La conspiración – tercera parte

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Por: José Luis Chaves López

Soy Josef bar Caifás, Sumo Sacerdote del Templo de Yaveh en Jerusalén y esta es la verdad sobre lo que aconteció en aquella víspera de Pascua cuando Pilatos crucificó al galileo.

Pero, esta parte de la historia tiene su origen muchos años antes. Supe, por lo que se cuenta, que Herodes ordenó matar a los niños menores de 2 años en Belén, en un esfuerzo, a la larga inútil, por impedir que se cumpliera la profecía: “el Mesías nacerá en Belén y provendrá de la familia del rey David. Él quería acabar con la posibilidad que le arrebataran el trono, Pero, no lo consiguió.

Y, treinta años después, su hijo Antipas Herodes, relacionó a este galileo, Jesús, con el niño que los soldados de su padre no pudieron matar. Cuando lo visité en su palacio de Cafarnaúm, me habló de él, sólo que lo confundió con el Bautista y daba por hecho que había resucitado. Eso afirmaba Antipas: “el Bautista ha reencarnado” y, a partir de esta suposición, su vida se volvió un conflicto moral. Esto no era verdad, el galileo no era la resurrección de Juan; es cierto que hablaba como él y actuaba como él, pero era otra persona, era diferente, a tal punto que era más ambicioso que el Bautista en su ministerio.

Pronto reunió a un grupo distinto del que seguía a Juan y estos se llamaban a sí mismos, ´nazarenos´. Extrañamente, abandonaban todo para seguirlo; dejaban su trabajo y hasta sus familias. ¿Qué hacía el galileo para lograr esto? Nada. Sólo contaba historias sobre pescadores y viñadores. Los engañaba diciéndoles que Dios los había elegido para llenar sus redes de hombres y que tendrían, como él, poder de sanar leprosos y curar enfermos; y, en el colmo del atrevimiento, de perdonar pecados.

A medida que iba de aldea en aldea, otros más se le unían. Hombres y mujeres, porque también las aceptaba, contrariando la Ley; despojados de todo, veían en él una expectativa distinta de vida. Muchos viajeros que llegaban a Jerusalén me hablaban del galileo y su narración iba del asombro a la condescendencia, porque, incluso, algunos afirmaban que estaba loco, a tal punto que un día su familia fue a llevárselo para hacerse cargo de él porque decían que ´estaba fuera de sí´. Esto me intrigaba y, definitivamente, tenía que saber más de él y, si era posible, conocerlo.

Envíe calladamente a uno de mis sobrinos a Cafarnaúm con el encargo de acercarse a esa secta y conseguirme información. Las noticias que recibí al principio no tenían nada de extraordinario: su padre era un carpintero y su madre cuidaba la casa. No tenía empleo y no hacía nada, salvo ayudar a su padre en algunas ocasiones en el taller. Se quedaba a dormir en casa de sus seguidores y, eso sí, era bien recibido por todos. Le gustaba que lo invitaran a comer y acompañaba sus comidas con vino. Captaba con facilidad la atención de quien salía a recibirlo en algún pueblo o aldea y, una vez hecho esto, el encuentro seguía en la casa del anfitrión.

Se presentaba como un hombre común y corriente, judío devoto que asistía a la sinagoga los sábados y era conocedor de la Torá. Con palabras simples, me contaba mi sobrino, explicaba a sus adeptos los pasajes oscuros de las escrituras sagradas. El testimonio de mi informante no iba más allá, pero yo concluí que eso que el galileo hacía no era en realidad lo que pretendía. Conozco a la perfección los escritos de Moisés, ese es mi oficio, y por eso sé que no era nuestra ley lo que este hacedor de milagros anunciaba. Él cambiaba lo dicho por Dios. ¡Blasfemia! Se atrevía a corregir a Dios y Jesús, como supe que se llamaba, lo hacía todo el tiempo.

