Y los pastusos tuvimos la razón. -Una independencia sin libertad o las memorias de un sometimiento-

Tomado del texto HISTORIAS TRAS LA HISTORIA – 2008.
El 4 de abril del año 1814 El Cabildo de Pasto responde a una misiva del General Antonio Nariño, en la cual conminaba al pueblo del Sur a deponer las armas y acoger las nuevas ideas independentistas so pena de ser víctimas de una incursión por parte de los ejércitos libertadores. Los pastusos responden con franqueza e hidalguía: “Nosotros hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres. De fuera nos han venido las perturbaciones y los días de tribulación…”.
Durante una década se cruzan continuos mensajes entre los jefes realistas y patriotas en un conato desesperado por evitar un fratricidio que, a todas luces, sería un derramamiento innecesario de sangre. Las luchas entre los dos bandos se agudizan y fracasan los intentos epistolares y diplomáticos en su ánimo de conciliar y concitar el interés general. Pasto es sometida a todo tipo de vejámenes: fusilamientos, asesinatos, expropiaciones y destierros.
Es válido recordar que el 24 de diciembre de 1822 el Batallón Rifles comete toda clase de desmanes contra los pastusos, ya vencidos y humillados. Al respecto José Rafael Sañudo afirma: “en la horrible matanza que siguió, soldados y paisanos, hombres y mujeres fueron promiscuamente sacrificados”. Fue tal la sevicia de las tropas republicanas que “La matanza de hombres, mujeres y niños, se hizo aunque se acogían a las iglesias; y las calles quedaron cubiertas de los cadáveres de los habitantes…”.
Pero, nos preguntamos, cuándo y en qué momento Pasto se decidió a defender la causa realista. Acaso la aseveración formulada el 4 de abril de 1814 nos brinde algunas luces sobre el asunto: “Nosotros hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres…”. Para los pastusos era impensable cambiar de estilo de vida por cuanto los días transcurrían en una especie de monotonía feliz. Las mujeres no tenían más afanes que los que impone una buena conciencia ciudadana y los afanes religiosos; los hombres en su parcela producían lo necesario para su sustento, el de su familia y el grupo social en general. No se vivían los afanes que en otras latitudes empezaban a surgir. La producción agrícola era lo suficiente como para abastecer las necesidades de la región; la industria artesanal y textil permitía una vida holgada y tranquila. Se celebraba con estrépito el nacimiento de un príncipe y se consagraba la existencia a unos principios religiosos que mantenían el orden establecido.
La pregunta lógica de los pastusos de aquellos días debió ser: ¿independizarnos, de qué? ¿Cambiar de estilo de vida? ¿Abandonar nuestra tranquilidad por una independencia incierta? ¿Por qué independizarnos? ¿A cambio de qué? Ya las tropas republicanas habían dado muestras de su crueldad, los asesinatos corrían de boca en boca y la nueva clase dirigente había dado indicios de lo que sería el nuevo gobierno. El despotismo y la rapiña se encarnizaron en el suelo colombiano y neogranadino; el lujo, la ostentación y la prebenda aparecían por doquier; se anunciaba la revolución independentista y el pueblo sufría de nuevos dolores y sinsabores donde se advertía el triunfo de unas tropas republicanas ingobernables e indisciplinadas.
En auto y proclama del Cabildo de Pasto de agosto 29 de 1809, podemos apreciar la visión clara y transparente de un pueblo, que adelantándose a los sucesos que posteriormente se presentarían en territorio colombiano, da muestras de su grandeza, pujanza e inteligencia. En dicho auto el Cabildo de Pasto se pregunta cómo se sostendrá la nueva república, de dónde obtendrá los recursos para sostener a una clase que ha dado muestras de irracionalidad e injusticia y, en uso de sus principios intelectuales opina: “veréis recargar los tributos con nuevas imposiciones que constituyan sus vasallos en desdichada esclavitud…”. Esclavitud que nos persigue hasta nuestros días, infelicidad de pueblos y naciones que se sienten incapaces de sostener el esplendor de una casta que se auto erigió como libertadora y revolucionaria, pero que en el fondo no es más que una casta explotadora y opresora. Los paradigmas de la Libertad jamás fueron el sometimiento o la humillación; sus ideales se escriben en el corazón humano y buscan la redención, la justicia social y el crecimiento de los pueblos de una forma ordenada y solidaria. Si miramos a nuestro alrededor nos encontraremos con unas escenas deplorables donde los niños mueren en las calles, las mujeres aferradas a sus hijos buscan la clemencia de unos gobiernos indolentes y la masa de proletarios se desespera ante la frialdad de unas leyes que buscan la ganancia para unos cuantos privilegiados que han hecho de Colombia su negocio particular.
¿Cuál Libertad? ¿Dónde está? ¿En los cerca de 200 años de vida republicana y “libre” hemos tenido un minuto de tranquilidad? De la Patria Boba a la bobera de Patria que tenemos, de las luchas de los generales a las luchas de los grupos económicos. De las muertes en las minas a las muertes en las frías calles de nuestras tumultuosas ciudades; de un patrón a un gamonal o de un asesino a un déspota sin entrañas.
Los pastusos tuvimos la razón, no en vano en 1809 lo afirmamos: “Veréis echarse sobre las temporalidades de los regulares y venderles sus fundos, reduciéndolos a intolerable mendicidad; y últimamente: veréis recargar los tributos con nuevas imposiciones que constituyan sus vasallos en desdichada esclavitud…”. Ya lo vimos, el campesino convertido en mendigo, desposeído de su tierra, harapiento ser que deambula en busca de un patrón a quien venderle su descendencia, sin fundos, sin esperanzas, sin ilusiones que mitiguen sus frustraciones existenciales.
