Juan Agustín (segunda parte)

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Por: José Luis Chaves López

Juan Agustín Agualongo Sisneros. Es posible que este nombre no suene familiar para muchos, pero si decimos únicamente “Agustín Agualongo” e incluso, sólo “Agualongo”, para todos los que buscamos conocer la verdadera historia, y para los que no, todo se vuelve familiar.

Agualongo es amado por el pueblo pastuso, aunque permanezca olvidado para muchos en Colombia. Por eso, las acciones de un hombre como él no pueden simplemente desaparecer. Esta es la historia, contada desde adentro, del más grande de los caudillos que produjo la respuesta realista a las pretensiones libertarias de Bolívar, que, en vez de liberar, quería someter a su voluntad a los pueblos que conquistaba.

Durante 13 años combatió a los ejércitos republicanos que buscaban expulsar del territorio colombiano a la monarquía española representada por los Virreyes que gobernaban en nombre del Rey Fernando VII, en la Nueva Granada. Y basta decir “Agualongo” para que se materialicen en la memoria pastusa sus luchas y su lealtad a la palabra empeñada de defender la religión católica y al Rey. Nunca negó su origen y, posteriormente, esto sería significativo en el reconocimiento que le hizo el Rey por su compromiso en la defensa de los intereses de la Corona.

– Soy mestizo, de pura raza indígena, tengo apellido de ascendencia española por parte de mi madre, Gregoria Sisneros. Nací en el territorio de los Pastos el 25 de agosto de 1780. Me bautizaron en nuestra Iglesia Matriz de San Juan Bautista el 28 de agosto y por eso, siguiendo nuestra costumbre me llamaron con el nombre del santo de ese día, Agustín de Hipona. En el libro de bautizos, el padre de la Ribera anotó dos datos que me identifican: “legítimo” e “indio”, porque eso soy y de mis orígenes me enorgullezco.

– Como vengo de familia de buena posición económica, mi madre me consiguió un preceptor para que me enseñara a leer y a escribir y prontamente aprendí a hacerlo. Luego, como llegaron a Pasto unos pintores españoles especializados en la técnica de pintura al óleo, también aprendí este arte. Mis padres se encargaron de formarme como hombre de principios y con valores espirituales y religiosos. Esto me ayudó a mantenerme ecuánime en los combates, sobre todo cuando estos finalizaban, para tratar adecuadamente a los vencidos y aceptar con gallardía la derrota cuando me correspondía.

– Los españoles llamaron a mi ciudad, Villaviciosa de la Concepción y con la llegada de las religiosas concepcionistas, también españolas, la encomendaron a la protección de la Virgen María con esta advocación. Con ellos tenemos una especial relación de trabajo y respeto, por eso en esta región no existe la esclavitud, por tanto, somos libres y compartimos con todos los que aquí llegan buenas relaciones de amistad. Le pagamos cumplidamente al Rey Fernando los impuestos que nos reclama y a cambio nos envía los mejores y más preparados sacerdotes y maestros.

– Me casé con doña Jesús Guerrero y tuvimos una hija. Pero, la apacible vida de nuestra Villaviciosa pronto llegaría a su fin y no puede continuar con mi afición por la pintura porque me afectó profundamente saber que, desde Quito, por el sur, y con Bolívar por el norte, llegaban ejércitos a saquearnos y a acabar con nosotros porque no aceptamos las ideas libertarias que éste impulsaba. Por eso, como respuesta a las arbitrariedades que cometieron con nosotros estos ejércitos me alisté como soldado raso en el Cabildo Justicia y Regimiento de la ciudad de Pasto perteneciente al Virreinato de Popayán. Fui incorporado a la Compañía Tercera de Milicias, bajo el mando del Capitán Don Blas de la Villota. Hice mi inscripción el 7 de marzo de 1811 y, prácticamente, desde ese momento comencé a combatir. Mi capitán era un gran militar y de él aprendí muchas de las tácticas que luego puse en práctica en batalla.

– Tristemente, con posterioridad a esto, mi apellido se asoció a “traición” y por eso mi hija no quiso llevarlo más y sólo tiene el apellido de la mamá. Esto me afectó aún más y por eso decidí dedicarme totalmente a la milicia y luchar por mi religión y por mi Rey, pues nosotros somos una ciudad leal a él. Como prestación, esta lealtad nos representa ventajas en lo económico, lo educativo y lo religioso. Somos piadosos y respetuosos y vivimos en armonía con los españoles que por una u otra razón han llegado a habitar en esta ciudad y sus alrededores.

– En la Nueva Granada ya se rumoraba la idea libertaria. Pero, desde nuestra fe y nuestra lealtad, no podemos aceptarla. Somos “Ciudad teológica” y nos oponemos a esa idea. Nuestro obispo, Salvador Jiménez, desde Popayán, nos envió una carta y sus palabras fueron las que nos llevaron a rechazar la propuesta de la independencia. Él afirma que “rebelarse contra el Rey era rebelarse contra Dios mismo”. La propuesta de Bolívar nos causó indignación, pues tenemos miedo al “enojo” de Dios si rechazamos al Rey. Tememos los castigos que pueden provenirnos porque a Él se lo “ama por encima de todas las cosas”. Por tanto, no podemos rechazar al Rey porque rechazaríamos al mismo Dios.

