Camposanto

Por: Camilo Eraso

El 24 de diciembre de 1966 amaneció gris. Un manto de nubes impedía el paso de los rayos del sol. Los clientes se agolpaban en los almacenes para adquirir, a última hora, los presentes del Niño Dios. Aunque el día se presentaba triste, los corazones palpitaban acelerados a la espera de la Nochebuena.

Al finalizar la mañana, las autoridades aeronáuticas me informaron la desaparición del avión que realizaba el vuelo regular de Bogotá a Pasto. Me pidieron que, como director de Medicina Legal, estuviera pendiente de la situación. Minutos más tarde, la emisora que estaba escuchando suspendió la programación habitual para comunicar una noticia de última hora:

“El avión DC3 que realizaba el vuelo 729 de Avianca, procedente de Bogotá con 26 pasajeros y 3 tripulantes, está desaparecido. Efectuó su último reporte, a la torre de control de Cali, poco después de las nueve de la mañana; el capitán anunció que aterrizaría en el aeropuerto de Pasto a las 10:15. Desde ese momento no se volvió a recibir información. Decoló de Bogotá a las 8:17 con el cupo completo. El vuelo adicional, con destino Pasto, que salió de Bogotá quince minutos antes, aterrizó sin novedades, según su itinerario”.

            Yo había volado en el trayecto de Cali a Pasto, dos días antes en ese avión, con la misma tripulación. Con mi hija notamos que la aeronave tomó una ruta diferente a la normal; supusimos que el desvío se debía a condiciones meteorológicas. Después supimos, según las investigaciones, que el piloto acostumbraba desviarse de la ruta para reducir el tiempo de vuelo. Dicho cambio generó, más tarde, dificultades adicionales para la búsqueda.

El ambiente de la ciudad se ensombreció mucho más de lo que ya estaba. En una ciudad pequeña varias personas tenían un familiar, amigo o conocido en ese avión; alguien que venía a pasar las festividades decembrinas en su ciudad natal. Las noticias de última hora se repetían, como el repique puntual de las campanas, para presentar informes complementarios sobre la suerte del vuelo, la tripulación, sus nombres e información básica de cada pasajero.

En los hogares afectados, las reuniones de Nochebuena se suspendieron; estas familias permanecieron en vela con una mezcla de expectativa y ansiedad, a la vez que recibían mensajes de apoyo de sus allegados. Durante esa noche visité a varios amigos, afligidos por el suceso, para manifestarles mi solidaridad. Mantuve el radio oficial encendido, debatiéndome entre la esperanza y la intuición de una tragedia.

Entre los rumores que circulaban, me contaron que el día del accidente, hacia las seis de la mañana, un universitario había llegado con sus hermanas al aeropuerto de Bogotá. Al registrarse, cayeron en cuenta de que las hermanas viajaban en el vuelo adicional y él tenía asiento en el vuelo regular. En la sala de espera se encontró con una paisana a quien le propuso intercambiar los tíquetes. Ella, con una sonrisa coqueta, aceptó el cambio. El universitario y sus hermanas aterrizaron a la hora prevista pero su maleta, con vestidos Everfit para estrenar, voló en el avión desaparecido.

En la noche fui a saludar a la familia de Manuel, el universitario a quien yo conocía, porque su nombre aparecía en la lista de desaparecidos. Cuál no sería mi sorpresa cuando él mismo me recibió en la puerta. Un abrazo selló el inesperado reencuentro. Me contó la historia del cambio de tíquete que le salvó la vida. Luego me relató otro caso similar de intercambio entre dos amigas, así como la situación del novio de una coterránea, quien por pasarse de tragos la noche anterior, no se despertó a tiempo y perdió el vuelo. Nos miramos a los ojos: quién podría imaginar que unas copas de más le salvarían la vida.

