Las desgranadoras de maíz

Por: Julio Camilo Eraso E. – 2022

Mapachico es un pequeño caserío, con una única calle angosta y estirada, en tierra y pasto, de dos cuadras de largo; al lado y lado se levantan casas blancas, con puertas y ventanas verdes, azules o rojas, techo de paja; aquellas de los más adinerados, tienen tejas de barro. Entre la guardia de honor que conforman erguidos eucaliptos aparecen la cruz y el campanario de la capilla a cuyo lado se aprietan los ventanales de la escuela. Para enmarcar el caserío  se yergue imponente el volcán, que muestra en sus faldas  rasguños de piedras incandescentes que descendieron en las últimas erupciones. Su cima, achatada en el centro, está coronada por nubes de todos los grises que resplandecen  con los rayos del sol en medio de un cielo azul; el paso de los años y los cambios ambientales han derretido su cabellera blanca que ahora sólo aparece en lo más alto de forma esporádica.

A pesar del sol radiante, el viento helado de la mañana cala los huesos cual una mañana de invierno londinense; los niños, con formación de aves en sus vuelos migratorios, caminan hacia la escuela en medio de risas y gritos; llevan maleta de cuero con vocales de colores, ruana hasta las rodillas y una jigra, en malla de cabuya, con los útiles terciada sobre el pecho.

Los adultos desfilan hacia sus trabajos agrícolas. Las mujeres, típicas ñapangas, lucen follado ancho que llega hasta los tobillos;  pañolón con flecos de seda sobre sus hombros, blusa blanca con arandelas bordadas y alpargatas con un arcoíris pintado en el empeine; los hombres visten pantalón oscuro de dril, ruana grande, sombrero de paño, alpargatas y jigra con almuerzo y bebidas. El desfile se diluye cuando los jornaleros toman múltiples trochas hacia su sitio de trabajo. Unos minutos más tarde el caserío queda desierto, igual que en un día con toque de queda; sólo se escucha la carrera y el ladrido de perros que  persiguen mariposas, gallinas y palomas.

Un camino, serpentina terracota con bordes de flores multicolores, baja por la montaña; paralela corre una quebrada de aguas claras y cantarinas; el piso, cubierto de piedras lisas ovaladas, está enmarcado por frutales que perfuman el ambiente; al final se encuentra el portal de troncos rústicos y broche de alambre que da acceso a la finca.

Al llegar, hombres y mujeres dejan sus ruanas, pañolones, sombreros y jigras con sus pertenencias y se dirigen a su sitio de trabajo; los hombres van a la cuadra sembrada de maíz para continuar la cosecha y las mujeres caminan hacia un corredor con rombos de baldosín rojos y blancos, a un lado de la casa.

Luz María se sienta al fondo del corredor, al lado de los bultos cosechados el día anterior. Las líneas de la experiencia en su rostro, cual surcos del arado,  se combinan con copos de nieve en el cabello que contrastan con su piel cobriza. Luz quita las hojas y los cabellos dorados a las mazorcas, que quedan como vírgenes desnudas y las deposita en una enorme batea; las hojas se guardan para preparar abono orgánico y su cabellera para  infusiones medicinales. Es la líder del grupo, da instrucciones, aclara dudas, programa descansos y cuenta anécdotas de la vida que sirven de guía a las más jóvenes.

Otilia, con su mano izquierda, alimenta mazorcas limpias a la tolva de la máquina desgranadora que las devora con sus dientes afilados; con  la mano derecha, haciendo movimientos armónicos de su cuerpo espigado, gira la manivela para que la máquina entregue tusas y granos brillantes del maíz a  costales de cabuya colocados a sus lados. Otilia tiene rasgos mestizos, ojos negros profundos, labios jugosos, trenzas largas anudadas con moños de cinta y mejillas sonrosadas por el esfuerzo; de vez en cuando pasa su mano por la frente para recoger gotas de sudor.

Finalmente, Lucía agita con energía los costales para que se llenen uniformemente; cuando están completos los coloca a un lado y los reemplaza por otros vacíos. Lucía es la más baja del grupo, tiene piel trigueña, rasgos indígenas y la forma de su cuerpo muestra sus tres maternidades.

Cada hora las mujeres descansan, toman agua de panela con tortilla, comentan penas y alegrías de su vida y la de sus hijos y vuelven a la faena.

Al medio día sacan la vianda de su jigra y se sientan a la sombra de un viejo sauce llorón para almorzar, charlar, contar anécdotas o chistes y compartir con los hombres que vienen del cultivo a tomar su alimento; destapan puros, hechos con frutos de calabazo, y sirven en mates chicha de jora que los refresca y da energía para la jornada de la tarde. Uno de los compañeros, mirando a Otilia,  rasga las cuerdas de su tiple para entonar una canción de la región:

“El Chambú de mi vida,

gigante roca,

que en sus picachos

se recuestan las estrellas”.

Vuelven a sus tareas hasta cuando el sol comienza a esconderse en medio de las montañas y las sombras cubren con su manto cultivos, árboles y animales; recogen los materiales, ordenan los costales de maíz y caminan de regreso a su vereda, cual fila de palmeras, con movimiento ondulante de caderas, acompañadas por el croar de las ranas, el vuelo y canto de pájaros que se recogen en la copa de los árboles.

Otilia y Arnulfo, con su tiple a la espalda, caminan despacio, se deleitan con el aroma y los colores de las flores del camino. Los ojos profundos y oscuros de Otilia brillan con los rayos azulosos de la luna que despierta, se sienten tan libres como las mariposas que giran a su alrededor; quedan rezagados del grupo. En una curva abren la puerta de troncos y entran al potrero de los terneros, se dirigen al fondo para coger moras; muy al fondo, allá donde no haya testigos de su cosecha de amor.

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