez, el Juez se limpió el trasero con las citaciones a sus compinches.

Agarrados con los pantalones abajo.                                                                                                    

Al octavo día de la pandemia, estando el Jefe de Sanidad en el dilema de qué hacer, llegó un grupo de marineros del buque pesquero de los portugueses, estresados porque habían escuchado en alta mar que venía una gran ola originada en el mar del Japón donde había temblado. Lograron atemorizar al resto de la población, produciendo un pánico colectivo, que los motivó a tomar la decisión de huir de Puerto Perla.                                                                                                                                   La simultaneidad de los dos desastres, de distinta naturaleza, el mal olor y el supuesto maremoto, ofreció al Jefe de Sanidad la oportunidad para revisar «a las carreras» los polvorientos archivos sobre el estrés crónico producido entre sus víctimas, y hacer un plan de evacuación del archipiélago .Los desastres naturales en Puerto Perla habían puesto de manifiesto que estaban indefensos ante las fuerzas naturales, mientras que, en los desastres provocados por el hombre, se había demostrado una pérdida de control junto con la tendencia a culpar a otros de la catástrofe. Fue cuando, solicitó programar unos talleres para mitigar el estrés en la población. Pero, el Alcalde le respondió que estaban en una situación delicada, y que, en el caso de la pandemia del mal olor, y ante un posible Tsunami, tenían que dar la orden de correr, y organizar la evacuación de inmediato porque se acababa el aislamiento.

La evacuación se hizo por aire, mar y tierra. A pesar del pánico colectivo que se apoderó de todos, tuvieron que reunirlos por familias, y que, la cabeza del hogar diera las órdenes. Sólo los obesos tuvieron problemas, puesto que al sonar la señal de alarma se encontraban en los excusados públicos, y tuvieron que parar la evacuación intestinal. Pero, se incorporaron con cierta rapidez a su grupo, aún con los pantalones abajo. Todos los movimientos los realizaron de prisa, pero sin correr, sin atropellar, ni empujar a los demás. Las personas abandonaron sus casas en silencio, con sentido del orden, y ayudaron a movilizarse a los que tenían dificultades como los enfermos y el grupo de gordos. De un momento a otro, el puerto quedó abandonado, y sus moradores reconocieron que algo había pasado…

 

 

 

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