La carroza de Conchita

Por: Julio Camilo Eraso

Sobre los andenes empedrados de las estrechas calles de la ciudad se escuchaba el suave y pausado golpe de unos tacones. Cuando Conchita recorría las vías la gente la saludaba con aprecio, ella sonreía y respondía con su mano levantada haciendo movimientos a modo de saludo real. Se creía la reina de la ciudady la gente aceptaba su rol porque gozaba del afecto de todos por su dulzura y coquetería, pensaban que esa actitud era producto de algún desajuste mental, mientras que otros consideraban que era deliberado, como una forma de destacarse entre las damas de su tiempo. A decir verdad, Conchita era una persona lúcida en todos los temas, excepto por la desviación mental que era ese delirio.

La Reina asistía, con o sin invitación, a eventos religiosos, políticos, culturales y sociales, en los cuales derrochaba energía y entusiasmo, para luego desaparecer del escenario con discreción. Su estatura baja, piel blanca, cabello castaño claro, ojos almendrados. Tenía  unos nacientes rayitos blancos y unas cuantas líneas en su rostro  daban cuenta de su edad. Se destacaba por portar vestidos relucientes con colores fuertes en sus actividades diarias y en ocasiones solemnes brillaban sus lentejuelas y canutillos al igual que el velo que caía de su sombrero, todo complementado por cartera y zapatos vistosos. A su paso las miradas curiosas de la gente seguían el rítmico andar de su delgada silueta.

Las pocas personas que conocían su realidad sabían que la familia Ibarra la alojaba en su casa, en el barrio Las Cuadras, y le patrocinaba, junto con algunos vecinos, sus actividades y aventuras.

Tuve la oportunidad de compartir con ella una tarde, en casa de unos amigos que al igual que otras familias la invitaban, de vez en cuando, a tomar onces para escuchar sus desvaríos y sueños. Ese día, después de saborear un café con pasteles de queso, recuerdo que declamó varios poemas de Gabriela Mistral, desde entonces no olvido estos versos:

Riqueza

Tengo la dicha fiel
y la dicha perdida:
la una como rosa,
la otra como espina.

            Por esos días visité el taller del maestro Alfonso Zambrano, el mejor tallador de madera de la región y ganador, en varias ocasiones, del primer puesto en el concurso de carrozas de los carnavales de Pasto. Mientras me hacía un recorrido por su taller y me mostraba obras terminadas listas para remitir a Europa y otras en desarrollo, escuché un comentario con sus colaboradores sobre la tarea que tenían pendiente para seleccionar el tema para la carroza de 1963 que debían entregar a finales de marzo para consideración de los organizadores del carnaval.

            El maestro Zambrano tenía reconocimiento tanto en Colombia como en Europa por sus tallas, en especial de crucifijos hasta de siete metros de altura, varios de los cuales se encontraban en importantes iglesias europeas. Además de este oficio, tenía como afición y a la vez como reto personal la construcción de carrozas para el desfile central del carnaval de negros y blancos.

            En la reunión con sus colaboradores Zambrano les planteó la idea de tomar como tema central para la carroza el personaje de Conchita ─la reina de la ciudad─. ─Miró al grupo con seguridad.

            ─Me parece excelente idea porque es un personaje querido y además le haríamos un homenaje en vida a una figura que participa de forma activa en los carnavales ─comentó es asistente más cercano a Zambrano.

            Una vez que el tema fue aprobado por el grupo, el maestro invitó a la Reina a una reunión en la cafetería El Mono. Ella asistió con un vestido rojo encendido, sombrero, zapatos planos y cartera, todos de colorines. Apenas Conchita asomó a la puerta, el maestro Zambrano le dio un abrazo, acomodó la silla y le dijo:

─Reina, hacía tiempo deseaba hablar con usted y finalmente tengo ese gusto. ¿Qué le apetece? ─la mirada del maestro la recorría de pies a cabeza para detallar su atuendo.

─Maestro, yo lo admiro por sus obras y siempre había querido conocerlo en persona. Le agradezco mucho la invitación. ─La Reina colocó el sombrero sobre un asiento y se quitó los guantes─. ¿Qué me sugiere tomar a esta hora?

─Esta cafetería es famosa por su avena helada. La podemos acompañar con un bizcocho o un pastel de queso. ¿Le parece? ─Sugirió Alfonso con un guiño.

El escultor le contó su idea para la carroza que planeaban elaborar. Le describió el proyecto, pidió su opinión y solicitó su consentimiento. Ella por supuesto, miró al artista, luego al techo, después a la ventana y acarició su cabello, buscando ganar tiempo para pensar en la respuesta.

El dueño, que en casos especiales atendía las mesas, se acercó y les preguntó si      deseaban algo más.

─Tráigame otra avena, por favor ─solicitó la invitada con nerviosismo.

─Maestro, acepto con gusto el honor que me hace, le aseguro que con orgullo presidiré la carroza  desde mi trono, portando cetro y corona ─los ojos de la Reina se mostraban entre alegres a intranquilos.

