Un maestro del disfraz

Por: José Luis Chaves López

Esta es la historia de un maestro. Sus diferentes formas de hacerse presente no nos dejan dudas: es un maestro del disfraz. Puede aparecer como una raya, una cuña, un cono. Pero, sea cual sea la forma que haya adoptado en cada particular ocasión, él siempre ha sido el número uno, ¡the number one!

Su historia es nuestra historia como género humano. ¡Quién lo creyera! Es una historia de tesón, de conocimiento, de sabiduría, de interiorización.

“Uno” contribuye al desarrollo de imperios y a la construcción de grandes ciudades. Incluso, inspira a algunos de los más grandes filósofos que conocemos. Pero, no se contentó con sólo eso. Su labor se vuelve fundamental, por ejemplo, cuando hace que el dinero funcione como nosotros lo conocemos para que podamos utilizarlo.

Es tan inteligente que se alió con “cero” para dominar el mundo en que vivimos hoy en día: el mundo digital. El mundo gobernado por los todopoderosos “ceros” y “unos”.  Es más, esta pareja creó su propio lenguaje: el lenguaje binario. ¡Vaya con estos tipos! ¡Ellos dominan el mundo! Hay que aceptarlo.

Pero, ¿cómo llegaron a ser los amos y señores que nos dominan? Y, que nos manejan y nos manipulan hasta tal punto que sin ellos nos somos gran cosa. Mire a un adolescente sin su teléfono celular y comprenderá.

Durante la mayor parte de nuestra historia como humanidad, el “cero” ni siquiera existía. El que ´cuenta´ de verdad es el “uno”. Él no es solamente un maestro del disfraz, es mucho más que eso. ¿Cómo nace? ¿Por qué se usa para contar? Nadie tiene idea. Ni los científicos, ni los investigadores lo saben siquiera; nadie lo puede explicar. Y, a nosotros nos parece tan simple. Solamente lo utilizamos y ya. Pero, no creo que sea tan sencillo.

Como somos pragmáticos, necesitamos una evidencia sólida de su existencia. Comencemos diciendo que “uno” es muy joven, apenas tiene unos veinte mil años. ¿Cómo nace? ¿Cómo llega a tener semejante incidencia? Su origen es muy simple, una raya (I) en un hueso. Este si existe, lo hallaron en el Congo. Los arqueólogos lo llaman, el hueso de Ischango. Tiene múltiples incisiones (rayas) y podemos deducir que cada una de ellas representa a “uno”. Son 60 rayas talladas en un lado y otras 60 en el otro. Y, lo más sorprendente, organizadas en grupos. ¡Algunos de nuestros ancestros estaban contando!

Pero, lo verdaderamente impactante sucedió luego. Cuando ellos, nuestros antepasados sumerios, dejaron de vivir en cavernas para construir sus propias cuevas (casas), “uno” se volvió transcendente. Los sumerios (4000 antes de Cristo) dejaron de tallar rayas en un hueso y le dieron a “uno” su independencia. Lo liberaron representándolo como una ficha (con forma de cono para ser precisos).

¡Qué importante se vuelve “uno”! Aprovecha su libertad y cambia el curso de la historia. Ya no era necesario hacer rayas; esta ficha se puede manipular y, por tanto, ahora también se puede acumular… contar. No sólo sumar, si no también restar. ¡Se había inventado la matemática!

Pero, esto no surge por casualidad. Los sumerios viven en ciudades y estas requieren organización administrativa. Por ejemplo, si se necesita distribuir el grano para alimentar a sus habitantes, hay que saber cuánto le corresponde a cada quien y para esto es indispensable usar matemáticas. Cuando ellos convierten a “uno” en una ficha, (no sé por qué razón le dieron forma de cono) empieza a servir para contar. Sin embargo, esto da origen a otro problema, ahora se hace necesario llevar un registro de los cálculos realizados. Con el uso del “1” para contar nace la aritmética; con el registro de los cálculos surge la contabilidad.

