La conspiración

Por: José Luis Chaves López

Loa años no han pasado impunemente sobre mí; es más, creo que se han quedado y la túnica que llevó, como distintivo del rango que tuve, tiene menos arrugas que mi cara.

Después de ostentar el cargo de Sumo Sacerdote en el Tempo y de dirigir el Sanedrín, ahora paso mis últimos días en la casa veraniega que poseo a las afueras de Jerusalén. Se asienta en un monte que la habladuría de la gente llama del “mal consejo”. Luego entenderán porqué.

Soy Joseph Kaiapha (Caifás). Judío practicante y profundamente devoto; pertenezco a la facción de los saduceos y, junto con mis correligionarios, no creemos en la resurrección de los muertos. Aunque, ahora, con todo lo que ha sucedido en estos años recientes, ya estoy poniendo en duda esto.

Durante los 18 años de mi ejercicio sacerdotal me dediqué a proteger a mi pueblo de la furia romana, que como llama se prendía, ante nuestras manifestaciones religiosas. Me esforcé por mantener las mejores relaciones con los procuradores romanos y con mis buenos oficios logré que estos nos permitieran tener el Templo y seguir adorando al Único y Verdadero y dirigir nuestras oraciones a Yaveh. Y, aunque suene petulante, lo conseguí. Los romanos respetaron el Templo y nos permitían practicar nuestra religión y nuestros ritos. Sin religión no seríamos Pueblo de Dios y sin Templo no seríamos nación.

Pero, ¿cómo llegué a esta situación? Viejo y sin cargo. La culpa es del galileo. Desde mi encuentro con él y sólo 3 Pascuas después, mi vida cambió, pues el Legado de Siria, Vitelio, me destituyó. Haber pedido su muerte ante Pilatos y luego perseguir a sus seguidores nazarenos para evitar que siguieran difundiendo esas locuras funestas de un nuevo reino que proclamaban, me trajeron más males a mí que a ellos. Hace ya 36 años de la crucifixión del hijo del carpintero y la vida en Jerusalén está cada vez peor. Para completar este panorama, hace 4 años, los nazarenos iniciaron una insurrección y Roma no tolera estos levantamientos. El general Sexto Galo avanza, desde Damasco, hacia mi ciudad al frente de una Legión. ¡Diez mil soldados sedientos de sangre! Curtidos en aplastar levantamientos y sofocar cualquier resistencia.

Ante esta situación, los nazarenos ya huyeron de la ciudad. No pudimos vencerlos, y parece que Roma tampoco podrá hacerlo. Como plaga se multiplican y, con su nueva doctrina, nos acarrean tantos males que terminarán por socavar nuestra nación, primero pisoteada por la bota romana y ahora, ellos, sin armas, nos vencen a todos. Yo soy testigo que nada de lo predican sobre su fundador es cierto. Lo conocí, lo enfrenté y lo vencí. Conseguí que Pilatos lo condenara a morir en la cruz y creí, ilusamente, que todo había acabado en esa víspera de Pascua. Cuando supe de él no podía soportarlo. Inimaginable que se diera a sí mismo los atributos de Dios y hasta se atrevía a llamar Abba (querido papá en arameo) a Yaveh. ¡Tamaña insolencia!

También pensé, otra vez ilusamente, que, muerto su líder, sus seguidores se dispersarían. ¡Tonto de mí! Ahora el crucificado tiene más seguidores que cuando vivía. Además, me acusan de ejecutar a su maestro y recuerdan lo sucedido hace 33 años. Ellos no saben qué pasó en esta misma casa unos días antes de esa Pascua y tampoco lo que pasó la mañana siguiente en el Pretorio. Me culpan a mí y justifican a Roma. Están equivocados, fue Roma la que evitó que un agitador sublevara al pueblo y por eso lo crucificó. Me acusan de oportunista, pero yo sólo quería que nuestro pueblo viviera en paz y por eso buscaba acuerdos con los romanos y, pensé, que la muerte del galileo nos conseguiría la tranquilidad que anhelábamos. Roma ya no se metería con nosotros, pero no fue así. Su muerte trajo más conflictos y la mentira de su resurrección fue el combustible para que se encendiera la rebeldía que se manifestaba a través de la nueva forma de vida que sus seguidores proclamaban.