Desde el comienzo del diseño hasta terminar el montaje de la carroza pasaban alrededor de nueve meses. Los autores debían enviar planos y una maqueta para el estudio de la Junta de Carnavales. Si el proyecto era aprobado, se iniciaba la construcción de las partes que, en los últimos días, se armaban e instalaba sobre una tracto mula. Según las normas del concurso, su altura podría      llegar hasta tres metros y medio, algo monumental.

 Mientras la Junta analizaba los proyectos, el maestro contrató un estudio en la Foto Luquemar para Conchita, con el fin de ganar tiempo Las imágenes debían tomarse en varias poses y ángulos, de tal manera que fueran la base para construir su figura lo más parecida posible a la modelo. Conchita llegó al estudio de fotografía con una maleta y un peluquero. Le dijeron que debía posar con vestidos y peinados diferentes para que los artesanos tuvieran amplias opciones para sus diseños. Entonces, se dirigió al fotógrafo y dueño del estudio:

─Le aclaro que estas fotos son para una escultura que el maestro Zambrano me va a dedicar ─dijo moviendo su cabello en forma coqueta─. Ponga todo de su parte para que sean las mejores imágenes de su vida ─lo miró fijo a los ojos.

Del trabajo de esa tarde resultaron cincuenta fotografías. Al salir, le pidió al fotógrafo que le dejara ver las impresiones antes de entregarlas al maestro. Desde ese día y hasta el día del desfile, Conchita debía guardar silencio por obvias razones.

En octubre la citaron al taller de la modista contratada para confeccionar los disfraces. En la comparsa que la iba a acompañar habría princesas y edecanes, Conchita pidió un catálogo de vestidos de fiesta y escogió uno dorado con brillantes, zapatos con tacones de doce centímetros, para quedar a la altura del edecán, aretes largos y peinado de moña para sostener la corona.

─Mi vestido debe ser el mejor de todos ─dijo ella con voz de mando.

─Trataré de darle gusto de la mejor forma, dentro del presupuesto del señor Zambrano ─afirmó la modista con frialdad.

Mientras el artista y sus artesanos trabajaban en la elaboración de las piezas, como si fuera un rompecabezas, Conchita soñaba con el desfile, se colocaba frente al espejo para probar maquillajes y asistía a pruebas del vestido. En opinión de la Reina, tenía pocos brillantes. En una de las pruebas, le preguntó a la modista:

─¿Cuánto costaría colocarle al vestido el doble de canutillos y lentejuelas? Como está, lo veo pobre porque quiero lucir como la verdadera reina de la ciudad. Mi vestido debe ser fastuoso.

La modista se comprometió a preparar un presupuesto para la siguiente sesión. Entre tanto, la Reina acudió a sus patrocinadores para pedirles dinero que permitiera mejorar el traje y éstos, una vez más, la apoyaron.

Turistas y residentes, entre los cuales me incluyo, acostumbrábamos a hacer un recorrido el día de negros ─cinco de enero─ por los lugares en donde estaban terminando las carrozas para ver el trabajo de los artesanos, hablar con ellos y entender la temática de su obra.

En diversas ocasiones hablé con el maestro Zambrano quien con amabilidad me explicó el motivo y los detalles de la carroza que estaba elaborando. Ese año estuve allá y quedé sorprendido por la grandiosidad del proyecto. Esperé el esperado Día de Reyes, la ansiada fecha para el desfile magno de los carnavales. Las carrozas debían arribar al sitio de la partida a las ocho de la mañana, para iniciar la marcha dos horas más tarde. Cuando el sol todavía no había asomado, la Reina llegó al salón de belleza par que la peinaran y maquillaran. A las siete y media subió a la carroza por una escalera, con la ayuda de su edecán. Se estremeció de felicidad al encontrar la magnitud que tenía su imagen como figura central de la carroza. En el regazo de la figura había una pequeña tarima con el trono, una baranda a su alrededor y a los lados dos corredores colmados por princesas y edecanes. Su figura en el carruaje levantaba la mano para saludar y luego la llevaba a su boca para repartir besos, con un coqueto guiño de ojo.

El desfile partió animado por un enjambre de personas arremolinadas en el sitio de inicio. Calles, aceras, terrazas, ventanas y balcones estaban repletos de público local así como de turistas nacionales y extranjeros. Como era tradicional, marchaban los participantes en el siguiente orden: disfraces individuales, disfraces grupales, comparsas, grupos de danzas, pequeñas carrozas en bicicleta y, para el cierre, veinte inmensas y espectaculares obras motorizadas del arte para mostrar la inventiva de los artesanos nariñenses. La carroza de Conchita ocupaba el séptimo lugar en el desfile; en ella, ataviado con disfraz, se encontraba el maestro Zambrano quien recibía felicitaciones y, a la vez, daba instrucciones para estar pendiente de todos los detalles durante la marcha      en especial, al cruzar frente al jurado.

