Breves apuntes sobre «La Moneda de Bizancio» de Rubén Flórez. Una tradición conjetural en las sombras

Por: Anderson Bernal

Docente de literatura

«A veces la búsqueda misma desata una emoción que impulsa aún más que la perspectiva del hallazgo. Un hecho, un carácter o un objeto que tratas de descifrar siempre traerá ramificaciones imprevistas» [1].

Rubén Flórez

«Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula». (…) «una moneda simboliza nuestro libre albedrío».  [2]

Jorge Luis Borges

Rubén Darío Flórez Arcila (Pijao, Quindío, 1960). Es profesor de la Universidad Nacional de Colombia, escritor, filólogo y traductor. Caballero de la Orden Druzhba de la Presidencia de Rusia por sus aportes al desarrollo de las relaciones culturales entre Colombia y Rusia.

Intro

Tres que son distintos, pero están en uno: el hijo no es el padre y el espíritu no es santo. La moneda no es el secreto y el secreto no es (tan solo) una profecía sino una herencia. Quizás en este texto todo gire, todo derive en (re)vueltas, por tanto, no es de extrañar que la moneda —con la inscripción cabalística— pague con la muerte a quien prolonga su dogma. Antonio Montenegro, quien viajó a Rusia con expectativas, no lo sabía. ¿Pero quién resuelve los enigmas al primer contacto? Un hombre descubre el sentido pleno de la vida, quizá, el mismo día en que la pierde, o cuando, en todo caso, no la puede percibir desde uno de los sentidos que se ha extinguido —como, por ejemplo, la vista en Jorge Luis Borges—.

Involucraciones

Aquí la pérdida es la primera premisa borgeana. Arturo busca al semiólogo Montenegro —aunque esta búsqueda signe su cruzada (su gesta) a estar inscrita, en otras rutas y pieles, ante la muerte—. Las trinidades contienen los pasos teológicos (místicos, esotéricos) del mundo. Los tres catálogos bizantinos, los tres nombres del Judío Errante, las tres versiones de Judas, y «La codicia y los tres poderes que dominan en el mundo» (para decirlo con el título del libro del profesor Atanacio Sanceo Ozuna García).

La pesquisa es auspiciada o patrocinada por Arturo Borges, que, por lo demás, comienza en Pula (ciudad del norte de Croacia). El pueblo de los arcos donde no se puede confiar en nadie; un ciclo que se repite —de boca en boca y de vecino en vecino (diferencia y repetición)—, yendo detrás del secreto templado entre los silenciosos hilos como un soldado de Oribe. El rito iniciático procede en el advenimiento de Arturo Borges, quien vaticina su encuentro con la sombra de los siglos (Ashaverus, El Persa o El Judío Errante). Pero, ante(s) de los signos, tendrá que cruzar por las rotondas y perderse haciendo surcos dentro de las ruinas circulares hasta pararse frente a la fuente cristalina. Luciana Espejo, una mimesis y una poiesis de la naturaleza hecha mujer (transmutada en mito), y, a la vez, la esperanza que nos revela el secreto.

Textualidades (teatralidades, gestualidades, sexualidades)

Antonio Montenegro tiene que hacerse cargo de traducir tres catálogos históricos, que quizás tengan, simbólicamente, el poder de comprar el reino de este mundo y, a su vez, de adquirir el derecho de hacerse comprador del mismo. Interesarse mucho en algo te hace discípulo de ello, eso lo supo Antonio Montenegro viviéndolo, primero, en la figura de Arturo Borges, a quien siguió por cartas (con mucha osadía ante el peligro que impone confiar en un maestro desconocido); robándole, a su vez, el fuego por donde mira y vive el tigre (símbolo de transformación en la poesía de Jorge Luis Borges). Ese robo se materializa en el romance con Luciana Espejo, esposa de Arturo —tal cual como los protagonistas de la novela de Guillermo Martínez «La mujer del maestro»—. Segundo. La ambición y la consecución de la búsqueda del poder tras ver al hombre que está en las sombras (un cuarto texto que revela anticipaciones en la trinidad del catálogo). El engaño, el saberse necesario como timón de un imperio y responder a la tradición de la muerte cumpliendo el papel de verdugo, ante la necesitada errancia de un Persa (quien recibe la dosis de la moneda que pagó con la muerte de quien originó el culto bizantino). Tercero. El sólido, la moneda bizantina, traspasando el valor y el peligro. El sudario de esta moneda hecho ciudad, un laberinto peligroso, para escapar de la otredad (Ashaverus); sobrepasar la alteridad es buscar una nueva y esa se encuentra en el Espejo (como creyera Jorge Luis Borges).

El dominio de Bizancio nos aguarda en las sombras, en consecuencia, no es de extrañar que, de tanto buscar algo, heredemos elementos de esa búsqueda o esa búsqueda sea la herencia misma de esos elementos. Tal vez estemos, en estos tiempos aciagos, bajo el signo del Judío Errante, quien busca, quizá, “compañía” en su laberinto —de su más solitaria soledad—, en un orden social que gira en torno al movimiento monetario. Los hechos de esta novela se suceden en el mundo contemporáneo pero sus simientes vienen del pasado. Rubén Darío Flórez escribió una trama precisa, compleja e intensa, que explora las pasiones humanas desde una moneda. «A cada instante de mi sueño o de mi vigilia corresponde otro de la ciega moneda», nos dice Borges. [3] Y Rubén Flórez, anota,   «No hay más destino que el que hay en un instante. El problema es que nadie ve el momento sino cuando se va». [4]

Bibliografía

[1] Flórez, Rubén (2020). «La moneda de Bizancio». Con prólogo de Anastasio Lovo. Y notas de Hernando Cepeda Sánchez y Ángela Inés Robledo. Ilustraciones de María Dolores Sanabria. Bogotá: RDFA. p. 12.

[2] Borges, Jorge Luis (1949). «El Zahir». En: «El Aleph». «Obras Completas. 1923 – 1972». Edición dirigida y realizada por Carlos V. Frías. Buenos Aires: Emecé Editores, 1974. p. 590, 591.

[3] Borges, Jorge Luis (1964). «A una moneda». En: «El otro, el mismo». «Obras Completas. 1923 – 1972».Ibíd. p. 935.

[4] Flórez, Rubén (2020). Óp. cit. p. 94.

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