– La propuesta de Bolívar nos indignó y por eso luchamos contra él con determinación tal que muchas veces los soldados patriotas preferían rendirse que enfrentarnos. Al poco tiempo de mi incorporación, mi Capitán De la Villota, reconoció mi capacidad para dirigir en el campo de batalla y me encomendó misiones, cada vez, más exigentes. La primera acción militar que se me asigna, dirigiendo a mis soldados, es defender la tarabita que cruza el río Guáitara, en el sector de Imúes. Así lo hice y triunfamos. Luego me llaman para acompañar a mi ejército en la campaña del Patía y como resultado de esto, en 1814 fui ascendido a sargento.

– Me especialicé en la guerra de guerrillas y este tipo de lucha es mi estrategia favorita para enfrentar a los patriotas, pues estos siempre nos superaban en número. Por esta razón me llaman a combatir en Quito; triunfamos en todas las batallas en las que estuvimos y en 1816, cuando regresé a Pasto me ascendieron a subteniente.

– Fue una sorpresa que el Virrey Sámano, a los pocos meses y enterado de nuestras acciones, me ascendiera a teniente. Me escribe pidiendo que lo acompañe a Santa Fe en misión oficial. Eso hice y nos reunimos con los militares patriotas. Luego de esta misión y como desde Quito aún se insistía en atacar a Pasto, el Virrey me pide que vuelva y organicé a mi gente. Nos enfrentamos en la batalla de Pichincha y con base en la astucia, propia de nuestra raza, derrotamos a los quiteños. El 24 de mayo de 1822 regresé, nuevamente, a Pasto y me otorgaron el rango de teniente coronel.

– Desafortunadamente, para mi gente, durante la masacre que realizó Sucre el 24 de diciembre de 1822 en Pasto, no estuve en mi ciudad, pues otro hubiera sido el desenlace de la arbitrariedad de este “militar” y sus esbirros. Desde ese mismo momento hubiera salido en busca de Bolívar para vengar esta afrenta. Me habían llamado a atender otros compromisos con mi unidad, pero cuando me enteré que Bolívar había dicho que somos personas indeseables y que “…sería mejor exterminar a toda una vergüenza como el pueblo pastuso”, no dudé un solo momento en prometer que, de ahora en adelante, mi lugar debía estar junto a mi pueblo.

– Después de esos tres días de barbarie, Sucre le informó a su íntimo amigo de lo que había hecho según sus órdenes. Bolívar llega en enero de 1823. Vino a regodearse de una “victoria”, que ni era victoria, ni era suya. Él no la consiguió, pero eso no le importó, pues lo que buscaba era saciar su sed de venganza contra los que, como nosotros, no nos arrodillamos a sus pretensiones.

– Bolívar, después de satisfacer su venganza, marcha hacia el Ecuador. Su intención es dominarlo para autoproclamarse emperador de la Nueva Granada y deja a Pasto en manos del coronel Juan José Flórez.

– Cuando me enteré de este acontecimiento, me enfurecí, debo reconocerlo, aunque ese no es mi carácter. Prontamente regresé a Pasto porque era necesario liberarlo del enemigo. Durante el camino, fui invitando a mis amigos y conocidos para tratar de armar un ejército. Lo logré. Unos 800 soldados, entre hombres y mujeres, respondieron a mi llamado. Los organicé y preparé para ir tras Bolívar. Salimos por Anganoy para tomar la ruta al sur. Llegamos a Catambuco y allí tuvimos nuestro primer enfrentamiento contra el ejército patriota que defendía Pasto.

– El 12 de junio de 1823 luchamos en total desigualdad de condiciones. Mis soldados sólo tenían palos y chuzos de agricultura y algunos machetes. Nada más. Sin embargo, derrotamos a Flórez y seguimos nuestro avance para tratar de dar alcance a Bolívar, quien, por información de mis espías, ya casi llegaba a Ibarra.

– Bolívar supo que íbamos tras él y nos esperó. Después me enteré que había dicho a sus subalternos que esta era la oportunidad de “exterminar para siempre a la infame raza pastusa”. Y, no quería desaprovechar la ocasión que se le presentaba. Recordar este combate duele en mi espíritu. Nos enfrentamos en Ibarra y fuimos derrotados. Perdí a casi todos mis soldados. Fue un desastre militar. Después supe que Bolívar se ufanó de esta situación y así se lo hace saber a Santander en una carta: “…logramos, en fin, destruir a los pastusos. No sé si me equivoco, como me he equivocado otras veces, con esos malditos hombres, pero me parece que por ahora no levantarán más su cabeza los muertos”. Y sigue diciendo: “yo he dictado medidas terribles contra ese infame pueblo…”. Y, sobre lo que más le dolía escribió: “…las mujeres mismas son peligrosísimas”. Y concluye la misiva diciendo: “…desde la conquista acá ningún pueblo se ha mostrado más tenaz que ese. Es preciso destruirlo hasta en sus cimientos”.