Durante el desfile Conchita derrochó alegría y entusiasmo. Por tramos se ponía de pie, agarrada de la baranda y protegida por su edecán, bailaba, saludaba y repartía dulces y serpentinas Si el vehículo avanzaba a velocidad media, prefería usar su trono. Para mantenerla hidratada, el edecán le ofrecía frecuentes vasos de agua que, hacia la una de la tarde, causaron una situación imprevista.

─Necesito un baño con urgencia ─le dijo Conchita angustiada al oído de su edecán.

En la carroza estaba dispuesto un orinal para hombres, pero no instalaron un baño para damas porque según el director “ellas toman menos y aguantan más”.  El edecán, ofuscado, buscó una solución para sortear el apremio de la Reina. Era imposible pensar en bajar a buscar un baño porque el desfile no daba espera y, además, los andenes estaban bloqueados con vallas.  Después de mucho pensar concluyó que el único recurso era usar un balde que el conductor llevaba en la cabina. Afinar la puntería de Conchita sin que fuera a estropear el vestido requirió de cuatro personas que la sostuvieran en posición de equilibrista, mientras un grupo de princesas, con la mayor discreción, rodeaban su cuerpo.

     A su paso generaba aplausos y vítores a los cuales la Reina respondía con su mano en alto, una sonrisa y un guiño. Al pasar al frente de la tarima de las autoridades, Conchita se puso de pie, bailó, les envió besos y serpentinas. El gobernador, el alcalde y sus secretarios respondieron con vigorosos aplausos.

Por mi parte, había alquilado un balcón amplio en el que cabía toda la familia. Justo al frente nuestro la carroza quedó atascada por unos cables de energía eléctrica. No se supo si el carruaje excedió la máxima altura permitida o si los cables de descolgaron. Ese impase cortó el desfile mientras auxiliares con largas varas levantaban los cables para permitir el paso de la carroza. Ese pequeño accidente me dio tiempo para tomar fotos, filmar y saludar a la dueña de la carroza.

Una cuadra más adelante, se encontraba la tribuna del jurado. En ese sector los vehículos se detenían para permitir un examen minucioso de sus detalles y la toma de notas por parte de los calificadores. La orquesta interpretó el himno folclórico local, la canción La Guaneña, al escucharlo, la Reina bailó con su edecán mientras los compañeros de carroza hacían un círculo a su alrededor.

Al finalizar el desfile, hacia las seis de la tarde, al frente del hotel Morasurco, la comparsa y la orquesta bajaron del carro y ayudaron a Conchita quien estaba exhausta y no podía mantenerse en pie. El esfuerzo de diez horas había sido extenuante. Un grupo de seguidores la llevó a la cafetería del hotel en donde la atendieron en busca de su recuperación.

El maestro Zambrano llegó a buscarla, le agradeció y la felicitó por su destacada participación.

─Reina, estoy feliz por el éxito de nuestra participación y tengo fe en un buen resultado. Usted fue la motivación de esta carroza y su presencia generó el fervor  y la acogida del público.

El maestro se percató de que Conchita no lo escuchó porque estaba desgonzada en el sillón y con los ojos entrecerrados. Los funcionarios de emergencias del hotel la trasladaron al Hospital San Pedro en donde los médicos concluyeron que había sufrido un accidente cardio respiratorio y ordenaron su hospitalización.

Los creadores de las carrozas esperaban con una mezcla de ilusión y angustia la calificación del jurado. La mayoría de ellos habían invertido sus ahorros más algunos préstamos en sus proyectos. Obtener uno de los cinco premios les permitiría recuperar los gastos y en ciertos casos, obtener una pequeña utilidad,      más que el dinero buscaban, el honor y el reconocimiento. Pero no podían quedar arruinados.

El siete de enero, hacia el mediodía, la Junta divulgó los resultados de los concursos. Al maestro Zambrano sólo le interesaba el último grupo ─el de las carrozas─, así que fue directo al final del listado. El artista dio un salto de alegría porque había ganado, una vez más, el primer premio. Para su sorpresa, la Junta otorgó un premio especial, en forma excepcional, como reconocimiento a la labor de Conchita, por su continua y entusiasta participación en los carnavales y por contagiar a al gente con su energía y vitalidad. Le otorgaron un diploma y una bonificación en efectivo de tres millones de pesos, algo nunca antes visto.

Permaneció dos días en cuidados intermedios. La familia Ibarra y sus vecinos la visitaban a diario y el maestro Zambrano iba al hospital mañana y tarde, con el diploma en mano, buscando un momento de lucidez para darle las buenas noticias. Al tercer día, a pesar de los esfuerzos del cuerpo científico, los galenos ordenaron trasladarla a la UCI e intubarla. No alcanzó a enterarse del triunfo de la carroza, ni del premio otorgado a ella y a su vida carnestoléndica. Cual mariposa de colores brillantes, con rostro plácido y una sonrisa tierna, se elevó al infinito.

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