Yo, ya lo había dicho esa noche aquí en mi villa: “conviene que muera un solo hombre y no que perezca la nación entera”. Es cierto que pedí a Pilatos la muerte de un judío, y eso no me enorgullece, pero lo que yo buscaba era que prevaleciera la convivencia. Quería que Roma nos dejara en paz para seguir adorando a Yaveh… para seguir siendo pueblo de Dios.

¿Cuánto duró esa tranquilidad una vez muerto el galileo? Creo que apenas unos 50 días. En Pentecostés, cuando nos reuníamos para dar gracias por las cosechas, sus seguidores volvieron a levantar al pueblo, diciéndole que el muerto estaba vivo y que, de eso, ellos eran testigos.

¿Qué hice mal? Durante mis 18 años dirigiendo el Templo me esforcé porque romanos y judíos viviéramos en concordia. Pero, un galileo y unos burdos pescadores acabaron con mi propósito y llevaron a nuestra nación al desastre. Y, ahora, Roma viene a destruirnos.

El emperador Tiberio nos gobernaba, pero era yo quien velaba porque nuestra fe se mantuviera. Me acusaban de vendido y amigo de Roma, cuando lo único que buscaba era que Israel viviera. Me decían que era un colaborador del imperio, pero no me reconozco ni servil, ni sumiso. Soy político, lo acepto, y ¿qué es la política sino el arte de buscar lo mejor para el pueblo, para la “polis”? Y, durante 18 años, lo conseguí, hasta que me topé con el galileo. Yo pedí su muerte porque quería que mi nación viviera, pero parece que fue en vano. Roma, con sus legiones, se acerca para aplastar la rebelión y, de paso, aplastarnos a todos. Seremos ejemplo para otros pueblos de lo que sucede cuando se enfrenta al Imperio.

El causante de mis males fue el galileo. Esa noche que lo enfrenté, le pregunté si él se creía Dios. Estábamos solos. No lo juzgó el Sanedrín, estuvimos los dos únicamente. No podía hacer público nuestro encuentro por temor a que seguidores alborotaran y, posiblemente, destruyeran la ciudad. Yo lo había estudiado y lo conocía mejor que sus discípulos. Conocía sus sermones y ese estilo particular de enseñar a través de parábolas. Sabía de dónde venía, pues no podía enfrentarlo sin conocerlo y sin saber su origen. Volví a preguntarle si se reconocía como hijo de Dios y su respuesta fue el silencio. Fijó, sin altivez, su mirada en mí y se mantuvo porfiado en su silencio. No dejó de mirarme, y ni siquiera parpadeaba. Creo que teníamos la misma edad, pero se distinguía su porte y. si bien mi presencia intimidaba a todos, a él, sin embargo, no se le notaba ni temor, ni miedo.

No se reconocía “hijo de Dios” e incluso a sus adictos, porque no eran sólo seguidores, les prohibía llamarlo así, pero hablaba y se portaba como si lo fuera. Su manera de orar y de llamar a Dios, Padre, lo ponía de manifiesto. Le pregunté y le insistí: ¿eres hijo de Dios? Sin dejar de mirarme murmuró: “no blasfemaré”. Lo dijo varias veces, con absoluto convencimiento. Pero, yo que lo había estudiado sabía que llevaba casi 3 años blasfemando, realizando signos que sólo Yaveh puede hacer.

Mi intención era hacer que se mantuviera la convivencia entre romanos y judíos y, ahora, teniendo en frente a este hombre debía llevar a cabo mi decisión: “conviene que muera un solo hombre y no que perezca la nación entera”.

Y lo llevé ante Pilatos.

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