Desde ese día, la Aeronáutica Civil y la Fuerza Aérea Colombiana, programaron aviones y helicópteros con el fin de iniciar la búsqueda. La región en donde podría encontrarse el avión estaba, según la ruta oficial, entre el norte de Nariño y el sur del Cauca. Yo me puse a disposición de las autoridades y lideré la preparación de personal de mi entidad, el ejército, los bomberos y la defensa civil, de tal manera que pudieran actuar cuando fuera necesario.

En las capacitaciones a los rescatistas, les hice saber que iban a pasar días y noches en sitios inhóspitos, con comida limitada, con heladas en las madrugadas y en las noches y les dije que tendrían que sobreponerse a esas condiciones adversas para cumplir con su misión.

Durante los primeros días, manteníamos la esperanza de que el avión hubiera hecho un aterrizaje de emergencia y sus ocupantes estuvieran a salvo. Con el paso de las horas, las ilusiones se esfumaban y afloraba la posibilidad de un desastre. Diariamente los medios de comunicación transmitían la noticia con escasas novedades, casi como calcada de la víspera:

“Ayer las operaciones de rescate fueron infructuosas. Los helicópteros volaron entre nubes, neblina y torrentes de agua que impidieron la visibilidad. Nos mantenemos atentos y optimistas”.

Las siguientes jornadas de rastreo enfrentaron tormentas y borrascas aún más fuertes. Con frecuencia los pilotos, abrumados, tenían que abortar la misión y posar sus naves. Los habitantes de poblaciones cercanas al probable lugar del accidente especulaban dando versiones descabelladas. A veces, los familiares desesperados seguían las indicaciones de un campesino o un baquiano y marchaban hasta lugares en donde, al final, no encontraban nada. La desesperación los llevaba a creer, a tener fe y a agotar todas las posibilidades, siguiendo el adagio popular “la peor diligencia es la que no se hace”.

La tan esperada noticia que permitiera iniciar el rescate no llegaba. Nunca los familiares habían deseado tanto que el tiempo se detuviera, porque cada minuto sin resultados era una sentencia, como si el oxígeno se fuera extinguiendo segundo a segundo.

Una semana más tarde, la noche de año viejo, albergaba una mezcla de emociones. De una parte, la mayoría de la gente vivía jolgorios propios del pre Carnaval de Negros y Blancos. Desfiles, música y licor cubrían el ambiente de alegría hasta explotar, a medianoche, con la quemazón de los años viejos, el  silbido de voladores y el trepidar de toda clase de pólvora. Entre toda esa algarabía, las familias desconsoladas volvían a vivir reuniones ensombrecidas por el ─cada vez más lejano─ sueño de un desenlace venturoso. A la medianoche, los globos que ascendían coloridos, parecían enviar hacia el cielo una luz de ilusión. En esta ocasión también visité a familias amigas o conocidas, para acompañarlas con una voz de aliento.

El cuatro de enero comenzó oficialmente el carnaval. El día amaneció con cielo despejado y sol radiante, condiciones atmosféricas que permitieron iniciar temprano las operaciones aéreas. Hacia las 9 de la mañana, un avión avistó el sitio del desastre en una zona montañosa. El piloto comunicó a la torre de control que el avión DC3 con matrícula HK-161 estaba estrellado en el Pico de las Ánimas del cerro de Tajumbina, distante unos sesenta kilómetros del aeropuerto Antonio Nariño, a una altura de 3.300 metros. Informó que el sitio se encontraba por fuera de la ruta oficial y agregó que la nave estaba destruida y parcialmente incendiada, con sus partes esparcida en un área de varios cientos de metros a la redonda. Comentó que por lo que podía observar, parecería que no había sobrevivientes y mencionó que a pesar del día despejado, el sector del accidente era un cañón que permanecía con neblina y fuertes vientos a toda hora. Según su apreciación, era un sitio de acceso bastante difícil por vía terrestre.

