Siervos de Dios y amos de indios -El Estado y la Misión Capuchina en el Putumayo-

En el año de 1700 el indígena Carlos Tamabioy, cacique Sibundoy, expresaba su última voluntad en su testamento: “…Estas tales tierras las dejo a mis indios naturales del pueblo de Santiago y a los del pueblo de Sibundoy Grande, que es mi voluntad que las gocen y defiendan si hubiere alguna inquietud de alguna persona mal intencionada…”. Tomamos la anterior cita del libro “Siervos de Dios y amos de indios” del sociólogo Víctor Daniel Bonilla, publicado por Ediciones Tercer Mundo en la ciudad de Bogotà en el año de 1968. Sobra decir que este texto generó una serie de ataques a su autor provenientes de la Comunidad capuchina por cuanto en él se desenmascaraba la tendenciosa usurpación de las tierras indígenas por parte de esta “comunidad religiosa”. En el año de 1913 los indígenas Francisco, Domingo y Diego Tisoy expresaban la triste realidad de su comunidad, despojada de sus tierras y su libertad por las diferentes ordenes religiosas, so pretexto de catequizarlos y evangelizarlos: “No ha de arrebatársenos nuestras heredades ni menoscabar nuestra libertad constriñéndonos a trabajar como siervos de la antigua gleba, so pretexto de convertirnos el alma para llevarnos a un condicional paraíso, atravesando los infiernos de la ignorancia, el pauperismo y el duro vasallaje”. De nada sirvieron sus palabras y plegarias, los indios fueron sometidos, sus tierras expropiadas y sus almas cristianizadas para gloria de Jesucristo y honra y lucro de la comunidad capuchina.
Desde la llegada de los españoles Juan de Ampudia y Pedro de Añasco en el año de 1535 al Valle de Sibundoy los nativos fueron explotados. Ese encuentro de dos mundos significó el atropello hacia una cultura que durante milenios vivió de la agricultura, la caza, la pesca y la recolección de pequeños frutos que comerciaba con poblaciones próximas a su región. Aciago año ese en que llegaron con los conquistadores los hábitos franciscanos y posteriormente capuchinos en su absurda creencia de imponer una “verdad” que nada significaba para la cosmovisión indígena. Para ilustrar el trato ignominioso al que eran sometidos estos nativos del Valle de Sibundoy por parte de los capuchinos mencionemos algunos apartes del Decreto 1484 de 1914 “dictado a instancias de la Prefectura Apostólica”: “Art. 5.- De conformidad con lo dispuesto en la Ley 89 de 1890, los indígenas serán considerados como menores de edad, para los efectos de venta e hipoteca de sus terrenos, y serán nulas las ventas e hipotecas que se hicieren en contravención de dicha Ley”. Despojados de sus tierras, obligados a trabajar gratuitamente para los misioneros Capuchinos y, como lo describe Rufino Gutiérrez, “en esa época comenzó a reforzársela con otro día de trabajo gratuito en honor de la Virgen…”. Ya desde tiempos inmemoriales los indígenas eran obligados a pagar tributo a los curas doctrineros: “…cada uno dos pesos, medio puerco y una gallina por tributo de lo que se sacaba el estipendio el cura, que era el dominico fray Alberto de Montenegro, de cincuenta y dos pesos y quince para el camarico, dos pesos para cera del Santísimo, uno para el monumento del jueves santo y seis con seis reales para el corregidor”. Diezmado y humillado el indio era arrastrado a una miseria material y emocional. Tratado como un inútil menor de edad no le quedaba otra alternativa que sufrir las vejaciones de la comunidad capuchina, denunciadas ampliamente en la exhaustiva investigación de Víctor Daniel Bonilla en su “Siervos de Dios y años de indios”.
Hoy, a cincuenta y cuatro años de la publicación de este libro, proscrito de las diferentes editoriales colombianas, únicamente nos resta reconocer el valor y la intrepidez de este sociólogo, vituperado por la comunidad capuchina y especialmente por Fray Ramón Vidal en su opúsculo “Critica Histórica al libro de Víctor D. Bonilla”, publicada en una separata de la Revista “Cultura Nariñense” (Julio de 1970), dirigida por el Padre Jaime Álvarez, ampliamente analizado en el texto “El Fariseo” del humanista e intelectual Edgar Bastidas Urresty.
Sugerimos una reedición de este libro y mucho mejor que las nuevas y presentes generaciones conozcan la verdadera historia de las cruzadas capuchinas en el valle de Sibundoy.

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