La oración por Colombia del insigne humanista Jaime Enríquez.

Jaime Roberto Enríquez Sansón Fue una voz de profundo sentido humanista, escritor, poeta, filósofo, filólogo, columnista, declamador, catedrático y  educador.

Un hombre de sonrisa sincera y estentórea, de abrazo gigante y generoso, de consejo siempre a flor de labio y un permanente asesor de gobernantes y políticos que buscaban en su palabra la verdadera sensatez para cumplir con su cometido de buscar el bien común.

No obstante, con frecuencia la palabra del maestro JAIME ENRÍQUEZ SANSÓN se pronunciaba acerba contra los  malos dignatarios que olvidando sus promesas y propuestas encaminaban sus pasos por el falso sendero del enriquecimiento ilícito y de la corrupción, que llena de pobreza y hambre el corazón de los colombianos,  que mata niños y condena a madres pobres y ancianos olvidados y sumidos en el dolor de su propia existencia.

En ORACIÓN POR COLOMBIA nos permite entender su verdadera filosofía de vida, que nunca fue de utilitarismo o de lacerante ganancia. Exquisita palabra que nos reconcilia con el sentir de los hombres buenos que no pueden mirar impasibles la llaga que cubre el cuerpo de nuestra amada Colombia.  Aboga con vehemencia el retorno de la bondad que nos permita vivir entre los hombres.

Representante de una raza que sabe de luchas, de olvidos y de dolores; pero que también sabe de hidalguía, dignidad y templanza. Voz que se levanta purpurina para recordarnos que humanidad merece una mejor suerte y que todo depende la su voluntad, de la decisión de sus gobernantes y de la pujanza de su gente.

Más que una oración es una ofrenda a la vida, un grito contra tanta adversidad e ignominia que nos hace fieras entre hermanos.

Que falta que hace la voz y la presencia de nuestro dilecto e inolvidable amigo JAIME ENRÍQUEZ SANSÓN quien diariamente clamaba por cambiar el estado de postración espiritual en la cual bogamos los colombianos.  Habla en su voz, el niño adolorido, la madre abandonada, el reo olvidado, el maestro  ignorado, el campesino adolorido de tanto flagelo y el poeta soñador que mira acongojado el actuar de los hombres.

Hoy, más que nunca, hace falta su voz, su oración surgida de su misma desesperanza  ante la desidia de estos gobernantes que laceran y condenan a sus gobernados.  De esos mismos que mirando las llagas de su pueblo, meten sus sucias manos en el presupuesto de los niños y de de los desposeídos simplemente para satisfacer su egolatra y estupida avidez de dinero y riquezas.

A los buenos hombres, se los recuerda y extraña.  A   los perversos se les olvida y entierra para que nunca más sus actos mancillen la dignidad humana. A los buenos se los llora. A los malos se los cubre de una elemental desmemoria para que nunca más nos recuerden que eligieron la muerte en vez de prodigar a manos llenas la vida de sus pueblos. A los buenos, como Jaime Enríquez Sansón, se les desea un retorno, a los malos se les desdeña para que nunca más contemplen la luz cristalina de los días que nos obsequia generosa la vida.

Su poema es un verdadera doctrina en contra de tanta perversidad y malevolencia que se volvió cotidiana. Pero también es el recuerdo de todo aquellos que podemos ser si en verdad tal deseo brotará del campo fértil del corazón humano.

Nos unimos al recuerdo amoroso de su eterna compañera, Amanda, de sus hijos y demás familiares que en procura de conservar su memoria nos obsequian con este bello poema en la voz de ese ser benevolente que supo vivir su vida con la dignidad de quien se sabe grande e iluminado.

ORACIÓN POR COLOMBIA de JAIME ENRÍQUEZ SANSÓN  nos invita a hermanarnos, a recobrar esa fraternidad que un día nos hizo hombres. Es un Padre Nuestro del Siglo XXI que boga por el hombre y su existencia, por los ecosistemas golpeados y también adoloridos, por este planeta que como un moderno Cristo también siente dolor mientras los hombres laceran sus criaturas.

Nos hacen falta los humanistas, los dolidos de la vida, los dolientes de lo nuestro.  Seres que saben que su intento de redención es el camino expedito hacia su propia adversidad. Pero que venciendo sus miedos, angustias, olvidos y dolores levantan su voz y abren su espíritu para hacer florecer en los hogares la semilla de la esperanza.

Los grandes hombres no mueren, viven aún entre olvidos, entre el maremagnum de tanta estulticia que muchas veces somos los hombres. Y desde sus tumbas son la memoria eterna de que podemos ser hombres nuevos, abrazados en la espera de un nuevo y mejor mañana para todos.

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