Otra de las suyas

Levanté las manos del teclado y suspiré con satisfacción. Luego de dos largos años, terminaba de escribir el capítulo final de mi última novela de amor con un desenlace triste: La pareja de enamorados debe separarse porque la protagonista Clementina decide priorizar su progreso profesional viajando a un país muy lejano. Luego de festejar con una copa de ron, me fui a dormir envuelto en una paz de la que no disfrutaba hacía tiempo.

     A la mañana siguiente, encendí el computador para repasar el fin de la historia y corregirla si hiciera falta, pero, me encuentro con la sorpresa que el último capítulo ha desaparecido. El hecho no me desanima porque el argumento está fresco en mi mente; presumo para encontrar alguna justificación, que tal vez soñé haberlo hecho, pero, no lo escribí en realidad, cosa que no me extraña, dado que suele ocurrir en la mente febril de los escritores. Entonces, esa noche, acompañado de las estrellas y de un mar en calma, volví a escribirlo.

Luego al día siguiente, al abrir el archivo Word, con preocupación comprobé que la escena había vuelto a repetirse. Entonces, decidí dos cosas: Primero, reescribir el último capítulo, y segundo, llamar al técnico en Informática para que revisara el computador, y diera con la maldita falla que hacía desaparecer de manera recurrente el final de mi novela.

    El técnico se presentó como todo un profesional, me dijo:

 -Yo trabajo a conciencia y me abocaré con exclusividad a su computador. Presumo que el análisis me demandará todo el día, por lo que le aconsejo programar alguna rutina para entretenerse.

Aceptando su consejo, decidí ir a pescar a la playa y de paso bajar las tensiones me estaban agobiando. Cuando volví a casa, caía la noche. Al abrir la puerta, encontré al técnico ensimismado frente a la pantalla, y expresó:

-He leído toda su novela. Déjeme decirle que me ha impactado sobremanera la trama, y como un simple lector, le aconsejo que cambie ese final triste por uno donde triunfe el amor entre Filemón y Clementina. Luego, hizo una larga pausa y agregó: Respecto a su máquina de cómputo, no le he encontrado ningún problema.

Enseguida, se puso de pie, me ofreció su mano y partió.

      Por la noche, revisé por última vez mi novela, ya que atento a las diferencias horarias con Europa, planeaba al día siguiente enviarla con urgencia a mi editor, puesto que se habían vencido los tiempos del contrato, y del éxito que tuviera con este nuevo trabajo dependía una renovación por tres novelas más.

      A la madrugada, me despertó una extraña inquietud, por lo que fui hasta el escritorio para encender el computador. En cuanto abrí el archivo de la novela mis temores se confirmaron: El último capítulo había vuelto a desaparecer. El nuevo incidente me empecinó de tal modo que insistí repitiendo el texto por tres días seguidos, consiguiendo el mismo resultado. Para mis males, desde España me llamaban de forma insistente reclamando la novela. Fue cuando al borde del desespero, y ya casi al límite de borrar toda la novela, recordé el consejo del técnico y me decidí a cambiar el final así: En lugar de partir, en pleno aeropuerto la protagonista Clementina se arrepiente y vuelve corriendo a los brazos de su enamorado Filemón.

Al terminar, envié de inmediato el escrito por email a la editorial sin siquiera corregirlo.

      Al día siguiente, Rodrigo Cañada, mi editor, me confirmó por email la recepción de la novela, me pidió que le diera una semana para leerla y darme su aprobación. Los que siguieron fueron días tortuosos, donde me asaltaron todo tipo de temores; la ansiedad me devoraba, y hasta tuve pesadillas recurrentes en las que la editorial me devolvía la novela con un enorme sello que decía “Incompleta”. No se había cumplido todavía el plazo que el editor me había indicado, cuando escuché mi teléfono celular sonando en el escritorio. Al acercarme, vi su nombre restallando en la pantalla. Me persigné y temblando lo atendí, escuchando del otro lado con un tono de evidente excitación:

-Prudencio, he leído tu novela. Qué te digo, chaval, aquí en la editorial están todos locos con ella. No hablan de otra cosa. Mira, hasta la escena del aeropuerto en donde se marcha feliz la pareja, digamos que me parecía una novela mediocre, de esas que uno cree haber leído mil veces, pero, cuando a la semana de casada, la protagonista Clementina se escapa con el técnico informático a Hawái, joder, Prudencio, ahí la clavas en el ángulo. Sinceramente, conociéndote cómo te conozco, no sé cómo pudo habérsete ocurrido semejante idea”.

Quedé impresionado con ese final, otra vez el computador había vuelto a hacer una jugada de las suyas,

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