La noticia produjo una avalancha de reacciones, comenzando por tres días de duelo decretados por el Alcalde. A la mañana siguiente, una expedición conformada por miembros de Ejército, Defensa Civil y Bomberos emprendió el viaje de rescate, sin permitir la participación de familiares de las víctimas. Yo tomé el papel de director técnico de la misión. Di a los expedicionarios las últimas recomendaciones,  una voz de ánimo y les manifesté que estaría disponible las 24 horas a través del sistema de radio.

Algunos familiares, en la cúspide de la desesperación, acudieron a mí para que les ayudara a viajar con los rescatistas. Yo tuve que calmarlos y convencerlos de que la participación de personas inexpertas sólo entorpecería las labores. Algunos entendieron y me agradecieron, otros se fueron furiosos porque les negué la solicitud.

A los tres días, la expedición regresó agotada y frustrada. Las rocas y los picos que tuvieron que enfrentar eran inexpugnables. La dotación fue insuficiente y el estado físico tampoco les alcanzó para llegar al lugar del siniestro.

Un abanico de opciones iba y venía en los análisis del comité de emergencia, del cual yo era miembro. Los expertos concluyeron que, por la altitud y el tipo de terreno, sólo se podría llegar en helicóptero y que fue un error enviar una expedición terrestre. Un helicóptero de la FAC hizo girar sus hélices para transportar a una misión de dos personas con experiencia y criterio. Yo, en razón de mi cargo, debía ser uno de de los integrantes, acompañado por el padre Alberto García, reconocido por su orientación científica y su ascendiente sobre la gente.

Conocía de cerca al padre García porque fue profesor de física de mis hijos y compartimos el desarrollo de varios proyectos, como la elaboración de vino de café y la afición por la búsqueda de figuras precolombinas en las guacas de la región.

Mientras esto sucedía, la ciudad se vestía de fiesta. La gente bailaba al son de orquestas montadas sobre tarimas, aplaudía los desfiles de comparsas y carrozas y disfrutaba de la alegría de los carnavales, con el anisado sabor del aguardiente Galeras. Pensé que en la vida nos enfrentamos, con alguna frecuencia, a las dos caras de la moneda. Es algo que tenemos que aceptar, aunque nos golpee en lo más profundo. Mientras unos enjugaban sus lágrimas, para el resto del mundo la vida seguía su curso.

El diez de enero, llegamos en la aeronave al sitio del desastre que estaba cubierto por una manta de rocas. Sobrevolamos en medio de neblina y turbulencias que no nos permitían aterrizar. Después de dar varias vueltas sobre el sector, el piloto encontró un lugar, a varias cuadras del siniestro, en donde pudo tocar tierra.

El padre García y yo quedamos al frente de una escena terrorífica, un cuadro que nunca hubiéramos imaginado, un panorama que la mente se negaba a aceptar. Gran porción de las partes del avión estaba carbonizada, había asientos y objetos regados, en un espacio amplio, entre los frailejones chamuscados se avistaban cuerpos desmembrados y otros completos pero calcinados o descompuestos.

El sacerdote y yo permanecimos estupefactos, durante largos minutos, sin poder articular palabra porque se nos desgajaron torrentes de lágrimas. Luego, un poco repuestos del impacto inicial, pero sin lograr la calma, tratamos de encontrar la forma más conveniente de enfrentar la situación. Por momentos patinábamos sobre las mismas ideas sin llegar a una solución clara. Entonces, nos retirábamos del lugar con el fin de tomar aire, despejarnos y bajar el estrés. Contemplábamos el paisaje con sus imponentes montañas, en medio del hielo del páramo.

─Un punto clave para considerar es el impacto que vamos a generar en las emociones de los familiares ─le expresé al padre.

─Contar la realidad, tal como la estamos palpando, produciría una oleada de deudos tratando de venir para recuperar los cadáveres y los fragmentos de cuerpos, así no los pudieran identificar ─comentó cabizbajo el sacerdote. ─Causaríamos una conmoción y un sufrimiento inmanejables.