Lo que sorprendió a mi espía fue lo que ocurrió en la montaña (¡apenas un cerro!) de Cafarnaúm. Se reunieron miles con el galileo y él los alimentó con pan, pescado y, el infaltable, vino. ¿Cómo lo hizo? Mi sobrino no fue capaz de explicármelo. Me hablaba de un niño y unos cuantos peces y otro hombre con algunos panes, pero nada justificaba racionalmente como dio de comer a tanta gente. Ese día, me cuenta, les habló con tal fortaleza que todos pudieron escucharlo. Las palabras de mi sobrino, al leerlas, me estremecieron: “Han oído que se dijo…, pero yo les digo…”. ¡Corregía a Dios! Lo que Dios dijo, él lo corregía. ¡Quién lo creyera! El galileo decía de memoria textos completos de la Torá, pero inmediatamente los corregía, supuestamente “para dar claridad al texto”. Insolente, ¿acaso Dios necesita ser iluminado? ¿Qué pretendía? ¿Establecer una nueva ley? Pero, lo más grave, quien corrige a Dios no sólo lo está enmendando, está hablando como Dios. ¡Blasfemia!

Y esto no paraba ahí. Hablaba de pureza, pero se contradecía. Dios nos quiere limpios, esto está en la ley, sin embargo, el galileo se junta con pecadores, recaudadores de impuestos, prostitutas. Afirma que ellos también pueden llegar al reino de Dios… incluso por encima de nosotros que cumplimos la ley al pie de la letra. Nos tildaba de falsos e hipócritas porque hacíamos oración en las esquinas y en las plazas o porque dábamos limosnas tocando trompeta. ¡Quién se cree! Yo soy el Sumo Sacerdote y mis hermanos de religión, los fariseos, somos cumplidores estrictos de lo mandado por Moisés y, ahora, viene este nazareno a tratarnos de esa manera. Sus palabras hacia nosotros eran fuertes y directas. Uno de mis correligionarios me contó que una ocasión tuvieron que enfrentársele y recriminarle por su trato para con ellos. Le dijeron: “no somos hijos de prostituta, somos hijos de Moisés”. Y, ¿qué creen que respondió? “Si fueran hijos de Moisés harían lo que hizo Moisés”. Y continuó: “por eso, los pecadores y prostitutas les llevan la delantera en el reino de Dios”.

Este hombre establecía una nueva ley y en ella formaba a sus seguidores. Les decía que la exigencia para entrar en el reino de Dios era extrema y les afirmaba que: “si su justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no llegarán al reino de los cielos”. ¡Mejores que nosotros! Ya lo dije, ¡quién se cree! Afirma que respeta la ley, pero llama a sus seguidores a cambiarla por una nueva. Les decía: “cuando oren no sean como los hipócritas que les gusta rezar en las sinagogas y en las plazas para ser vistos por los demás”. Pero, eso es lo mandado en la ley. Él corregía la ley: “cuando vayas a orar enciérrate en tu cuarto y ora a tu Padre del cielo y él que ve lo escondido te recompensará”. Ya lo dije, nos llamó “hijos de prostituta”, con todas las letras, porque afirmaba que habíamos “prostituido” la ley entera, los sacrificios, las ofrendas, la oración. “Oren no para ser vistos, sino para adorar a Dios desde el corazón”, enseñaba.

Mi informante quedó perplejo por lo que sucedió en ese monte de Cafarnaúm, y así me lo hizo saber. En ese lugar se originó una coronación. La multitud veía en el galileo al indicado para iniciar una revolución. Quitar del poder a Roma e instaurar la gloriosa monarquía del rey David. Les hablaba de un reino por venir y la multitud afirmaba que seguirlo a él era el camino hacia una sociedad nueva y, en el colmo del éxtasis religioso y nacionalista, lo aclamaban: “Rey… Rey…”.

Herodes Antipas se sintió tocado. Que el galileo hablara e hiciera milagros no tenía mayor importancia, pero que lo erigieran como “rey”, ponía en peligro su propio reinado y eso no podía permitirlo. El galileo era un maestro para enardecer espíritus y dominar multitudes. Su secta lo veía a él y ya no necesitaba ver nada más. Por eso, Herodes mandó a sus soldados a detenerlo, pero cuando estos llegaron al cerro ya sólo encontraron los rastros de la comida y el desorden propio de la multitud de gente que ahí estuvo. De él y de sus seguidores… nada.

Un rey sin reino, pero con fuerza y poder para cambiar lo establecido por Moisés. ¡Qué pretendía!

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