¡Cómo así! Si, la escritura no se había inventado aún…, pero la contabilidad, sí. Entonces, lo primero que se escribe no fueron letras, fueron números. Vaya… vaya. ¡Quien lo hubiera imaginado!

Pero, lo que parecía bueno, término no siéndolo tanto. Pues sólo a unos pocos elegidos se los entrenó desde niños para hacer y llevar los cálculos. ¡Había nacido la discriminación! Antes que los escritores, aparecieron los contadores. Y, desde ese momento hasta ahora, cobran para llevar las cuentas. (¿Cuánto usted paga para que le hagan la declaración de renta?) ¡Sumerios aprovechados!

Aunque ellos inventaron la contabilidad, fueron los egipcios quienes descubrieron la utilidad de “uno” como unidad. Esta se requería, para levantar sus gigantescas construcciones, una medida estándar. Para eso desarrollaron su propia versión de “uno”. Esta medida consistía en la longitud del brazo de un hombre tomada desde el codo hasta la punta de los dedos, más la anchura de la mano. ¡Se había inventado el codo! (una barra rígida de la longitud mencionada). La estandarizaron y desde ese momento, todos debían utilizarla. Por ejemplo, si el arquitecto egipcio decía: “dos codos”, el alfarero sabía de qué medida debían ser los ladrillos; en la cantera sabían de qué tamaño cortar la piedra; el albañil sabía el espacio exacto que debía dejar para colocar lo uno y lo otro en la construcción. ¡Unos genios! Con los egipcios “uno” se convirtió en la medida de todas las cosas.

Pero, el destino de “uno” no era apoyar la contabilidad o medir todas las cosas. No. Se iba a convertir en la esencia del universo. Para entender esto necesitamos ir a Grecia y encontrarnos con un conocido nuestro: Pitágoras. ¿Recuerdan su teoría? “En un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”. Era un tipo tan desocupado que hasta tuvo tiempo de inventarse su propio teorema. Y, creo que cuando lo consiguió terminó diciendo: ¡para que sufran en la escuela!

Tipo extraño. En Grecia abrió su escuela vegetariana de matemáticas. ¿Vegetariana? Si, y no sólo eso, también fue el primero en diferenciar los números pares e impares, incluso les dio sexos: el uno era macho y el dos, hembra. Y, así sucesivamente. Como buen filósofo buscaba el origen de las cosas, pero no eran ni el agua, ni el aire. Él decía que todo estaba hecho de números, incluida la música. Para él, las notas musicales eran grupos de “unos”. ¡Todos en armonía! Y, como todo son “grupos de unos”, entonces “1” debe ser la materia esencial de lo que está hecho el universo. Razonamiento de filósofo… excelente.

Lo dicho, ni agua ni aire. Por tanto, el 1 es de admirar.

Pero, lo verdaderamente asombroso vino después, con Arquímedes, cuando 1 dejó de representar algo físico: un plato, un vaso, para manifestar una idea. Con el 1 y Arquímedes nacieron las matemáticas teóricas. Sin embargo, no fue él quien las desarrolló. Fue necesario que transcurrieran como 800 años para esto y en nuestro siglo VI, los indios inventaron un número, que junto al 1, revolucionaría el conocimiento, el “0”. Incluso representaron su grafía. Y, quedó completo el conjunto de números (0 – 9). Y, aunque nosotros los llamamos “números arábigos”, no fueron los árabes sus creadores, si no los indios. Pero, lo trascendental y revolucionario sucedió cuando combinaron “ceros” y “unos”. Con esta combinación podían hacer números infinitamente grandes o infinitamente pequeños. Por ejemplo, con los números romanos no es posible.

“Uno” encontró a su compañero ideal, el “cero” y esta pareja revolucionó todo lo, hasta ese momento, conocido. Como les fue tan bien, esta pareja decidió trabajar sola, sin la molesta compañía de los otros números. Gracias a un vacío (0) y al todopoderoso 1, ahora disfrazados de sistema binario, surge la era digital.

¡Viva la modernidad! Puede preguntarle a un adolescente con celular… aunque no sepa qué es “sistema binario”.

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