─De otra parte, está la ética, nuestro profesionalismo y el cumplimiento de los juramentos que tanto usted como yo hemos hecho –agregué−. Si no divulgamos toda la verdad, los dos pondríamos en riesgo todo lo que hemos hecho en la vida.

─En las clases de filosofía me enseñaron que cuando uno se encuentra ante una disyuntiva en la cual las posibilidades son malas, se debe escoger la que menor daño genere. No quisiera estar aquí enfrentando esta encrucijada, nunca me imaginé algo así –complementó el padre García, reprimiendo otro sollozo.

El clérigo sugirió que rezáramos tres avemarías a la Virgen de Las Mercedes, para pedirle que nos ilumine. Así lo hicimos, a pesar de que no soy seguidor de los rituales religiosos.

─Me siento en un laberinto sin salida. Entre ocasionar un dolor infinito a las familias y afectar mi buen nombre, estoy dispuesto a sacrificarme –comenté, con mi mano sobre el pecho.

─Se me ocurre una idea loca en medio de este dilema: se la comento sin pensarla mucho y pidiendo la ayuda de Dios. Quizás adaptando una versión de la verdad, podríamos magnificar lo que hemos encontrado, decir que no hallamos ni un solo cuerpo completo, que sería imposible identificar los fragmentos, en especial, por el avanzado estado de descomposición. En esas condiciones, declararíamos el lugar como un camposanto –propuso el padre, persignándose y con su rostro debatiéndose entre la angustia y la esperanza.

La tripulación del helicóptero estaba alejada del sitio del desastre e ignoraba los detalles que estaban a nuestro alcance. Está sería una decisión exclusiva de los dos, guiados por el mejor criterio humanitario.

─Decidamos lo que decidamos, pondremos en la parrilla del asador nuestra reputación. Si nos vamos por el rescate de los restos, habrá personas que nos juzguen por desalmados, sin sentimientos –comenté como para cerrar el tema.

─Pero si decimos que no es posible el rescate, nos colocarían en la picota si en algún momento se llega a descubrir que algunos cuerpos estaban completos        –complementó el sacerdote.

─Doctor Carlos Caicedo y Padre Alberto García: tenemos que regresar cuanto antes porque las nubes están bajando y se oscurece la tarde; corremos el riesgo de no poder despegar. Por favor vuelvan a la nave ─nos ordenó el piloto por el radio portátil.

El análisis de las alternativas fue prolongado. Cada elección llenaba nuestras cabezas de ventajas, riesgos y dudas. Sopesando factores, acordamos que el mal menor sería declarar el sitio como camposanto.

El padre García, previa autorización radial del Obispo, bendijo el lugar como camposanto según el rito católico; por mi parte y a regañadientes, hice las veces de acólito. Un acuerdo implícito entre nosotros era que, bajo ninguna circunstancia, compartiríamos con terceros las bases de la decisión tomada.

Cuando las sombras de la noche comenzaron a bajar por las montañas, la aeronave se posó en el helipuerto de la petrolera, en la Avenida de los Estudiantes, al norte de la ciudad. Los familiares, por distintos medios, nos presionaban para conocer los resultados del viaje. Hacia las ocho de la noche, produjimos el siguiente comunicado escrito:

“La delegación enviada al lugar del accidente aéreo, con profundo dolor y tristeza, informa que por no encontrar cuerpos completos y por el estado de descomposición de los restos sería imposible su rescate e identificación. Por esta razón declaramos y bendijimos el sitio como camposanto, siguiendo el rito de la Iglesia Católica y previa autorización del Señor Obispo. Reiteramos nuestras condolencias y solidaridad con las familias de las víctimas”.

Nuestra comunicación generó variadas reacciones, algunas de resignación  y otras de desconfianza ─y hasta furia─ por una explicación que les parecía  dudosa. Los familiares organizaron honras fúnebres colectivas, presididas por Monseñor Realpe, el Obispo Auxiliar, con asistencia de las autoridades y una multitud de acompañantes. La pena y las lágrimas eran ahora más fuertes que al comienzo, porque la esperanza se había esfumado. El padre García y yo asistimos a la ceremonia y expresamos nuestro pésame a los parientes, algunos de los cuales nos dejaron con la mano tendida o, abiertamente, nos dieron la espalda.