Si, tuvimos la razón cuando nos preguntamos: “¿Con qué otros (impuestos) podrá soportar sus erogaciones la nueva soberanía?” y sentenciamos: “Registradlo en todas las combinaciones de vuestra discreción y no las hallareis”. Y en la misma proclama de 1809 los pastusos les dijimos a los colombianos: “Aquesta es la felicidad pomposa á la patria que nos proponen. Nos alhagan (sic) con palabras vacías de objeto, y luego se verán en la necesidad de arrojar el rayo tempestuoso sobre los miserables que han tenido la inconsideración de someterse a su dorado veneno…”. Un veneno que hace estragos en los colombianos, que impide que florezca la paz, la concordia o el entendimiento nacional; mientras una élite vive en sus excesos económicos, una inmensa mayoría padece el abandono estatal y la desidia de sus gobernantes, enfrascados en una reforma política y en un referendo que en nada contribuyen con el bienestar de los colombianos ausentes de la vida económica, social y cultural del país.
Defendimos con ardor los principios religiosos. Esos mismos principios que hoy son orgullo nacional y que se constituyen en la gran esperanza de las nuevas generaciones. Se nos acusa de fanáticos por exaltar la bandera de Jesucristo, pero, acaso no es este personaje la fuente viva de nuestros más caros anhelos…? Y los colombianos tendrán que reconocer la falta de ellos y el acierto de nuestro pueblo. Ya en el año de 1809 vislumbramos los pastusos la tragedia que se cerniría sobre el país, con el triunfo de una mal llamada independencia americana, apenas unos años más tarde de instaurado el nuevo orden social en nuestro suelo. Solo en aquellos momentos el pueblo colombiano entendió la tragedia que eligió y salió en defensa de los mensajeros de Cristo en la Tierra de Bolívar. Ese mismo día (agosto 22 de 1809), los pastusos dejamos constancia del cataclismo social que se avecinaba: “Volvemos a repetir que los establecimientos que conocemos, no alcanzan; luego es preciso inventar otros extraordinarios…”. Y el pueblo sufrió, y sufre, los gravámenes como única alternativa de sostener a un Estado sumido en la corrupción y el privilegio.
La Patria Colombiana nació con una pata floja y con tres más dislocadas; ante toda emergencia social se acude al bolsillo roto del pueblo, se crean impuestos y se gravan productos básicos de la canasta familiar, una estúpida bola de nieve que genera más hambre y atraso y que luego se pretenderá solucionar con nuevos impuestos y más hambre social. “Veréis echarse sobre las rentas de la Mitra, sobre las de los Prebendados, sobre las de los Párrocos dejándoles una miserable cuota; y en una palabra sobre todo el patrimonio de Jesucristo…”. Cuáles fueron las políticas de los gobiernos subsiguientes a las luchas fratricidas: la muerte de los prelados y la expropiación de los bienes de las comunidades religiosas, pero no para subsanar o calmar el hambre del pueblo sino para alentar los ánimos guerreristas de unos cuantos generales ávidos de riquezas y de poder. El veneno profetizado por los pastusos, que sentían en la distancia el aguijón de una revolución impuesta por simples intereses de clase.
Pero la Historia es una continua resurrección, y en esta resurrección tenemos que decir que tuvimos la razón, que no era la defensa de un nuevo orden social lo que se buscaba en las guerras de “independencia” sino la imposición de una clase emergente y económicamente poderosa. La Colombia del siglo XXI es el resultado de dichas atrocidades e imposiciones, de una ceguera que obnubiló al pueblo colombiano y que únicamente los pastusos tuvimos el valor de rechazar y de denunciar. No es fortuito que nos desangremos todos los días, que mueran cientos de colombianos por causas estériles e inútiles, que defendamos cruzadas que a todas luces son inocuas. A los colombianos les hace falta el valor y el coraje del pastuso, la osadía de un pueblo que se resiste ante las injusticias y, que en infinidad de ocasiones, ha levantado su voz solitaria para defender el destino de la Patria.
Las risas contra el pastuso han sido la forma insulsa como el pueblo colombiano se resiste a aceptar su fracaso colectivo, la forma grotesca de desconocer su propio error, la manera torpe de esconder sus equivocaciones. De nada le sirvió al pueblo colombiano su cuota de sangre en las revueltas “populares” de 1800, su sangre únicamente sirvió para abonar el suelo de otros, de los que en realidad querían destronar a un rey para instaurar la dictadura de sí mismos.
No es fortuito que la Historia nos dé la razón. Las grandes voces siempre han estado solas y han permanecido en el ostracismo social y colectivo. Los pueblos, al igual que los hombres, necesitan ser entendidos en su real dimensión para que sean valorados; no es fatuo afirmar que entre más grande se es, mayor será el odio de los hombres y los pueblos. Pasto, cuna de héroes, de visionarios, de literatos, de mártires y de guerreros; cantera inagotable de lealtad y de patriotismo; fuente eterna de talento, ciudad cantada por propios y extraños, pedazo caro de la patria que reverdece ante el menosprecio de sus hermanos y que se mantiene enhiesta ante el insulto inmerecido de su patria. Pasto, ciudad culta, pedazo del corazón que nos abriga con su Galeras y nos arrulla en su destino de incomprensión ante el embiste de su palabra.

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