Novela histórica “En busca de la semilla” de Oscar Seidel.

Detalles del libro

ASIN ‏: ‎ B099179QNL

Editorial ‏: ‎ Independently published (9 Julio 2021)

Idioma ‏: ‎ español

Tapa blanda ‏: ‎ 148 páginas

ISBN-13 ‏: ‎ 979-8509432330

Peso del Artículo ‏: ‎ 9.9 onzas

Dimensiones ‏: ‎ 6 x 0.37 x 9 pulgada

Capítulo 1

Cuando despertó, Alcibíades García tenía algo valioso en su memoria que le había inquietado toda la noche. Su esposa Eloísa se levantó de la cama, preocupada con su actitud.

Alcibíades hubiera preferido permanecer activo en la Universidad Católica del Pacifico, no sólo para estar cerca de sus estudiantes sino porque, condenado a una mísera pensión, dejaría de ser él mismo. Se preguntaba: ¿Qué voy a hacer el resto de los años que me quedan? No podía prever nada. Recordaba con nostalgia a sus dos hijos que se habían marchado al Viejo Mundo, en busca de sus ascendientes castellanos. Le atormentaba el tiempo por venir, y sólo le habló a su esposa Eloísa que tenían que planear un futuro distinto a este presente de los dos. No quería imaginar más cosas para que su rutinaria vida de pensionado cambiara. Lo peor ya le había sucedido: pensionarse y la separación del cariño de sus dos hijos. Iba a decir que lo más triste era haber dejado la cátedra de Historia Hispanoamericana, cuando recordó la pesadilla que tuvo en la madrugada.

» ¿Qué te pasa? «, preguntó Eloísa.

» Ya sé lo que voy a hacer. Escribiré la mejor novela del mundo «, respondió.

» ¿A eso se debe el comportamiento tan extraño que tienes? «, preguntó Eloísa.

» Lo que soñé esta madrugada es algo maravilloso y tengo que narrarlo «

Eloísa, le sugirió que se metiera al mar para refrescar el cuerpo y la mente, Sin embargo, Alcibíades no hizo caso, se sentó en la silla de madera y comenzó a escribir en la vieja máquina Underwood, ubicada en la mesa al frente de la ventana con vista a la playa. Sólo él sabía registrar lo poco que recordaba, porque ahora pensionado, su cerebro a las tres horas ya había olvidado lo que soñó de madrugada. Muy pocos conocían el padecimiento de la rara enfermedad que le apareció después de jubilarse en la Universidad Católica del Pacifico, impidiéndole estar mentalmente lúcido para escribir durante largas horas. En su frágil memoria guardaba parte de la gran historia de sus antepasados que llegaron hace mucho tiempo al Mar del Sur. No tenía presupuestado que sus personajes fueran tan disimiles, que aún antes de empezar los primeros párrafos ya estarían en conflicto. Escribió con fuego en la mano como poseído por un espíritu…

…Yo, Francisco Pizarro, voy a contarte mi historia cada madrugada, y sólo pararé cuando la memoria te falle y llegue mi muerte. En estas tierras saben historias llenas de ficción, pero las que yo conozco son verídicas. Desde que nací en Trujillo todo fue sufrimiento. Siempre me persiguió la desdicha. Padecí todos los conflictos que un ser humano pudiese afrontar, empezando porque nunca aprendí a leer ni a escribir. Pero, tengo historias de surcadores de mares y ríos: Recuerdo cómo decapitaron a Vasco Núñez de Balboa en el Darién; conozco cómo le vaciaron el ojo a Diego de Almagro en los territorios del cacique Coqueó; y sé cómo Atahualpa fue muerto a garrotazos en el Birú. Puedo narrar la historia del hombre que fue amamantado por una cerda en los corrales de Extremadura y, que mucho tiempo después se alimentaría de pargos rociados con polvo de oro en el Nuevo Mundo. Ojalá tu memoria alcance para llenar de relatos el resto de mi existencia y, busco a quién narrárselos además de ti, pues hasta mis mujeres que los sabían, me abandonaron.

En estos lugares lejanos de Castilla ya nadie quiere oír relatos. Todos están obsesionados con el oro y con las indígenas para ponerle atención a las narraciones, aunque sean tan crueles y bellas como las que yo padecí en la Isla del Gallo y en la región de los Telembies.

Mis antepasados, los Pizarro de Trujillo, fueron hidalgos de segundo orden y mi padre fue un hidalgo pobre. Esta rama de los Pizarro no podía definitivamente pretender una situación de hidalguía: era más notable por el caudillaje militar de mi padre el capitán Gonzalo Pizarro que por una nobleza resplandeciente, riquezas o grandes dominios. Mi madre fue Francisca González, hija de humildes labriegos. Se desempeñó como criada de un convento de monjas llamado San Francisco El Real, en Puerta de Coria de Trujillo.

El nombre de Francisco fue escogido por mi madre. Yo no aparezco en el linaje de los Pizarro y, pasé la mayoría de mis años de formación con mis parientes maternos, los González. Ello explica en gran parte mi gusto por la cultura plebeya que tuve toda la vida: Jugué a los bolos y a las cartas con la gente sencilla, que cuando ganaba, cobraba, pero cuando perdía, no pagaba. No tenía aficiones nobles como montar a caballo ni tampoco la cetrería, y durante los combates prefería ir a pie.

Mi desdicha empezó antes de cumplir los trece años:

» Mamá, no quiero ir a la escuela «

» ¿Por qué, hijo mío? «

» Porque no me entran las letras, siento que no nací dotado por la naturaleza «

» Pero, Francisco, tú no puedes quedarte sin educación «

» Usted ya verá qué hace conmigo «

» Si esa es tu decisión, entonces, te vas a criar cerdos a la porqueriza de tus tíos «

» Pues, mamá, a mí lo que me gusta es la riqueza para sacarla de pobre y deje de lavar ropa en ese convento de monjas. Usted no ha podido estar a mi lado y, los amigos se burlan diciendo que me amamantó una cerda «

» Hijo mío, esa labor ha servido para criarte, ya que tu padre nunca te reconoció «

» Perdóname por no haberte acompañado en tu niñez, no hagas caso a lo de cerda «

» Bueno, mamá, iré a trabajar a la porqueriza, al fin y al cabo, desde pequeño me crie en medio de ellos. Es mejor ser un cerdo con plata, que un cerdo ilustrado «

A los pocos años, los cerdos contrajeron una grave enfermedad, y por temor a que me culparan de esto hui a Sevilla, a la edad de quince años. Estando allí, alcancé a escuchar que desde las Indias Occidentales los inmigrantes estaban enviando remesas de oro y plata a sus parientes pobres en España. Fue entonces, cuando dirigí la mirada al otro lado del Atlántico; mi sueño era alcanzar la honra, la riqueza y el reconocimiento social. Tenía veinte años, y mi meta era salir de Extremadura y surcar el mar.

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