– Me enteré luego, que a Bolívar le irritaba que mis paisanas no se doblegaran ante él, ni ante sus ejércitos. ¿Por qué le mortificaba? Porque ellas luchaban en nuestras tropas realistas de igual a igual que los hombres. Es más, yo diría que toda la familia luchaba, pues todos querían defender lo suyo. Bolívar, por unas mujeres que tomó prisioneras, descubrió que debajo de las faldas ocultaban las armas y a la espalda, envueltos en “chalinas”, cargaban a sus “guaguas” y, junto con estos, los fusiles. No podía concebir que unas mujeres le hicieran frente.

– Pero, como era “preciso destruirnos hasta en sus elementos”, envió contra Pasto al general Sólomon, hombre sanguinario y dispuesto a todo con tal de satisfacer a Bolívar. Le dio el encargo de “…acabar con este infame pueblo”. Mis paisanos habían huido hacia los campos. Como pude volví a convocarlos para enfrentar al agresor. Salimos a enfrentarlo y Sólomon huye a Túquerres. Lo perseguimos y durante la persecución dimos alcance y derrotamos a uno de sus lugartenientes, el general Herrán. ¡Qué sorpresa me llevé! Herrán había sido mi compañero de armas, pero me traicionó. Pero, no sólo a mí, traicionó su juramento y se pasó a las filas libertarias. Cuando no tenía más salida y al verse perdido, “…de rodillas y con las manos juntas”, me suplica que no lo mate y me recuerda que fuimos compañeros. Le respondo: “yo no mato a rendidos” y le respeto la vida. (¡Qué grandeza de espíritu la de Agualongo!)

– Volvimos a Pasto y durante los meses siguientes luchamos en la ciudad casi a diario. Durante uno de esos combates fue preciso, con algunos de mis compañeros, refugiarnos en el Monasterio de las monjas Conceptas, quienes también eran realistas. Ellas nos ayudaron a huir y nos fuimos a las montañas. Regresamos por Chachaguí para continuar combatiendo a Flórez, pero volvimos a ser derrotados y él tomó prisioneros a muchos de los nuestros. Volvió a Pasto llevándolos amarrados para ajusticiarlos en la plaza central, como escarmiento. El castigo era fusilarlos y así lo hicieron los soldados patriotas. Nosotros, por el contrario, respetamos la vida de quienes tomamos prisioneros.

– Pero, no podíamos rendirnos, y con lo poco que teníamos seguimos combatiendo. Tristemente, recuerdo la fecha con dolor, el 24 de junio de 1824, fui traicionado, otra vez, por mi antiguo amigo José María Obando, quien combatía ahora con el ejército republicano. Me tomaron prisionero y llevaron hasta Popayán.

Aquí la narración la continua uno de sus soldados, también hecho prisionero. – A mi general le ofrecen respetarle la vida y ser perdonado “si jura lealtad a la República de Colombia y a su Constitución”. Recordar su respuesta me emociona hasta las lágrimas: “No. Y si tuviera veinte vidas, todas las daría por el Rey de España y la Religión Católica”.

– También recuerdo que gritó: “Que viva la Religión Católica y que viva el Rey”. Ante esto, la condena siguió en firme y al día siguiente, 13 de julio de 1824 fue fusilado.  Mi general solicitó, como gracia, que le dejarán vestir su traje de coronel y que le permitieran recibir la descarga mortal sin ser vendado y solicitó: “Quiero morir de cara al sol”.

– Mi general Agualongo desciende de indios y por esta condición muchos al conocerlo se sorprendían de que un hombre como él, pequeño de estatura y poco agraciado físicamente, se enfrentara tan ferozmente a Bolívar y lo combatiera en todos los terrenos hasta derrotarlo.

– Murió a los 44 años; luego de 13 de haberse alistado en los ejércitos del Rey. No se enteró que venía en camino, desde España, “la cédula real que le confería el grado de General Brigadier de los Ejércitos del Rey*”. Me enorgullezco de haberlo conocido y de haber peleado a su lado. Siempre lo recuerdo como “un arrojado caudillo, leal sin claudicaciones, de valor temerario, constante sin fatiga, con entrega absoluta y generoso con el vencido y sostenido por su fe y amor a Dios”.

Notas:

* Nadie más en la historia militar de la Nueva Granada ha ostentado tal título.

– Este rango ni siquiera Bolívar fue capaz de otorgárselo a sí mismo.

Coletilla: La historia oficial, al igual que a las guaneñas, lo borró de sus relatos y prefirió rendir pleitesía a un extranjero criminal y con ínfulas de emperador.

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