Luego de la bendición final del Obispo Auxiliar, los allegados de las víctimas se reunieron en el salón que habían usado en otras ocasiones, cargando en su interior una combinación de desconsuelo y rabia. El hermano de una de las fallecidas, convertido en el líder del grupo, tomó la palabra y dijo:

─¿Les parece creíble que no hayan encontrado cuerpos completos? En ningún accidente aéreo del cual tenga noticia ha sucedido algo así. Algunos cuerpos son despedidos lejos y no se incineran, otros quedan atrapados por el cinturón de seguridad en la parte del avión que no se incendia. A mí me parece que en el cuento que nos echaron hay algo extraño. ¿Qué opinan?

Varias personas expusieron sus puntos de vista, algunas con palabras ultrajantes hacia nosotros. Por consenso resolvieron comprobar, por sus propios medios, la versión de los delegados.

Cada familia hizo aportes con el fin de cubrir los gastos de una delegación propia que fuera al lugar de los hechos. Con la experiencia de los rescatistas iniciales, mejoraron los equipos y los implementos de montañismo para asegurar la llegada hasta el sitio exacto del siniestro.

La expedición, incluyendo dos baquianos contratados, partió en un campero hasta el lugar más cercano al que se podía llegar por carretera, continuaron a lomo de mula y por último escalaron la parte más escarpada, ocupando cuatro días para llegar al objetivo.

La sorpresa fue enorme tanto por la magnitud del desastre como por el escenario que golpeaba sus sentidos. El hallazgo, tal como lo esperaban, desvirtuaba la declaración de la misión inicial. El líder de los familiares, al enterarse de la noticia, citó al grupo a une reunión de urgencia y dijo:

─Durante la última reunión expresé que en el informe había algo raro. No entiendo por qué dos personajes con esa trayectoria y prestancia dijeron tal mentira. Que los rescatistas tomen fotos para que los parientes podamos comprobar el engaño.

El grupo terminó la sesión profiriendo insultos y palabras de grueso calibre contra el padre y contra mí. Al regreso de los rescatistas, los deudos se reunieron con sus delegados. El líder describió con furia y detalles la escena que hallaron y arremetió con todo tipo de insultos contra nosotros. Los medios de comunicación difundieron la noticia y se originó un escándalo sin precedentes. La animadversión y los ataques verbales, hacia el padre y hacia mí, fueron generalizados. La gente, al encontrarme por la calle, me insultaba y me amenazaba; tuve que quedarme recluido en mi casa y solicitar a Medicina Legal mi traslado a otra ciudad. El padre García se vio forzado a hacer algo similar.

El padre y yo elaboramos un comunicado escrito, para disculparnos por nuestro proceder y explicar que actuamos con sentido humanitario para evitar otra lastimosa vivencia.

Los familiares prepararon planes para rescatar los restos, labor que se desarrolló en los días siguientes, para finalizar con los entierros que avivaron el dolor de las familias y el odio hacia el sacerdote y hacía mí.

Entre la ciudadanía se formaron dos corrientes. Unos creían que habíamos tomado una decisión sabia y prudente. Otros decían que la determinación debió consultarse con los familiares en lugar de ser tomada por terceros, ajenos a los sentimientos de los afectados. ¿Quienes tenían la razón? Sería una discusión interminable, en la cual todos los puntos de vista tendrían cierto grado de justificación. Fue la natural controversia del momento. El paso del tiempo fue relegando los hechos, al extremo inalcanzable del olvido.

Después de varios años, pude volver para rehacer mi vida. En el fondo, mi conciencia siempre estuvo tranquila, pero las imágenes de aquel camposanto nunca han dejado de estar en el primer plano de mi mente.

Camilo Eraso E. – Agosto, 2023

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