La radiografía de un país llamado Colombia

Fotografía: Miguel Garzón Guerrero

A propósito de la novela “La guerra sigue llorando afuera.

 

Por: Darío Villamizar Herrera*

  

Si la memoria no me falla, en estos tiempos en los que más falla la memoria, me encontré con Arturo Prado Lima, hace unos 18 años, en Quito, Ecuador, cuando se adelantaban los proceso de paz de que habla  “La guerra sigue llorando afuera”.

En aquella época, Arturo Prado Lima se encontraba viviendo su primer proscripción. Y muy próximo a recoger la cosecha de su inicial siembra. Su primer libro, “Cuando seamos libres de cuchillos”, vio la luz en febrero de 1991, en Quito. Como no todos los lectores bogotanos y de otros lugares conocen la poesía de Arturo Prado Lima, su significado y su condición, es preciso leer un  poema de su primer libro:

 

“Donde pongo este dolor/ amada rebeldía,/ donde siembro este verso de mil fuegos/ si me quemaron la casa con mis libros,/ como quemaron la historia de mis libros…”

 

Dos años más tarde lo encontré en Pasto, muy cerca de su natal Chambú, y ya se aprestaba para recoger la cosecha de su segunda siembra. Un nuevo libro titulado “Así es nuestro siempre”, publicado en marzo de 1993. Escudriñando en este libro me encontré con un poema dedicado a sus hombres y a su guerra:

 

“…No traemos derrotas en el alma,/ no cargamos remordimientos en las cejas,/ tampoco nos queda nostalgia por el fuego en el combate/ y lúgubres triunfalismos como piedras negras.

No, no cargamos un revolver detrás de la mirada,/ ni una traición se cocina en cada lúdica vereda…”

 

Seguramente, el trabajo poético de  muchos años y sus tantos exilios, voluntarios y otros no tanto, incluso dentro de su mismo silencio,  llevó a Arturo Prado Lima a encontrar el lenguaje y estilo necesarios para la redacción de su novela anterior y este nuevo libro. Las guerras, la poesía, el exilio, la nostalgia, el desgarramiento, la certeza de que la literatura es el lenguaje de los que siguen apostándole a la vida y a la esperanza, son, pues, los elementos de esta nueva obra.

 

Su tercera siembra, el libro  “De gritos y tardes femeninas”, publicado en 1997, no lo conozco. Lo que quiere decir que nos dejamos de ver por un tiempo. Después lo veía  ejerciendo el periodismo de televisión para alguno de los noticieros nacionales. Hace unos años nos volvimos a encontrar en Bogotá, cuando  empezó a vivir un nuevo viaje interno. En esa ocasión estaba abonando la tierra para la cosecha de su primera novela. Me sorprendió con los aun borradores de la obra “La guerra sigue llorando afuera”.   El escritor tiene dos tareas difíciles: escribir y  encontrar quien le publique lo que escribe. Golpeamos entonces algunas puertas pero no fue posible. Afortunadamente estaba la mano generosa de  Gloria Quiceno, que permitió esta su cuarta cosecha.  

 

“La guerra sigue llorando afuera” es una novela épica, que narra las aventuras y desventuras de un país en guerra, con sus secuelas de exiliados, perseguidos, refugiados y muertos. Una novela con rasgos autobiográficos recogidos en los viajes, no siempre voluntarios, de Arturo Prado Lima,  tanto dentro como fuera del país.

 

¿Acaso la historia de los personajes de la novela como Gustavo de Alba, Santos Mendoza, o la de  Toño, Pao o Pinzón Robayo, no son  las historias que a diario conocemos?   ¿Acaso esas historias no son el vivo retrato de cada uno de nosotros?. ¿Acaso San Vicente del Corral, como lo llama en la novela, no es cualquier pedazo de nuestra propia tierra?

 

 El siguiente pasaje lo demuestra: “Conoció un rosario de pueblos detrás de largas cercas de espinos, cruces blancas y  cementerios grises a punto de saturarse en sus propios patios donde los alcaldes, atrapados en el centro de la tormenta, declaraban la emergencia sanitaria y económica para abrir nuevos cementerios; pueblos flotando en las herraduras pegadas en los umbrales de las puertas por donde salieron los miles y miles de hombres que hicieron las treinta y dos guerras civiles del coronel Aureliano Buendía y las siguen haciendo a nombre de cualquier cosa en medio de un olor a pólvora que se eleva por encima de los reinos de mangos dispersos por todas partes. Todo un país, en fin, que ya no era el suyo, y cuya nostalgia, también, hubo de perseguirlo, incluso, hasta después de su muerte y resurrección; un lugar de nadie. Los pedazos de país rodaban por los caminos en manos de la insurgencia revolucionaria, en los fusiles de la delincuencia común, en las esquinas curvas del odio y de la usura, en las oficinas de los congresistas, en los cuarteles de los traficantes de droga y en las bayanotas de las Fuerzas Armadas y sus brazos clandestinos…”

 

Me pregunto si esta no es la radiografía de un país que se llama Colombia.

  

*    Darío Villamizar Herrera es Escritor e historiador. Autor de “Aquel 19 Será” y la más reciente biografía de Jaime Bateman Cayón publicada por Editorial Planeta

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